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Las conmemoraciones en la historia A propósito de la ocupación portuguesa de Ceuta

Por Redacción
21/08/2015 - 05:27

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Hoy, 21 de agosto, según las crónicas, se cumplen 600 años de la ocupación portuguesa de la ciudad, de su conquista o llegada; podemos decirlo de distintas formas, el fondo viene a ser el mismo. La hegemonía de un pueblo pone fin a la de otro, estamos ante una constante histórica, difícil de cuestionar; la Historia, en sus distintos ámbitos, local, regional, nacional o internacional, está llena de ejemplos.

Con este artículo quiero recordar a D. Carlos Posac, recientemente fallecido; no tuve la fortuna de ser alumno suyo, académicamente hablando, pero sí el privilegio de aprender mucho de él en múltiples tertulias improvisadas, en distintas conferencias y, por supuesto, a través de la lectura de su abundante obra sobre la Historia de nuestra ciudad; aún recuerdo cuando leí “La última década lusitana de Ceuta”, en edición del servicio de publicaciones de la desaparecida Caja de Ahorros de Ceuta, libro que me abrió las puertas hacia el conocimiento del importante período portugués en la Historia de Ceuta. Estoy seguro que le hubiera encantado ser partícipe del Congreso que, el Instituto de Estudios Ceutíes, que tanto le debe a su persona, tiene previsto desarrollar en los primeros días del próximo mes de octubre, dedicado a recordar lo acontecido hace 600 años.
Aprovechando la efeméride que hoy recordamos, sin ningún afán ni intención de polemizar, quiero utilizar este artículo para aportar argumentos que sirvan para reflexionar sobre  el significado de las conmemoraciones en la Historia, sobre las funciones que ésta debe y puede cumplir, los usos y abusos que pueden hacerse de la misma, y, en definitiva, sobre el papel de la memoria histórica en la configuración de la identidad e imaginario cultural de un pueblo. En este sentido, resulta muy interesante leer, entre otros,  el libro “Juegos peligrosos. Usos y abusos de la Historia”, de la historiadora canadiense Margaret MacMillan, traducido al castellano hace unos años.
Los acontecimientos fundamentales son bastante conocidos: Debemos remontarnos a comienzos del siglo XV, caracterizado por la expansión de los dos grandes reinos peninsulares, a otros continentes, cuyo momento álgido fue la llegada a la posteriormente denominada América, en 1492, de las naves de Colón; siglo, que en su último cuarto, fue el del Reinado de los Reyes Católicos,  que trajo la unificación territorial de las posesiones de las Coronas de Castilla y Aragón; el siglo termina con el final del proceso de la “Reconquista”, concretado en la toma del Reino Nazarí de Granada (1492), último territorio de lo que fue “Al-Andalus”. A comienzos de esta centuria, en 1415, cuando se produjo la ocupación portuguesa de la ciudad, ninguna de las grandes referencias históricas señaladas se habían producido. El territorio de la Península Ibérica estaba configurado por distintos reinos, independientes, así, en la Corona de Castilla, como en la de Aragón, reinaba la dinastía de los Trastámaras; el Reino Nazarí de Granada, extendido por buena parte de la actual Andalucía Oriental, constituía el último territorio islámico en la península; al frente de la Corona de Portugal estaba la dinastía de los Avis. En este contexto, Ceuta, Medina Sebta, estaba habitada por los Mariníes, nombre castellanizado que reciben los Banu Marin, miembros de un imperio de origen bereber, surgido tras la caída de los almohades, cuyo núcleo fundamental estaba en el norte del actual Marruecos. De la presencia merinida en Ceuta nos queda una buena parte de las murallas que construyeron, “El Afrag”, levantadas durante el mandato del sultán Abu Said en 1328.  La importancia de la expedición marítima portuguesa, que culminó con la ocupación de Ceuta, se pone de manifiesto, entre otras razones, por el hecho de que se encontraba al mando del propio rey, Juan I, al que acompañaban sus hijos D. Enrique (El Navegante), D. Pedro y D. Duarte; la ocupación de Ceuta fue el inició de la expansión marítima portuguesa a través de los Océanos Atlántico e Índico; históricamente, el significado es grande para el país vecino,  le llevó a una de las épocas más florecientes de la historia portuguesa. Plazas, calles y estatuas, recuerdan, en distintos lugares de Portugal, el acontecimiento que comentamos; este año se está recordando, en ciudades como Lisboa, Oporto, Coímbra o Évora, a través de distintos eventos científicos.
