Categorías: Opinión

Los enemigos de la sociedad abierta

Reconozco que cuando leí el ‘Estudio demográfico de la población musulmana’ realizado por UCIDE me pregunté en voz alta el porqué de este estudio. En otras palabras, cuál es la finalidad que persigue UCIDE con ello. ¿Sólo por el prurito de saber cuántos son? ¿Sólo eso? ¿O acaso se trata de hacer algún tipo de reivindicación enarbolando la cantidad? ¿Quizá para enviar un mensaje a navegantes? ¿Un mensaje? ¿Qué clase de mensaje? Tal vez se quiera fijar no tanto las propias señas de identidad de la comunidad musulmana como establecer una sutil frontera respecto de las otras comunidades. Debo reconocer, asimismo, que el mero hecho de escribir “comunidades” para referirme a ciudadanos de un mismo país me da repelús.
De todas maneras, es preciso convenir que la ‘comunidad’ es un vínculo que une a todos los que a ella pertenecen. La comunidad es –como nos recuerda Sartori– un sentir común en el que nos identificamos y nos identifica. Es, en suma, “un identificador”. De todo ello se deduce un “nosotros” y un “ellos”. Sin caer en galimatías, podríamos afirmar que “nosotros somos quienes somos y como somos, en función de quienes o como no somos”. La pregunta pertinente sería, ahora, la de cómo se relacionan en la sociedad abierta las diferentes ‘comunidades’. He ahí un cuestión no exenta de controversias. Sartori responde a ella: pluralismo sí, multiculturalismo, no. A este respecto, el citado pensador italiano abunda más añadiendo que el “pluralismo no es una fábrica de diversidad”, no es “un creador de diversidades”. En cambio, el multiculturalismo  es un creador de diversidad, fabrica la diversidad. He ahí el riesgo de fractura del cuerpo social. En suma, de lo que se trata es de establecer un equilibrio entre ‘diversidad y destino común’.    
Las sociedades modernas, abiertas, son, por definición, complejas. Son sociedades plurales en las que la tolerancia –palabra cada vez más desprestigiada– y el reconocimiento del valor de la diversidad constituyen hitos. En este tipo de sociedad la única categoría es reconocerse como ‘ciudadano’. Es decir, que ser ciudadano o no, “no es negociable”. Por otro lado, la opción de ser religioso o no, depende del individuo, es decir, que se puede ser ciudadano ya se sea religioso o no.  De todo ello se deduce obviamente que optar por una u otra confesión religiosa –o por ninguna– forma parte de la libertad del individuo. Quizá como corolario de todo lo anterior podría establecerse que ser ciudadano es una categoría y, sin embargo, ser religioso o no sería meramente anecdótico, en cuanto a las sociedades modernas se refiere.
Volviendo al comienzo de estas líneas, los musulmanes en Europa, nacidos en ella o no, parece que encuentran difícil acomodo en las sociedades abiertas. Justo es reconocer que existe un clima de rechazo por parte de los europeos. ¿Por qué? Antes de intentar responder sería aconsejable traer aquí que los asiáticos en general, alejados también culturalmente de los europeos, no sufren este rechazo del que hablamos por parte de los europeos. Al menos, no tan intensamente. Entonces por qué los islámicos, en cierto modo, sí. Sartori responde a esto diciendo que “la visión del mundo islámica es teocrática”. No se acepta la separación entre Estado y religión. Amén de que la ley islámica no reconoce los derechos de la persona tal y como los entendemos en Europa. Y también existe la signatura pendiente de la mujer.  
No es necesario ser un observador atento a nuestra realidad ceutí para constatar que Ceuta está sufriendo una pertinaz, lenta, pero, segura, islamización. No hay que tener demasiadas luces para darse cuenta de ello.
El número de mujeres e incluso de niñas veladas va en aumento. Y no sólo eso, sino que la vestimenta que la mujer usa no es la tradicional de esta parte del norte de África, sino que es de procedencia extraña y posee un cierto tufillo rigorista y fundamentalista. A este respecto, no es casual que la impulsora de este “Estudio demográfico” sea la UCIDE y que detrás de él esté el nombre de Laarbi Maateis, conocido por su pertenencia a la ¿secta? Tabligh, que levanta toda clase de suspicacias en el gobierno y en los servicios de inteligencia españoles por su renuencia a integrarse en el cuerpo social que acoge al citado Tabligh.

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