Es una de las tantas historias que se repiten, pero que desconocemos. Historias que deberían ser contadas en el CETI para que quienes se marchan sepan también lo que van a encontrar al otro lado.
El protagonista de este caso ni siquiera facilita su nombre. El miedo se suma a la vergüenza, una combinación destructora que marca a demasiados jóvenes que sonríen ante las cámaras cuando dejan Ceuta, sin saber que al otro lado no está ese Boza que les contaron.
Mohamed (nombre ficticio) vive en la calle. No tiene siquiera un lugar donde dormir. Él es solo uno de muchos, de cientos, que terminan convirtiendo un banco, un parque o un puente en su hogar improvisado. Los ayuntamientos carecen de recursos, las oenegés ni siquiera pueden ofrecerles cobijo. Para muchos el suelo termina siendo la cama diaria; la pena, la única forma de comer.
Esto sucede de forma habitual, pero no se cuenta. Y eso es malo, el sesgo en la información no ayuda, los sueños terminan siendo trampas para quienes no van a conocer ni siquiera alternativas.
Mohamed no sabe lo que es una oportunidad, tampoco una rutina saludable. Como él hay familias al completo que tienen que vivir debajo de un puente, son víctimas del engaño, de ese mundo idealizado que fomenta bolsas de pobreza. En el norte de España hay ciudades en las que las bajeras se han convertido en una especie de viviendas donde residen hacinados hombres, mujeres y niños.
Las ayudas puntuales que se puedan ofrecer no sirven para nada, de hecho, se convierten en armas arrojadizas sin efecto.
Así van en aumento los invisibles de una sociedad que tiene dos direcciones, dos marchas, dos velocidades. Mohamed es solo un ejemplo de lo que hay al otro lado del Estrecho y de lo que se debe conocer.
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