El significado de los acontecimientos, para Ceuta, es difícil de cuestionar y muy fácil de argumentar, otra cosa es la interpretación o utilización que se haga de ello: Finalizó el largo período, siete siglos (709-1415), de hegemonía islámica, en el que distintos pueblos y dinastías se sucedieron (dependencia del Califato de Córdoba, Señoría Independiente, Dinastía Almorávide, Azafíes o los propios Mariníes). La ocupación portuguesa significó el origen de la incorporación de Ceuta al mundo europeo-occidental, abrió la puerta al proceso de castellanización y, por tanto, a la españolización de la ciudad.
Uno de los usos y/o abusos que, con frecuencia, se hace de la Historia, es leer el pasado desde una perspectiva interesada, bien para construir y reforzar determinada identidad de los pueblos o para servir a intereses del presente, entre otras motivaciones. La identidad es un concepto, un constructo, que siempre es complejo, si es la de un pueblo, aún más, configurándose a partir de la importancia hacia unos factores, variables o elementos, en el caso de la identidad histórica debemos decir “acontecimientos”, privilegiándolos, lo que puede suponer, como contrapartida, sin intención o con ella, minimizar o ignorar otros. Es difícil configurar la identidad de un pueblo sin provocar susceptibilidades, cuando no rechazos, en parte del mismo, poco identificados con los acontecimientos en que se pretenda sustentar la misma o críticos con la posible exclusión de otros de tanto o más significado, dependiendo de la lectura que del pasado se haga.
Las conmemoraciones representan una forma de usar y abusar de la historia, esto lo han argumentado muy bien distintos historiadores (la citada MacMillan, Pérez Garzón, Todorov, Finley, Pagès, Chesnaux, Schaft o Hobsbawn, por citar los más destacados); en relación con lo que decimos, es muy recomendable la lectura del reciente artículo de Javier Moreno Luzón, historiador también, en El País, el pasado 10 de agosto, “La Transición, epopeya agrietada”. Conmemorar es un recurso  utilizado con gran frecuencia, tanto a nivel político-institucional, como personal (qué es si no recodar un cumpleaños, un aniversario de boda, el nacimiento de un hijo o al familiar querido fallecido tal día como hoy); las conmemoraciones representan una forma de mantener vivo algo que no queremos olvidar, que tiene significado para la memoria, personal o colectiva, o para reforzar identidades o actuaciones del presente, inspirándose en lo conmemorado. A nivel personal, cada uno es muy dueño de  conmemorar lo que estime oportuno, otra cosa es cuando se trata de conmemoraciones colectivas, decididas por el poder político de turno, con más o menos consenso político (el social o ciudadano es más difícil de contrastar, al menos de forma directa y concreta). Las conmemoraciones históricas representan, por tanto, una constante, hay muchos ejemplos de ello: Antes de la llegada de la democracia, recuerdo, en la infancia y primera juventud, cómo se conmemoraba, en nuestras ciudades, el 18 de julio (con desfile y paga extra incluidos, esta última se mantiene…) o el 1 de abril, “día de la victoria”, se trataba de conmemoraciones de hechos recientes que pretendían reforzar y avalar el poder político del momento; también se conmemoraban acontecimientos históricos más remotos, por ejemplo, el 2 de mayo de 1808 o el 12 de octubre de 1492, por poner algunos ejemplos que siguen recordándose en la actualidad, aunque con un sentido diferente al del anterior régimen. Con la llegada de la democracia, las distintas comunidades autónomas que fueron configurando la España constitucional, establecieron el “día de la autonomía”, esto es, una conmemoración de un acontecimiento histórico que, visto desde el presente, se consideró que tenía gran significado para la configuración e identidad de la autonomía en cuestión. Parece que con bastante consenso político (lo digo porque desconozco que se hayan cambiado días de la autonomía), se fijaron