Opinión

La trastienda

Hay días en los que uno sube al desván de los recuerdos y desempolva algunas de las piezas que allí se amontonan.

Entonces, resoplo las portadas de un libro desvencijado por el paso del tiempo y cuyas páginas amarilleaban. El título que se escondía era “La Trastienda”.

La llamada del recuerdo me hizo fijar la llamada en la edad de los descubrimientos. Qué bonita edad.

Quizá, lo primero que uno descubre es el sentido de la amistad. Así, arremolinados en la misma aula del colegio San Agustín, el destino quiso que mis primeros pasos fueran compartidos con Nacho, a la sazón hijo del farmacéutico de la ciudad.

Entre las idas y venidas que propiciaban los juegos, un día, Nacho me hizo que lo acompañara a ver a su padre, pues tenía que pedirle permiso para salirse de la rutina.

Por aquellos lares, las tiendas y los comercios formaban parte del paisaje de las calles, y lo que ocurría de puertas para adentro era un mundo mágico, custodiado por esos personajes juiciosos y hacendosos, que así se llaman los dependientes.

La farmacia Zurita bullía de esperanzados clientes, y Nacho y yo obtuvimos licencia de los empleados para adentrarnos en la trastienda. Mis emociones se desataban al comprobar los misterios que se ocultaban al resto.

Recorrimos el almacén atestado de mercancía, la oficina donde ocurre la administración, y por fin, al fondo, el despacho, cuya mesa era un imponente trabajo de madera. Mientras atendía unas firmas, el padre nos dio la venia.

Es difícil que esa imagen se me vaya de los ojos, pues a la espalda del despacho, reinaban los ciento y pico tomos de la enciclopedia Espasa Calpé.

¿Adónde habrá ido a parar esa colección de papel, ese atrio del conocimiento, esa inmensidad, esa universidad?

Es chocante lo lejos que puede llegar el ser humano en beneficio de la cultura, y el vacío en que vivimos.

El caso es que tuve que llegar a la madurez para encontrar el punto de entendimiento. Y no hablo solo de la santidad de los enciclopedistas y de los dependientes, sino de la estatura moral y ética de Luis Garnica, el padre de Nacho; un referente de pulcritud.

Compartiría todavía mucho trecho con Nacho en ese efímero despertar que es la infancia. Y por no decir los fines de semana en el chalet de Calamocarro.

Pero ese es motivo para otros libros y ahora debo dejaros. La conciencia de la realidad me llama, y he de descender los peldaños que me situaran de nuevo en el mundo de las prisas y las preocupaciones.

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