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Leyendo entre líneas

Hay resoluciones judiciales que se leen de un tirón y otras que exigen paciencia. Y luego están las que, más que leerse, se descifran. El Auto que imputa a José Luis Rodríguez Zapatero pertenece a esta última categoría: un documento extenso, solemne, cargado de adjetivos y de una épica que uno no suele encontrar en unas diligencias previas. Y, sin embargo, cuando uno se detiene, cuando lee entre líneas, descubre que la arquitectura narrativa es mucho más sólida que la arquitectura jurídica.

El Auto describe una “estructura organizada y estable”, un “entramado societario”, un “núcleo operativo” y un “liderazgo estratégico”. Todo muy cinematográfico. Pero a medida que avanzan las páginas, uno busca, como quien busca una aguja en un pajar, los actos concretos del expresidente. No los indicios, no las sospechas, no las menciones indirectas: los hechos. Y ahí es donde el texto empieza a deshilacharse.

Porque no hay llamadas, ni correos, ni reuniones acreditadas. No hay instrucciones, ni órdenes, ni pagos, ni beneficios. No hay un solo acto ejecutivo que permita sostener, siquiera indiciariamente, que Zapatero participó en la concesión de ayudas públicas o en la canalización de fondos. Lo que sí hay son frases de terceros, comentarios de pasillo, referencias vagas: “Julio habló con ZP”, “necesitamos que dé el empujón”. Y uno recuerda entonces lo que repiten los penalistas desde hace décadas: las menciones de terceros no son indicios, y mucho menos cuando se pretende imputar a un expresidente del Gobierno.

La imputación, para ser tal, exige algo más que un relato. Exige hechos. Exige tipicidad. Exige que la conducta encaje en el tipo penal. Y aquí conviene detenerse un momento en el delito de tráfico de influencias, que es el eje de la imputación.El Código Penal exige cuatro elementos: Un acto de influencia real, dirigido a una autoridad o funcionario, para obtener una resolución concreta, y que esa influencia sea efectiva o idónea.

Nada de esto aparece en el Auto. No hay acto, no hay destinatario, no hay resolución vinculada, no hay eficacia. Lo que hay es una construcción narrativa que atribuye a Zapatero un papel de “vértice” sin describir cómo llegó a ese vértice ni qué hizo desde él. Es, en definitiva, una imputación por posición, no por acción. Y eso, en un Estado de Derecho, no es suficiente.

A ello se suma otro elemento inquietante: la autorización de registros extremadamente invasivos, despachos, oficinas, dispositivos electrónicos, correos, sin una motivación individualizada que explique por qué son necesarios en el caso concreto del expresidente. La jurisprudencia constitucional exige una motivación reforzada cuando se afecta a derechos fundamentales. Aquí, esa motivación brilla por su ausencia.

No lo digo yo. Lo dicen penalistas de prestigio: Martín Pallín, Bosch, De la Nuez. Lo dicen catedráticos que han analizado el Auto con lupa. Lo dice la doctrina consolidada del Tribunal Supremo. Y lo dice, sobre todo, el sentido común jurídico. No se puede imputar a alguien por lo que otros dicen de él, ni por lo que podría haber hecho, ni por lo que se imagina que hizo.

Y es aquí donde la literatura, a veces, ilumina mejor que el propio Derecho. En un magnífico artículo reciente sobre la criminalización de la protesta climática, Azahara Palomeque recordaba la célebre frase de El proceso de Kafka: “Alguien tuvo que calumniar a Josef K., ya que sin haber hecho nada malo, una mañana lo detuvieron”. Kafka no hablaba de autos judiciales, pero sí de esa inquietante sensación de indefensión que surge cuando la maquinaria institucional se pone en marcha sin que existan hechos que la justifiquen. Ojalá no tengamos que ver nada parecido ni en el caso de los activistas climáticos, como el profesor Jorge Riechmann, ni en el del expresidente Zapatero.

La justicia, para ser justicia, debe apoyarse en hechos, no en ficciones. En pruebas, no en relatos. En motivaciones, no en sospechas. Y cuando un Auto se aleja de estos principios, cuando la narrativa pesa más que la evidencia, cuando el lenguaje se vuelve conclusivo antes de tiempo, entonces conviene detenerse, respirar hondo y recordar que el Derecho penal no es un género literario.

A veces, para entender lo que realmente dice un Auto, basta con leer entre líneas. Otras veces, lo que no dice es lo más importante.

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