Un lugar con las extraordinarias condiciones naturales de Ceuta ofrece la oportunidad de vivir una vida plena y significativa. Así ha sido durante buena parte de la historia de nuestra ciudad. Los abundantes y variados recursos marinos permitió la supervivencia de los primeros grupos humanos que se asentaron en la península ceutí, tal y como atestiguan los resultados de las excavaciones arqueológicas en el yacimiento del abrigo y la cueva de Benzú. Si bien estos pobladores prehistóricos fueron, sobre todo, cazadores, no faltó en su dieta el aporte de los moluscos marinos recolectados durante la marea baja. Con la domesticación de los animales y plantas, surgieron los primeros asentamientos estables, cuya primera constancia arqueológica es el yacimiento protohistórico de la plaza de África. Los fenicios introdujeron en la zona del Estrecho nuevas técnicas de pesca, como la almadraba, y las salazones de pescado. Como es bien conocido, los romanos, siempre atentos a las oportunidades de negocio, jalonaron las costas de ambas orillas del Estrecho con numerosas factorías dedicadas a la producción, a gran escala, de salazones y salsas de pescado. Una de ellas, de notable importancia según ha ido desvelando la arqueología, fue la de Septem Fratres.
El sector pesquero siguió teniendo un gran peso en la economía de la Ceuta medieval islámica. No sólo siguieron calándose las almadrabas, sino que se amplió la explotación de los recursos marinos al coral rojo, por el que Medina Sabta llegó a ser muy conocida en todo el Mediterráneo. El investigador Mohamed Cherif, en su trabajo “notes sur la peche maritime a Ceuta au “Moyen Âge”, cita la referencia de Ibn Hawqal (siglo X) en la que comentaba la buena calidad del coral de Ceuta. Tanto es así que en algunas cartas marítimas de aquella época designaban Ceuta con el apelativo de “isla del coral”. La explotación del coral debió interrumpirse durante el siglo XIV por razones que ignoramos, aunque no es descartable que la razón fuera la sobreexplotación de los bancos de coral rojo.
Más allá de la utilización de los recursos marinos como una fuente de riqueza, el pescado constituyó la base fundamental de la alimentación para los habitantes de Medina Sabta, algo lógico teniendo en cuenta su abundancia y la escasez de legumbres y cereales relacionada con la poca superficie agrícola con la que contaba la ciudad. Tal era la dependencia exterior de Medina Sabta de estos productos que hubo épocas de graves carestías, como la que sufrieron los ceutíes de los años 1239-1240. Para paliar este problema de cara al futuro, se excavaron miles de silos para almacenar grano y así evitar futuras hambrunas.
Según cuenta Halima Ferhat, en su obra sobre la historia de Ceuta hasta el siglo XIV, las élites de aquellos siglos tenían prejuicio contra el consumo de pescado, ya que lo consideraban propio de personas rudas e incultas. Este prejuicio proviene, precisamente de su importancia vital en la alimentación de las clases populares. El geógrafo ceutí al-Idrisi escribió que en las costas de Ceuta y su entorno se capturaban cien variedades de pescado que se consumían en su mayoría. Los platos de pescado cocido se vendían a un precio muy barato a principios del siglo XIII y constituía el alimento básico de los pobres, ascetas y otros ermitaños. En los tratados de cocina de aquel entonces el pescado ocupaba un lugar destacado. Se preparaba de multitud de formas: asado, seco, fresco, a la parrilla, frito, cocido en sal gruesa y también se sazonaba con las especias más raras y sorprendentes, como la miel, el almizcle, las nueces o las pasas. El atún ocupaba un lugar especial. Se secaba mediante diversas técnicas, incluyendo el llamado “atún encerado”, posiblemente conservado en una especie de salmuera.
Además de lo expuesto con anterioridad, Halima Ferhat narra que el pescado fue considerado el alimento del pueblo y de los ascetas que rechazaban el placer, así como el pecado de la glotonería y los apetitos carnales. Tampoco faltan alusiones al carácter sagrado de determinadas especies, como el llamado “pez de Moisés”. Este pez fue descrito por Abu Hamid al-Garnati (1080-1170), lo que ha permitido proponer que se trataba del Pez de San Pedro (conocido como Gallo, Zeus faber) (Oscar Ocaña et alii, 2009: 37). Según explicaba al-Garnati, los judíos y los cristianos cortaban este pescado en tiras y lo salaban para transportarlo a países lejanos. Se consideraba que ayudaba a curar la piedra y fortalecía la secreción seminal.
