Uno de mis profesores contaba que, un día al salir de clase, hablando en medio de un grupo numeroso, una joven alumna dijo algo tan inusitado como que san José era Dios. Estaba convencida de que el “Padre” de la Santísima Trinidad era san José. El profesor intentó sacarla de su equivocación, explicando que san José fue, sin duda, muy buena persona, pero no tanto como Dios. Pues bien, medio minuto después, la joven estudiante estaba hablando con el resto del curso del viaje de fin de estudios que proyectaban realizar a Palma. A mi querido profesor le maravilló comprobar que alguien pudiera descubrir que no es Dios aquel a quien había tenido toda la vida por tal sin que cambiara nada en su persona, necesitando tan sólo treinta segundos para tomar nota en su mente del dato correcto.
Hace pocos días, un sábado al salir de casa vi escrita en la pared la misma frase a ambos lados de la puerta: “Dios ha muerto”. Entre las ideas que acudieron a mi mente, recordé esa anécdota de mi profesor. Y como yo no quiero parecerme a esa joven alumna que en treinta segundos tomó nota del gran “cambio” que suponía ese descubrimiento, y siguió haciendo la vida de siempre, traté de cerciorarme de la veracidad de dicha afirmación. ¿Será verdad que Dios ha muerto? ¿Cómo lo habrá sabido la persona que hizo esas pintadas? ¿Se lo habrán dicho, lo habrá visto ella misma? ¿Dónde? ¿Qué pinto yo entonces hablando a la gente de Dios, de la fe, de la Vida auténtica? Yo, y otros miles y millones de personas en España y en el mundo entero. ¿Estaremos todos equivocados? ¿Nadie se ha enterado de esta muerte tan importante y determinante para millones de personas? ¿Cómo es que no ha salido ninguna noticia en los diarios y demás medios de comunicación? Porque esta sería una noticia de portada en todos los medios… La verdad es que me hizo sospechar un poco que fuera en la noche-madrugada del viernes al sábado cuando se hicieron dichas pintadas. ¿Acaso había tenido que ver algo en todo eso el “espíritu del botellón”?
Mientras me dirigía a mi destino y pensaba sobre lo sucedido, recordé una viñeta de Máximo en la que se veía una tumba con esa misma inscripción y, un poco más arriba, a Dios representado por ese “triángulo que todo lo ve”, leyendo “su” esquela. Entonces, si Dios estaba allí, ¿quién había muerto? Quien estaba enterrada en esa la tumba era la idea que de Dios nos hacemos muchas personas, y que poco o nada tiene que ver con el Dios vivo y verdadero: esas ideas falsas de Dios que afirman que es un ser lejano, vengativo, castigador, celoso, desentendido de su creación… El “dios” al que hacen referencia esas ideas, sí que ha muerto, y sigue muriendo en cada generación de personas que así lo conciben. Pero ése no es el Dios del que nos habla Jesucristo: el Dios Vivo y Verdadero, Padre, Amor…
Mientras iba cavilando llegué a la iglesia a la que me dirigía. Y antes de entrar, vi en la pared, a la derecha de la puerta, otro graffiti también de color rojo: “La religión es el opio del pueblo”. Esto ya me hizo pensar que no eran cosas serias. Que las frases no eran “noticia fresca”. Esta frase la dijo K. Marx en el siglo XIX; la anterior, F. Nietzsche, también en el mismo siglo. Éste proclamó la muerte de Dios y la aniquilación de la fe en el Dios cristiano. Así, sin moral y sin Dios queda el nihilismo. Pensaba que una vez superada la que él llamaba “moral de esclavos” surgiría una nueva humanidad “más allá del bien y del mal”, representada por el superhombre. Su existencia sería meramente intraterrena, sin ninguna trascendencia. Esto lo decía en el siglo XIX; nos encontramos en el siglo XXI. ¿Qué ha quedado de todo ello?
K. Marx afirmaba que las religiones, y en especial el cristianismo, han nacido como consuelo aparente del sufrimiento humano. La religión es “opio del pueblo” que colabora, prometiendo futuros mejores, a la alienación del proletariado; de ese modo favorece al sistema capitalista. Él propone el camino hacia el cambio de todas las cosas. Y, con el partido comunista, nacido del manifiesto de 1848, dio inicio concretamente a la revolución. ¿Cuál fue su error? Marx indicó con exactitud cómo lograr el cambio total de la situación. Pero no nos dijo cómo se debería proceder después. Simplemente suponía que, con la expropiación de la clase dominante, con la caída del poder político y con la socialización de los medios de producción (¿les suenan de algo estas “reivindicaciones”?), se establecería la Nueva Jerusalén. Entonces todo podría proceder por sí mismo por el recto camino, porque todo pertenecería a todos y todos querrían lo mejor unos para otros. Pero olvidó que el hombre siempre es hombre, y que la libertad es siempre libertad, incluso para el mal. Creyó que, una vez solucionada la economía, todo quedaría solucionado. Pero el hombre no es sólo el producto de condiciones económicas y no es posible curarlo sólo desde fuera, creando condiciones económicas favorables. A estas alturas, todos sabemos cuál fue el resultado: en lugar de alumbrar un mundo sano, ha dejado tras de sí una destrucción desoladora.
Estos días estamos escuchando ideas semejantes en esas concentraciones “provocadas” por redes sociales. Ciertamente hay razones para reclamar unas reformas que les devuelvan la esperanza. El paro, la corrupción y el descrédito de las instituciones políticas, forman parte de este descontento que alcanza a una amplia masa social que va más allá de los jóvenes sin futuro. Sería de personas responsables y prudentes tomar buena nota de las causas más nobles de estas protestas. Sin embargo, esta amalgama de grupos acampados se decanta con el paso de los días por las propuestas más radicales. Porque, frente a una mayoría que expresa sinceramente sus deseos y sentimientos, un pequeño porcentaje (los grupos antisistema participan en el movimiento) intenta meter, de nuevo, ideas que han demostrado conducir a la nada, al fracaso. ¿Por qué recorrer de nuevo un camino sembrado de sin-sentido y de fracaso? ¿Qué ocurriría después de la “revolución” que proponen? No inspiran ninguna confianza aquellos que echan mano de ideas fracasadas, de autores que ya murieron en otros siglos.
Al final del comentario me convenzo más aún que Dios está vivo. Es lo que los cristianos celebramos especialmente en este tiempo de pascua. Claro, que eso no lo puedo demostrar con hechos tangibles. Pero el que es sabio, sabe ver a través de las obras. Y si ha habido algún deceso ha sido –además de Marx y Nietsche- el de las falsas ideas que de Dios nos hacemos los humanos, y el de aquellos que lo afirmaron y aseguraron in illo tempore.





