Hoy he querido dejarte por escrito aquello que escribí hace mucho tiempo. Te lo escribí pensando en tí; aunque yo aún no supiera que existías. En mis amagos de superar romanticismos típicos de mi despertar literario; te empecé a buscar entre libros de tapa antigua. Leyendas como las de Ulises donde Penelope lo esperaría siempre. Allí donde fuere, estabas en mis sueños más lejanos como los barcos que se dejan ver entre las nieblas. Al verte en mi imaginación, sabía que aún cabía la posibilidad de encontrarte algún día; lo mismo ocurre cuando crees estar perdido y de pronto, ves como se clarifica en el horizonte las borrosas brumas que ocultan tierra a la vista.
Te he llevado dentro de mi ser siempre, te he anhelado en mis cartas, en mis cuadernos de mis primeros contactos con la mater naturaleza, en mis diarios donde me revolcaba en el amor cortés y exclusivo. Puedo decir que he estado enamorada siempre de tí y te he pedido a Dios y al Universo. Mi personalidad se forjó con el primer hombre y debo reconocer que no fue mi padre. No, mi primer amor no fue mi padre; eso dicen solo las hijas que son queridas por sus padres. Yo me fijé primeramente en Jesús, sí, Jesús de Nazaret. Recuerdo el impacto moral cuándo vi su primer relato bíblico llevado al cine. Era joven, muy joven y ya había hecho la comunión para que poco después, mi naturaleza ya estaba sensible que no preparada al mundo y a lo que me rodeaba.
Recuerdo decirle a mi madre, que no me gustaba vivir en el mundo en el que vivía.
Yo, de mente inquieta e imaginaria, empecé un internado de pensamientos algo más maduros siendo lo menos acordes con mi edad biológica. Soñaba con escribir, conocer el Faro de Punta Almina pero algo me decía que no eran sueños inalcanzables porque mi alma lo sentía como real, como presente.
Creer, creer y creer. Básicamente en eso consiste la fe; creé aunque no lo veas y es que; yo creí en aquello que deseaba y mis ojos externos no veían pero los del corazón al cabo de muchos años de tomar acción, llegaron a mí todas esas palabras que quisieron escribir un libro; llegó la circunstancia no pasajera de conocer a la persona que me abriría las puertas del Faro "punta Almina". También deseé desde pequeña tener una perrita de pelo largo porque una señora que vivía al lado de mi casa, tenia una dulce y tímida perrita que la llamaba "Pelusa"; aquella que me robaría el corazón todo lo que duró mi infancia. Muchos años más tarde, cuando me emancipé de casa de mis padres, la vida me trajo un cachorro exacto a Pelusa.
Y es que las cosas ocurren, cuando tienes la certeza de que van a ocurrir.
Así pues, después de creer y abandonar, creer y volver a abandonar la certeza de encontrar al verdadero amor por haber idealizado a alguno o a alguna que no nos merecía, justo cuando en vez de abandonarte a la suerte, te abandonas y te entregas a Dios, aparecen los milagros.
Yo, obtuve mi promesa.
Sí, un día de fuerte oleaje, en plena adolescencia pausada y efervescente inspirada por la melancolía y la escena de una película; escribí una carta al hombre de mis sueños, hoy el hombre de mi vida.
Me hice con una botella de cristal y metí la carta enrollada sobre sí misma dentro de ella. Me acerqué a mi playa y allí en la orilla agitada, la tiré con fuerza. Me dí la vuelta y me marché arena arriba. Pasaron algunos meses de aquello, pudo ser años tal vez pero como tan lejos no puedo recordar suficientemente con memoria exacta, la duda existía atracada en el puerto de mi memoria; llevándome a escribir una segunda carta; para que esta vez me asegurara de ser introducida dentro de una botella de plástico que aguantara con cierta resistencia los embistes del Mar.
La segunda vez la arrojé con la esperanza de que algún día llegase a su destino.
Ésta vez he dejado la tercera carta dedicada hoy a tí fuera de la botella para que todo el mundo pueda leer como Dios antes de cumplir sus promesas, te manda también escuchar antes sus mensajes.







Cu ando se lee casi al final "los embistes del Mar" da por pensar que tal vez se refiera a "los embustes del mal"; profundizando, pudiera ser "los envites del mar" e incluso "las embestidas del mar". Hay donde elegir, igual que las botellas: ahí tenemos por ejemplo a la señora esposa de José María A.