Soy madre de un niño con trastorno del neurodesarrollo. También tiene problemas de conducta, de lenguaje y de comunicación. Tiene días muy difíciles. Y yo también. Estoy escribiendo esto porque ya no puedo más.
Hace tiempo lo derivaron al Hospital Puerta del Mar, en Cádiz. Fuimos hasta allí con la esperanza de que, por fin, alguien especializado lo valorara. Pero no. Solo nos dijeron que debía seguir siendo atendido en Ceuta. ¿Atendido por quién? Aquí no hay psiquiatra infantil.
El tratamiento que le dieron no le está funcionando. Y no tenemos a nadie que pueda hacerle un seguimiento, que nos escuche, que nos oriente. Desde entonces solo hemos ido dando tumbos, de médico en médico, con recetas que no cambian nada, mientras mi hijo sigue igual… o peor.
He puesto una queja en el centro de salud. He escrito a quien tenía que escribir. Pero nadie me responde. Nadie mueve nada. Y yo me estoy hundiendo.
Me siento sola. Me siento impotente. Y lo más duro de todo: me siento ignorada. Como si lo que le pasa a mi hijo no importara. Como si no existiera.
Yo no soy experta en nada. Solo soy su madre. Pero sé cuándo mi hijo necesita ayuda. Y la necesita ya. No dentro de un mes. No cuando haya suerte. No cuando haya hueco. Ahora.
Mi hijo no puede pedir ayuda, así que la pido yo. A gritos, si hace falta. Porque no puedo quedarme de brazos cruzados mientras lo veo sufrir.
Lo que necesitamos las familias en Ceuta es atención especializada aquí, en nuestra ciudad. Psiquiatras infantiles que entiendan lo que les pasa a nuestros hijos. Que no nos manden de un lado a otro. Que no tengamos que irnos fuera. Porque nuestros hijos también tienen derecho a ser atendidos cerca de casa, como cualquier otro niño.
Y si nadie lo dice, lo digo yo. Porque ya basta de esperar. Porque estoy cansada de ver pasar los días sin respuestas. Porque, aunque me tiemblen las piernas, no voy a dejar de luchar por él.






