Carta al director

D. Manuel Doncel: El legado que perdura más allá de una empresa

Hoy es un día triste para los ceutíes, un día de esos en los que el corazón se encoge al recibir una noticia como la del fallecimiento de D. Manuel Doncel. Una figura que, más allá de su reconocido papel en el ámbito empresarial, supo dejar una huella profunda en la memoria colectiva de nuestra ciudad.

Muchas han sido ya las condolencias expresadas en los obituarios publicados por la prensa local. Todas ellas coinciden, con justicia, en destacar una trayectoria empresarial admirable, marcada por el esfuerzo, la visión y la constancia. Un camino que contribuyó de forma decisiva al desarrollo económico y comercial de Ceuta, tanto a nivel local como en su proyección más allá de nuestras fronteras. A esas palabras me uno sin reservas.

Sin embargo, no quiero detenerme únicamente en ese legado empresarial, tan evidente como admirable. Me gustaría poner el foco en el verdadero legado que, en mi opinión, D. Manuel Doncel ha dejado entre nosotros: el legado humano.

Porque más allá de los logros materiales, Don Manuel fue ejemplo de generosidad, de cercanía, de compromiso con su tierra y con su gente. De una forma discreta pero constante, supo cultivar valores que hoy más que nunca debemos reivindicar: la humildad, la honestidad, la perseverancia y el trato amable con todos, sin distinción.

Su historia comenzó en los años 60, junto a su hermano, cuando decidieron abrir una pequeña tienda de ferretería y materiales de construcción de apenas 80 metros cuadrados, en Zurrón. Tal como relatan. Aquel modesto local fue el punto de partida de lo que hoy conocemos como Casa Doncel, una de las empresas más sólidas y respetadas de Ceuta. Pero incluso en ese crecimiento constante, nunca perdió la cercanía ni el espíritu de servicio que lo caracterizaba.

Quienes tuvimos el privilegio de tratar con él de forma cercana, sabemos que su verdadera grandeza estaba en su forma de relacionarse con los demás. Siempre con buenas palabras y una sonrisa.

Mientras estaba al frente y detrás de ese mostrador, siempre estaba dispuesto a dar facilidades, tendiendo la mano sin mirar el bolsillo del otro, especialmente con quienes más lo necesitaban. Muchos vecinos y vecinas de la comunidad musulmana lo recuerdan como un hombre generoso, que no ponía obstáculos cuando acudían a su establecimiento a por materiales, sino que les daba todo lo que necesitaban, confiando en la palabra, comprendiendo las dificultades, y apoyando sin condiciones.

Por eso, en nombre de tantos hombres y mujeres y especialmente los que encontraron en él un apoyo sincero y una ayuda sin juicio ni interés, quiero transmitir el inmenso agradecimiento de la comunidad musulmana de Ceuta. Ese agradecimiento no se borra con el tiempo, porque fue sembrado con actos nobles y constantes. Y aunque muchos de aquellos que acudían a él ya no estén hoy entre nosotros, si pudieran tener una última oportunidad, y siguiendo los extraordinarios valores que ellos mismos atesoraban, solo necesitarían decirle una palabra: gracias. Una palabra sencilla, pero cargada de la gratitud más profunda y sincera que se puede tener hacia alguien que supo dar sin pedir nada a cambio.

Y cuánto echaré de menos, porque también duele la ausencia de los pequeños gestos, esas palabras cálidas que me decía en nuestra dariya al encontrarnos: “Jai, kif entina?” (“Hermano, ¿cómo estás?”) o “Kulshi bejer?” (“¿Todo bien?”). Ese saludo sencillo, pero sincero, que decía tanto de su cercanía, su afecto y su respeto hacia nuestra comunidad.

Fue, además, un gran vecino en la zona de Hadu/Zurron. Querido por todos, cercano, respetado. Uno de esos vecinos que dejan huella, que forman parte del alma de un barrio. Y aunque ya no esté, siempre será recordado como un vecino más. Porque hay presencias que no se borran con la ausencia, y la suya seguirá viva entre quienes compartimos con él no solo el espacio, sino también el afecto y la confianza.

Quiero también, desde el corazón, enviar mis más sentidas condolencias a toda la familia Doncel, y muy especialmente a mi amigo Lito. Que sepas, hermano, que puedes y debes sentirte profundamente orgulloso del padre que tuviste. Y que jamás olvides que él, hasta el último día, estuvo muy orgulloso del hijo que tenía delante. Ese orgullo mutuo, ese vínculo inquebrantable, es el verdadero legado que ahora te toca cuidar y honrar. No lo descuides nunca.

Ese es el legado que verdaderamente perdura: el de la bondad, el de la confianza, el de la humanidad. Hoy despedimos a un ceutí ejemplar, a un hombre que supo construir mucho más que una empresa: construyó relaciones, sembró afectos, dejó huella. Y esa huella, la humana, es la que nunca desaparece.

Descanse en paz, Don Manuel. Ni Ceuta ni su gente le olvidará.

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