Mi perra roba creyendo que no la van descubrir, como los políticos pelotean su vida, creyéndose dioses o los asesinos mienten frente a la judicatura, buscando salir libres de polvo y paja. No somos más tontos porque no nos afanamos en ello, porque qué otra especie se mira al espejo de sus estados, se idealiza en ellos o transmuta su espíritu por vericuetos infinitos que nunca llegan ninguna parte. La conquista del Everest por cientos de escaladores atados como salchichas, fue la obra final de nuestra estupidez heredada de los grandes fantoches de civilizaciones antiguas que querían perpetuar su memoria con grandes monumentos.
La verdad es que los huesos son huesos, roídos, esquivos y humectantes ante todo y todos. Ya no les importa de quienes fueron, ni si el interfecto llevó corona de espinas o cetro, sino que solo el ADN persiste, el carbono 16 y los dientes que nos hablan de alimentación, trasiego y orígenes inciertos, porque los humanos, aparte de ser idiotas también nos gusta mucho el sexo.
No sé cómo se asustan tanto de novedades, no sé cómo no he abierto bien los ojos con lo que me gustaba leer, pero sí sé cómo no se enteran porque no despegan las neuronas de los tiktoquers e instagramers, sus idas y venidas, porque en eso consiste hoy día el todo… en ser más, tener más y vivir mejor con todo lujo de detalles. Se ve que hemos perdido la vergüenza a enseñar y que desde que los balcones se volcaron a las calles, ya nada nos perturba, ni nos inquieta, solo queremos mostrar lo que sea, nuestra miserable vida, nuestro nuevo novio, o simplemente nuestra dieta.
Si no estás, no existes porque ya casi nadie lee, porque es mucho mas divertido visionar. Dentro de nada- o sea ya- las IA nos sacarán a patadas a estos pobres escribas de la vida que nos hemos encallado las manos con voces antiguas y caducas, para amanecer un mundo donde un mono puede teclear y escribir el próximo premio Planeta. Quedan muy bonitos los libros cerrados en una estantería, quedan más bonitos si no se leen, ni tienen hojas que pasar con ese aroma rancio y levemente dulzón que atesoraban las bibliotecas más hermosas y antiguas de nuestro planeta.
No se perdió nada en Alejandría porque de nada nos hubiera servido ni su saber , ni sus papiros, ni sus enseñanzas. De nada nos sirvió un hombre crucificado por la necedad de los romanos, la ira de los rabinos- o mejor envidia- y el estar donde no se debía, amén de hablar de lo que le daba la gana. De nada le sirvió mas que para atesoraran riquezas en su nombre, impusieran mandatos y salir de fiesta, porque ahora todo se festeja y todo sirve para ir de vacaciones a donde sea, sacarte fotos y subirlas a tu estado o perfil social para decirle al mundo que tú también importas, que estás ahí y te mereces pleitesía y respeto porque tú haces y ellos no. Ese es el principio de los influencers de casi todo, hasta de monjes monacales o clarisas, de actores porno o amas de casa proactivas que no hay lugar para el que mires que no haya alguien queriéndote vender algo de su vida.
Desde deportistas caídos, otros emergentes, los que postulan para serlo, los que decaen, los que compiten, los que se quejan y otros- como abejorros pedorreteros- dando la murga cuando el silencio de la naturaleza, el aullar del viento y la soledad del mar no son sino los mejores compañeros y aliados. Hay que pararse a pensar. Solo eso. Digerir este mundo mancillado por tantos y expurgarte de vanidades y triunfos. Hay que pararse a vivir. A caminar sobre el polvo que seremos.
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