Y pasa el tiempo y seguimos igual. Solo tenemos promesas. Viniendo de los políticos, ya se sabe cuál es su valor.
Nuestros animales, nuestra familia, siguen olvidados en una bolsa de basura. Su muerte da paso a la tortura obligada de tener que dejarlos sin una despedida digna, la que se merecían. Ni eso podemos regalarles, ni esa calma podemos tener los que hemos compartido parte de nuestras vidas a su lado.
Llegas a la clínica veterinaria, te despides de quien ha sido un miembro más del círculo familiar y no los ves más. Mejor ni pensar la forma en la que esos cuerpos sin vida serán traslados al otro lado del Estrecho. Eran nuestros compañeros, eran de la familia, pero la clase política los considera restos, y así los trata.
Cada vez son más las personas que se suman a la protesta por esta ausencia de alternativas, las que visibilizan sus casos personales, las que piden que se termine con esto para que Ceuta pueda disponer de un crematorio de mascotas.
La Ciudad asegura que está por la labor, pero así lleva años mientras da calor, cobijo y celeridad a otros proyectos que no son necesarios, pero consiguen los padrinos y cooperadores suficientes de forma rápida.
Solo pedimos tener la posibilidad de vivir ese duelo a nuestra manera, de despedir a quien ha sido un miembro de la familia como se merece. Pero en la Ceuta verde, azul e inteligente, parece que se puede hacer de todo, menos atender las inquietudes y querencias de muchas personas, cada vez más.
Los mensajes trasladados por la clase política ponen fechas, plazos preñados de promesas. Pero ya estamos en 2026 y seguimos teniendo que pasar por la peor de las despedidas, dejar a uno de los nuestros en una bolsa de basura porque pensar en otras salidas es algo así como considerarnos unos bandoleros. Ceuta, 2026.







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