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El legado dominico e islámico enterrado en Sánchez-Prado

La parcela siete de la avenida se constituye como un rico ejemplo del paso de las civilizaciones en la ciudad | Destacan vestigios de época romana, tardo-antigua y medieval entre otras

Cada día la avenida Sánchez-Prado se llena de transeúntes. Vecinos que pisan por su suelo sin saber que, en ese terreno, existe un legado dominico e islámico de Ceuta enterrado. Bajo la hilera de edificios de la izquierda se halla todo un compendio de huellas del pasado.

Conocida por los arqueólogos como la parcela siete, fue el lugar de un convento del que ya no queda nada y de otros materiales procedentes de época romana, tardo-antigua, medieval, portuguesa y española.

Aunque solo se conocen de forma pública el de los Trinitarios y la Basílica tardo-romana, se han documentado más hallazgos en la zona. Varias campañas de excavación revelaron la historia escondida, un relato que habla de los antepasados que vivieron en la ciudad.

Antecedentes

Antes del inicio de las campañas de excavación iniciadas en el 2018, ya existían nociones de la presencia de rastros. La intervención más relevante, la exhumación del templo del Bajo Imperio, se produjo entre la década de los 80 y de los 90.

La precede la revelación de un sarcófago romano en mármol del periodo de gobernanza de Galieno en 1964. Previamente, en 1917, Ramos ya reportó los vestigios del hospicio, monasterio e iglesia de los Dominicos. Esos descubrimientos incluían componentes de terracota, maderas labradas, monedas y restos humanos.

El más destacable era el cráneo de una mujer en perfecto estado de conservación. “Su dentadura es completa y en el parietal izquierdo posee una señal de haber sido atravesado con un hierro a fuego. Sería algún martirizado por los musulmanes o alguna hereje condenada a un cruel castigo”, comenta.

Campañas

Los trabajos iniciados hace ocho años comprenden cuatro actuaciones de gran envergadura junto a una quinta en las inmediaciones del Edificio Canarias. Todas se desarrollaron entre 2018 y 2019.

La primera consiguió como resultado elementos cerámicos de la etapa portuguesa, de la islámica y de la tardoantigua junto a despojos óseos humanos, partes de muros con mortero de cal, pozos y estructuras subterráneas.

Al norte del espacio delimitado, no se dio con ninguna pieza de valor, en gran parte debido a la destrucción provocada por el aparcamiento subterráneo colindante. Su proyecto de obra no planteó un estudio arqueológico.

La segunda se enfocó en el sur. Los sondeos detectaron junto al límite meridional varios muros, los vestigios de un aljibe y una estructura circular de piedra en un retazo del terreno situado a mayor cota.

La última infraestructura citada fue identificada como el tramo final de un pozo contemporáneo. Los niveles del suelo revelaron que hubo uso portugués y, bajo el mismo, otro de procedencia mariní.

Al descender un poco más, se halló un pozo ciego y un pavimento asociado al aljibe. Se localizaron también objetos de alfarería de cocina lisboetas, lozas sevillanas e italianas, así como porcelanas chinas.

Los análisis continuaron y, de ellos, partieron dos silos, uno con material de la etapa mariní y otro con fragmentos que corresponden a los siglos XII y XIII. Se recuperaron piezas de terracota de del siglo VII de cronología tardoantigua y partes de huesos que, en principio, pertenecen a sepulturas relacionadas con el convento.

Restos de los Dominicos

La tercera actuación se topó con señales de la existencia de un edificio destinado a la orden de los Dominicos. Poco después de la conquista portuguesa, en 1415, se erigieron dos conventos dominicos, uno en la ciudad y otro en la Almina.

Las estancias que sobreviven en el presente estaban sobre construcciones bajomedievales islámicas, rastros que, en inicio, pertenecen a la zona llamada Aduanas referenciada en fuentes escritas. Fue remodelada con la llegada de los lusos.

Al oeste del patio ubicado en el lugar, se practicaron numerosas inhumaciones. Las fosas del nivel inferior eran ovaladas. Albergaban más de un cadáver. Sobre ellos se situaban nuevos enterramientos más desordenados.

Destacan entre los enseres funerarios encontrados una imagen de una virgen, un collar, un rosario de pasta vítrea negra y los trozos de una cruz de madera. Al sector oeste de ese espacio, los expertos interpretan que había una especie de capilla con lápidas sepulcrales. Todo lo documentado se hallaba afectado por edificaciones contemporáneas.

La última acción abordada determinó la continuidad de unos muros datados en época bajomedieval y una amplia sala rectangular. El pavimento de la misma estaba horadado por substracciones rellenas con cerámicas mariníes. Se recobraron sobre él materiales cristianos del siglo XV, lo que indica que las estructuras son del periodo mariní o incluso de uno anterior.

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