El nombre de “Pez de Moisés” procede de su relación con el relato coránico de la Sura 18 (La caverna), en la que se cuenta el viaje que hicieron Musa (Moisés) con su ayudante a un lugar situado en “la confluencia de los dos mares”. Allí residía un personaje inmortal llamado al-Khidr (el hombre verde) al que Musa quería conocer y ser su discípulo, pues le habían transmitido que era el hombre más sabio del mundo. Musa y su ayudante partieron llevando consigo una pequeña cesta que contenía un pescado salado. Después de muchos días de viaje, Josué, el ayudante de Musa, se dispuso a cortar el pescado salado sobre una roca y se les resbaló de las manos cayendo al mar. Al tocar el agua, el pescado, de manera milagrosa, volvió a la vida. Asustado, pensando que era cosa del diablo, Josué fue a buscar a Musa. Su respuesta fue que esa era la señal que esperaba y le pidió que le llevara a la roca donde el pez había vuelto a la vida. Al llegar allí, de repente apareció al-Khidr sentado junto al manantial del agua de la vida.
Mi buen amigo, el profesor Jaafar Ben Soulami de la Universidad de Tetuán, ha dedicado buen parte de su amplia y prestigiosa trayectoria científica al estudio de la mitología islámica de al-Andalus y el Magreb. Entre otras importantes aportaciones, el Prof. Ben Soulami, ha explicado el proceso de re-mitologización de Occidente hecho por los árabes tras su expansión a las tierras de península ibérica y el norte de África. El paisaje sagrado descrito en el Corán fue transpuesto a los nuevos territorios conquistados, lo que llevó, entre otros hechos, a identificar la “confluencia de los dos mares” con el Estrecho de Gibraltar y a situar en Medina Sabta el manantial del agua de la vida en la que tuvo lugar el encuentro entre al-Khidr y Musa. Esta identificación figura en el itinerario marítimo de Muhammad B. Yusuf al-Warraq (904-973), que sirvió a su vez de fuente de información para al-Bakri. Este último nos ha legado una descripción más detallada y precisa de la localización de la fuente del agua de la vida que podría corresponder a la actual fuente de la Victoria (para más información pueden leer el artículo “Ceuta y el mito de la renovación de la vida” incluido en las actas de las XXIV Jornadas de Historia del Ceuta del Instituto de Estudios Ceutíes, descargable en la página de la mencionada institución).
Reconozco al final de este artículo que mi planteamiento inicial era otro, pero me he dejado llevar por la inspiración. Puede que este inconsciente y amplio comentario sobre el pez en la historia de Ceuta y su simbología tenga mucho que ver con mi reciente lectura del libro de C.G.Jung titulado “escritos sobre astrología” (editorial Trotta, mayo 2025). El célebre psiquiatra dedicó muchos trabajos al símbolo de pez y su relación con el eón de Piscis, en los que aparecen alusiones al-Khidr y el pez de Moisés. De hecho, escribió un trabajo específico sobre esta leyenda (“Sobre el renacer”, Obra Completa 9/I, Trotta, 2019).
No quiero terminar esta colaboración sin esbozar mi idea inicial. Mi propósito era llamar la atención sobre la importancia del mar y sus recursos en el devenir histórico de Ceuta, en su economía y la identidad de sus gentes. Aquí, en esto último, era lo que deseaba incidir. Siento que somos un pueblo que ha ido, poco a poco, olvidando sus raíces hasta quedar completamente desarraigado. Ahora es arrastrado por la tempestad de nuestro tiempo y, al igual que la nave de “El holandés errante”, somos incapaces de llegar a puerto. No veo otra solución, si no queremos hundirnos, de ampliar nuestra perspectiva para incluir el espíritu de Ceuta, su naturaleza y su historia.
En los últimos siglos hemos ido empobreciendo nuestro modo de percibir, sentir y pensar este lugar. Ya no vemos ni sentimos el carácter mítico, mágico y sagrado de Ceuta y el Estrecho de Gibraltar. Las minorías que llevan las riendas de esta ciudad solo ven y aprecian las oportunidades de negocio basadas en el juego y la especulación urbanística ocultas tras eslóganes hipócritas, como el de una “Ceuta azul, verde e inteligente”. Ojalá fue cierto lo que contienen estas palabras y fueron capaces de emprender una verdadera restauración de nuestro mar, nuestros bosques y nuestro patrimonio cultural, demostrando una inteligencia que no atisbamos por ahora. Si fuéramos inteligentes aplicarían a sus políticas aquellas sabías palabras de John Ruskin: “no hay riqueza, sino vida”. La vida es un milagro divino que no valoramos lo suficiente, más allá de nuestra efímera existencia. Vivimos en un lugar privilegiado en el que la vida fluye con fuerza. Contribuyamos a que siga brotando y bebamos de ella. No imagino una mejor tarea para nuestra vida individual y colectiva.
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