esos días, recurriendo al pasado, sea remoto o reciente; así, nuestra vecina Andalucía conmemora el 28 de febrero de 1980 (historia muy reciente, recordando el referéndum que abrió las puertas a una autonomía “de primera” a esa comunidad); Madrid, una autonomía con poca historia como región pero con gran historia como ciudad, recuerda el levantamiento de su pueblo contra el invasor francés, el 2 de mayo de 1808;  Cataluña, tan de actualidad últimamente, conmemora el 11 se septiembre de 1714, la Diada, que puso fin a la Guerra de Sucesión, curiosamente, una derrota ante el entonces nuevo poder borbónico encarnado en la persona de Felipe V; otra comunidad que optó por recordar una derrota fue Castilla y León, con la Batalla de Villalar (23 de abril de 1521),  lo que significó el final del movimiento de los Comuneros, en su lucha ante la llegada de un rey que consideraban extranjero (Carlos I). A nivel nacional, también es frecuente que los estados conmemoren hechos históricos, así, Francia recuerda el 14 de julio de 1789, la toma de la Bastilla y el comienzo de la Revolución Francesa; Estados Unidos, con el 4 de julio de 1776, recuerda la independencia de las entonces trece colonias frente al poder británico; nuestro país, el 6 de diciembre de 1978, recuerda el referéndum que aprobó la constitución que más democracia y progreso ha traído a nuestra nación. Por tanto, las conmemoraciones están ahí, aquí, y allí y tienen vocación de quedarse. Se trata de utilizarlas de forma constructiva y hacer pedagogía con ellas, utilizándolas en sentido positivo, integrador y abierto, fundamentándolas y argumentándolas muy bien.  
Siguiendo al profesor Pérez Garzón, podemos decir que bajo el pasado, en nuestro caso el período portugués, laten identidades de grupo, también justificaciones del presente, esto es, qué queremos o pretendemos ser como pueblo y por eso tenemos tendencia a usar y abusar del pasado para elegir el ejemplo que nos interesa, la perspectiva que nos justifica. La Asamblea de nuestra ciudad decidió que, para conmemorar el día de Ceuta, el Día de la Autonomía, se recordara el nombramiento del primer Gobernador que tuvo Ceuta tras ser ocupada por Portugal, esto es, el 2 de septiembre de 1415, en la persona del noble (venido a menos) D. Pedro de Meneses; obviamente ese acontecimiento no pudo haber sucedido si antes, el 21 de agosto del mismo año, una  flota portuguesa no hubiera ocupado la ciudad, poniendo fin a la presencia de la población merinida. Las conquistas, decíamos más arriba, representan una constante del desarrollo histórico, en 1415 fueron los portugueses, antes, siete siglos atrás, fueron los árabes, antes, los visigodos, los bizantinos, los romanos, los griegos, los fenicios y así podríamos remontarnos hasta los momentos más pretéritos de la presencia humana en el solar ceutí. Ya hemos señalado más arriba el significado que tuvo la portuguesa.
La historia, el pasado de un pueblo, no debe servir para provocar enfrentamientos en el presente, su función fundamental debe ser enseñarnos cómo hemos llegado a ser lo que somos, aprender, de una manera crítica y constructiva, de errores que en otros momentos hayan podido cometerse y no caer en los mismos. El pasado no debe ser un arma arrojadiza, un argumento para justificar o reforzar posiciones del presente, debe estar al servicio de la formación de una ciudadanía respetuosa con el mismo, con todo el pasado, entendiéndolo en un sentido abierto e integrador. Las conmemoraciones, por tanto, deben usarse para poner en valor el patrimonio histórico, artístico y cultural, material e inmaterial, que un territorio ha ido construyendo a lo largo de su pasado, sin exclusiones, este es el sentido que debemos dar a las mismas. Afortunadamente, Ceuta tiene una rica y variada historia detrás, pongámosla en valor, ahora toca recordar el período portugués, pero ello no significa olvidar otros, tan importantes  como este.

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