Todos, gobernantes y asociaciones, ensalzaban el valor de la convivencia entre pueblos, “basada en la tolerancia y el respeto mutuo”, recalcaba el presidente Vivas, convencido de “que estamos en una etapa de la Historia en la que llevarse bien tiene que ser algo más que un deber, más bien una obligación moral”.
Por su parte Abdelkader, agradecía a la Ciudad la visita y se mostraba convencido de “que el entedimiento entre todas las partes, es la clave del éxito de Ceuta”.
Faltaban tres minutos para que el reloj marcara las veintiuna horas del sábado –el sol se resistía aún en el horizonte–, cuando cada uno de los miembros de la comitiva, se descalzó para acceder al interior de la mezquita, donde un centenar de fieles proferían rezos, antes de romper el ayuno, uno de los últimos de este año, porque el mes sagrado musulmán, finaliza la semana que mañana entra en el calendario.
De ahí, bajada de escalera hasta llegar a una carpa contigua, que hace las veces de comedero social, “que por ejemplo en el día de hoy sólo ha atendido a doscientas familias que apenas tienen para subsistir”, destacaba Abdelkader.
Viendo cómo a la carpa entraban personas necesitadas, en un goteo incesante y doloroso, el presidente Vivas, felicitó el servicio humanitario “por el noble esfuerzo solidario y altruista que, a diario, llevan a cabo las dos asociaciones y que siempre encontrarán el sincero reconocimiento de la Ciudad”.
Abdeluhae aseguraba que “ofrecer este servicio social es muy importante no sólo desde el punto de vista práctico sino también emocional y espiritual porque sabemos que estamos realizando una buena labor en atención al prójimo y al necesitado, con independencia de donde venga o a donde se dirija”.
Tal vez siguiendo el rastro que en el ambiente dejaba el aroma de las gigantescas ollas que, a las puertas de la carpa se afanaban por poner a punto la ‘harera’, sopa típica del Ramadán, la comitiva entró en una pequeña sala en cuyo centro se había dispuesto una mesa para romper el ayuno. Sobre ella, los platos de dátiles y de huevos duros, la susodicha harera o los zumos de naranja, pera o melocotón, terminaban por complementar el menú de una visita que es algo más que una tradición.








