Carta al director

Lyme: cuando una picadura te pone la vida en pausa

17 de mayo – Día Mundial de la Enfermedad de Lyme

Hubo un tiempo en el que mi vida giraba alrededor de las motos, los viajes improvisados y la sensación de libertad. Era una persona activa, llena de planes, acostumbrada a vivir deprisa y a disfrutar de las pequeñas cosas: salir, viajar, reírme sin pensar en cuánto me costaría físicamente hacerlo después. Nunca imaginé que algo tan pequeño como una garrapata pudiera cambiar mi vida de una forma tan radical.

Hoy convivo con una enfermedad crónica e invisible que muchas personas todavía desconocen: la enfermedad de Lyme.

Todo empezó después de la segunda vacuna del COVID, fue en ese momento cuando comencé a encontrarme mal. Al principio eran dolores articulares, cansancio y síntomas que parecían no tener una explicación clara. Con el tiempo llegaron más problemas físicos y empecé a entrar en un bucle de consultas médicas, pruebas y diagnósticos. Finalmente me diagnosticaron artritis reumatoide. Empecé tratamientos inmunosupresores, ciclos continuos de corticoides y medicación que bajaba mis defensas. Pero, lejos de mejorar, cada vez me encontraba peor.

A la vez apareció un asma crónico severo que llevo tratando desde hace cuatro años. Mi cuerpo parecía apagarse poco a poco mientras nadie entendía realmente qué estaba ocurriendo.

Hace dos años, justo antes de empezar tratamiento biológico, un internista encontró algo que cambió completamente mi historia clínica: una infección por Borrelia, la bacteria responsable de la enfermedad de Lyme.

Desde entonces comenzó otra batalla.

Llevo meses tomando hasta 34 pastillas al día, entre ellas durante nueve meses, cuatro antibióticos simultáneamente, además de antifúngicos, suplementos y tratamientos para intentar controlar una enfermedad que, cuando se disemina y se cronifica, no tiene una solución sencilla. Durante un tiempo parecía que mejoraba. Llegué a pensar que estaba recuperando partes de mí misma. Pero la realidad de esta enfermedad es dura y cambiante.

Ahora vuelvo a estar peor.

Convivo con un agotamiento extremo que me obliga a dormir muchísimas horas al día. Hay días en los que cualquier pequeño esfuerzo me deja completamente exhausta. Tengo niebla mental, problemas neurológicos, tinnitus constante, adormecimiento en las manos, taquicardias, erupciones en la piel y hematomas que aparecen en articulaciones y venas sin explicación aparente. Vivo con dolor todos los días. Siempre duele algo.

En algunas ocasiones he acabado incluso en urgencias por síntomas alarmantes: una parálisis en el brazo, un dolor muy intenso en el pecho o un ojo completamente inflamado, rojo y amoratado alrededor de la cuenca ocular. Y, muchas veces, las respuestas que he recibido han sido frases como “será estrés” o diagnósticos rápidos como una simple conjuntivitis. Sin embargo, al día siguiente aquel ojo inflamado ya no tenía nada. Vivir con Lyme también es convivir con síntomas extraños, cambiantes y difíciles de explicar, y muchas veces con la sensación de no sentirte comprendida o escuchada.

Ese desgaste constante termina afectándolo todo. Porque quizá una de las partes más difíciles de esta enfermedad no sea solo el dolor físico, sino aceptar una nueva normalidad que nunca elegiste.

La enfermedad de Lyme tiene muchas caras y muchas veces es invisible para los demás. Hay pacientes que tardan años en ser diagnosticados porque sus síntomas se confunden con enfermedades autoinmunes, neurológicas o psiquiátricas. En mi caso, el diagnóstico llegó tarde, después de años de sufrimiento y tratamientos que probablemente agravaron el problema al debilitar mi sistema inmune mientras la infección seguía activa.

Es importante aclarar algo: no todas las garrapatas transmiten Lyme y no todas las personas que sufren una picadura desarrollan la enfermedad. Pero cuando ocurre, puede cambiarte completamente la vida.

Por eso hoy, en el Día Mundial de la Enfermedad de Lyme, quiero poner voz a quienes convivimos con esta realidad. Porque detrás de cada analítica alterada, de cada síntoma extraño y de cada cuerpo agotado, hay personas intentando sobrevivir a una enfermedad que muchas veces sigue siendo incomprendida.

Yo sigo luchando. Sigo buscando opciones, nuevos tratamientos y maneras de recuperar calidad de vida. Hay días mejores y días peores. Hay miedo, frustración y duelo por la vida que tenía antes. Pero también hay resistencia.

Porque aunque el Lyme me haya obligado a poner mi vida en pausa, todavía no ha conseguido apagar quién soy.

Y ojalá hablar de ello sirva para que otros pacientes sean escuchados antes, diagnosticados antes y tratados antes. Porque nadie debería pasar años enfermo sintiendo que su cuerpo se rompe mientras intenta convencer al mundo de que realmente está enfermo.

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