Como lugar emblemático de los pescadores e inseparable del «Callejón del Asilo Viejo», la Ribera, fue un rincón más de nuestra barriada. El maravilloso escenario de muchísimas vivencias de mi niñez. Mi vida de joven estuvo tan vinculada a ese rincón, que no recuerdo etapa de mi vida -tanto infantil como juvenil-, donde existiera un vacío de olvido.
De hecho mi casa en Algeciras se llama “La Ribera” la llevo en mi corazón. Siendo muy pequeño recuerdo el miedo que me causaba bajar por aquel túnel y también los aires de suficiencia que me daba cuando por fin logre vencer aquel miedo. Nos encantaba en verano bajar a comprar agujetas secas ¡¡Dios!!, que daría por retornar a esos momentos, que por una perra gorda -diez céntimos-, te comprabas dos. Aquellas agujetas de sabor inconfundiblemente, impregnaban el aire del olor a resbalaje de bajamar, cuando el sol martiriza las algas y éstas, en una desesperada autodefensa, tratan de confundirlo invadiendo el ambiente de ese aroma tan peculiar y único.
Los niños de la Ribera como los del Foso iban al colegio del Asilo, por lo tanto la vinculación con nosotros era incuestionable. Si me preguntaran desde cuando es mi amigo Gabriel León, respondería que desde siempre. Siempre recordaré aquellos partidos que jugábamos utilizando, como campo de fútbol, el lugar sito entre la Catedral y el antiguo Parque de Artillería. Era el sitio idóneo para jugar al fútbol, porque se daba el caso con bastante frecuencia, de la aparición de un guardia municipal. Entonces y a la voz de “agua”, la pelota era recogida por el jugador más cercano a ella y de inmediato salíamos huyendo por el túnel de la Ribera y tras llegar a ella, escalábamos la muralla del Mirador accediendo a la carretera nueva, llamada hoy, Martínez Catena.
Cuando la Ribera no era playa oficial, por el número de viviendas que allí se ubicaban, tanto mi padre como mi tío Jesús, acostumbraban a utilizarla como lugar de baño, en vez del Chorrillo. Mi padre siempre me decía que él había aprendido a nadar allí y para mí fue el aula en la que mi amigo, Pepe Torres, me dio las primeras lecciones de pesca submarina. Allí saludábamos a personas entrañables como eran el mismo Gabriel León, sus hermanos Ignacio y Paco, a Cayetano Mateo, el Levante, los Bocarando, y un largo etcétera que siento no recordar sus nombres.
Allá por el año 1957, mi Ribera era el Paraíso Terrenal, tanto es así que jamás he visto centollos del tamaño de los que allí se daban. Allí me puse por primera vez una lente submarina y quedé maravillado por el mundo que se me ofrecía. Pensé que había dado el primer paso, para conocer un mundo diferente a todo lo conocido hasta aquel momento y que me había estado perdiendo, teniéndolo a pocos metros de casa. Consideré de inmediato, que despreciar el disfrute de tanta belleza era un insulto a la Madre Naturaleza. Por lo tanto, me hice adicto a ese maravilloso rincón. De allí sacamos varios meros, sargos y mi debilidad de principiante; aquellos hermosos y bellos bodiones tordos de múltiples colores.
En uno de mis viajes a Ceuta, hace tres años fui a hacerle una visita. Lo que vi me llenó de tristeza y desolación: la Ribera, mi Ribera estaba desnaturalizada… De nuevo, la fatídica mano del hombre moderno, se encargaba de prostituir un bello lugar. Qué poco respeto tenemos a la naturaleza, que sin miramiento alguno, asolamos un día sí y otro también. ¿No pensamos que herencia dejaremos a nuestros nietos? Todo aquello que el Sumo Hacedor, con su infinito poder puso a nuestro alcance, lo destruimos o disfrazamos en aras de una mejora en nuestro “modus vivendis”; mejora falsa y ficticia, pues, ¿habrá algo más bello que lo natural? Uno de mis sueños, era enseñar a mis nietos las piedras en las que yo de joven pescaba buceando.
Llegaron a preguntar a todos aquellos incondicionales de la Ribera, que diariamente los días de sol, invierno y verano alegraban con su presencia la playa, entre los que recuerdo a Paco Luque, Antonio Muñoz, Sotelo y otros que siento no recordar su nombre, ¿si estaban de acuerdo con semejante herejía? Lastimoso. Ellos eran en unión de la fauna y flora del lugar sus verdaderos inquilinos y merecían un respeto.
En la calle Independencia -¡que leche calle Independencia, en la Brecha!, no volverán a disfrutar con el olor aquel de resbalaje, a algas martirizadas por los rayos de sol y…





