En la vida, cuando se toman decisiones hay que explicar los motivos que las sustentan. Hoy, ocho años después del accidente sufrido por el policía nacional Ismael Derdabi, todavía no se conocen las razones sobre la no concesión de una medalla que ya había sido acordada.
Se le comunicó, se enviaron las invitaciones para sus familiares, se le dijo el tipo de traje que debía llevar… Y a pocos días del acto su nombre fue eliminado. Así, sin más, no aparecía en el listado de los condecorados en el acto del Patrón 2018.
La Dirección General de la Policía tiene la obligación moral -esa, al menos- de explicar no solo a Ismael sino también públicamente a todos por qué se dio ese paso, si fue la decisión de alguien con galones o una de manera de seleccionar entregas con bastante mala pata.
Ismael sigue hoy con su vida de milagro. Todos tenemos un día final y el suyo no estaba escrito en la madrugada de ese 8 de noviembre, cuando se precipitó del techado de un colegio en plena persecución a un delincuente.
Vive para contarlo y vive también para que sus compañeros le sigan respaldando, reclamando ese gesto de la Dirección y queriendo saber, como todos, por qué. Por qué pasó lo que pasó y quién lo ordenó.
Es evidente que pasados los años ese errático gesto ya no va a tener enmienda. Ni siquiera se busca eso, pero sí explicaciones, algo que decir porque la propia imagen que da el Cuerpo es la que queda en entredicho. Eso no está bien, no es justo ni tampoco merecido.
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