Hay devociones que se viven en Ceuta de una forma que a veces resulta difícil de explicar, unas se aprenden, otras se heredan y, en el caso de Susi de Juan, de 93 años y devota de San Antonio desde hace ocho décadas, su madre la guió por el camino de una relación forjada a fuego.
Su madre, además de asistir con la familia a San Antonio, también lo hacía sola siempre que podía, y Susi de su mano. Ahora, para la familia de Susi, San Antonio es una forma de entender la vida.
Susi de Juan, a sus 93 años, mantiene la herencia de su madre que convirtió en el pilar de su vida y supo transmitirla a toda su familia.
Para Susi, San Antonio no es únicamente una imagen venerada en una ermita. Es refugio, consuelo, compañía y una presencia constante que la ha acompañado en los momentos más importantes de su vida, tanto en aquellos cargados de alegría como en los que la oscuridad reinaba.
Tanto es así que ni siquiera en el día de su boda faltó a su cita con San Antonio.
La historia de Susi con San Antonio se remonta a su adolescencia. Tras pasar su infancia fuera de Ceuta debido a las circunstancias derivadas de la guerra civil, regresó a la ciudad cuando tenía 14 años.
Fue entonces cuando comenzó a dar vida a una tradición familiar que su madre había heredado de su vecina y, de la misma manera, ahora ella se la inculcaría a su hija Susi.
En las fiestas, toda la familia se reunía para subir al monte, pero la madre de Susi también realizaba visitas en solitario siempre que podía.
En muchas de esas ocasiones la acompañaba su hija mayor, Susi. Las dos emprendían el camino al amanecer, cuando todavía la ciudad dormía y antes de que comenzaran las obligaciones diarias, como llevar a los niños al cole.
Los senderos eran caminos de tierra que atravesaban el monte y la ermita estaba mucho más aislada que hoy. Sin embargo, ni la distancia ni las complicaciones del tiempo impedían que madre e hija acudieran a rezar.
Aquellas primeras visitas fueron sembrando una relación que acabaría marcando toda la vida de Susi.
Con el paso de los años, la madre de Susi dejó de acudir a San Antonio por ley de vida. Pero la tradición no se rompió.
Si algo tenía claro la joven ceutí era que no abandonaría aquello que había aprendido desde niña. Cuando su madre ya no podía subir, ella continuó haciéndolo sola.
Recorría senderos conocidos como “el camino del lobo” hasta llegar a la ermita. Allí se detenía unos minutos ante la reja o junto a la pequeña ventana desde la que tantas veces había rezado con su madre y regresaba a casa.
“Yo no me quedaba tranquila si no venía a San Antonio”, relató Susi.
Resulta difícil para Susi señalar una única anécdota en la que sintiera especialmente cerca a San Antonio. Son demasiados recuerdos acumulados durante 80 años.
Lo que sí tiene claro es que siempre acudió a él cuando necesitaba consuelo. Lo hizo en momentos de incertidumbre, cuando no encontraba trabajo, cuando atravesaba preocupaciones personales o cuando simplemente necesitaba calmarse.
Entre todas las anécdotas que guarda su memoria hay una especialmente significativa.
Susi decidió casarse un martes. No fue una casualidad. Eligió ese día porque los martes están tradicionalmente vinculados a San Antonio.
La ceremonia se celebraba a media mañana, pero antes de vestirse de novia y dirigirse a la iglesia, se levantó temprano junto a su hermana para subir hasta la ermita.
Allí rezó como había hecho otras tantas veces.
Quería compartir con San Antonio uno de los días más importantes de su vida. De hecho, asegura que el Santo conocía perfectamente su historia de amor porque durante años le había hablado de su futuro marido en cada una de sus visitas.
Siguiendo con el día de su boda, tras subir a la ermita bajó a casa, se vistió de novia, contrajo matrimonio y emprendió su viaje de bodas. Todavía recuerda cada detalle de ese día.
La devoción de Susi terminó impregnando también a quienes la rodeaban. Su marido, que inicialmente no tenía una vinculación especial con San Antonio, acabó convirtiéndose igualmente en devoto.
Con los años, esa fe también fue llegando a hijos, sobrinos y nietos.
La propia Susi recuerda cómo, cuando algún miembro de la familia se marcha fuera para estudiar o comenzar una nueva etapa, procuraba entregarle una estampa de San Antonio y una medalla para que el Santo lo acompañe.
La hija de Susi, Anabel Miquel, explicó que San Antonio forma parte de la vida familiar desde siempre. Las visitas de los martes, la participación en los actos de la cofradía y la presencia constante del santo en conversaciones y tradiciones han convertido esta devoción en algo completamente natural para todos ellos.
Para la familia, San Antonio representa además una fuente de tranquilidad. Han visto cómo Susi se refugiaba en él durante décadas y cómo encontraba paz cada vez que atravesaba una situación complicada.
Por eso siguen acompañándola siempre que pueden en sus visitas a la ermita.
Hoy, con 93 años, Susi continúa manteniendo viva la costumbre que comenzó junto a su madre hace ya 80 años.
Ahora, son su hija o su sobrina quienes la acompañan hasta la ermita, pero la ilusión sigue siendo la misma.
Continúa formando parte de la cofradía, participa en los actos siempre que puede y espera cada martes con la misma emoción que cuando era una joven que atravesaba sola los senderos del monte.
“San Antonio para mí es todo”, concluyó Susi.
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