Siete de los 44 supervivientes del ‘Guadalete’ se reencontraron ayer. Visitaron a compañeros enterrados en Santa Catalina. Recordaron la tragedia
Sesenta años después, a escasas millas de donde murieron 34 compañeros, del maldito lugar en el que el dragaminas ‘Guadalete’ se hundió, siete de los 44 supervivientes se encontraron ayer; la mayoría de los cuales no se veían desde entonces: “¡Qué emoción”!, alcanzaba a decir, con la mirada bañada en lágrimas, Ricardo Corrales Sarmiento, uno de los héroes.
Reunidos desde primera hora de la mañana, los siete supervivientes, en ceremonia íntima y acompañados de familiares y efectivos de la Armada Española, acudieron hasta el cementerio de Santa Catalina, donde en paz descansan los restos de numerosos integrantes de la tripulación, para posteriormente asistir a los actos centrales desarrollados en el Muelle España.
“Se trata de un homenaje intenso, muy bonito”, decía Corrales Sarmiento, quien acto seguido aseguraba que el recuerdo de lo que sucedió es “permanente, ya que tengo ochenta años y esto no se olvida nunca”. “Perdimos muchos compañeros”, rememoraba, “después de que todos intentáramos poner el barco en condiciones pero las calderas no funcionaban a los pocos minutos de salir a la mar y nada había que hacer”. “¿Que si tuve miedo? Mucho, pero tenía veinte años y eso te da mucha fuerza: Lo que tenía que pasar estaba escrito y pasó”.
A su lado, sentado en una butaca, mientras la brisa marina comenzaba a correr (‘¡ay, el viento del 25 de marzo de 1954!), Jorge Vázquez López, recién llegado de Barcelona, indicaba que “hace décadas que no estoy aquí, esto ha cambiado muchísimo”. Las manos entrelazadas, la mirada alta y la voz suave, el superviviente dejaba entrever una crítica emparedada entre elogios: “Es un homenaje fabuloso pero muy tardío, si se hubiera hecho en su época, habría habido más”.
Acerca del reencuentro con los compañeros, Vázquez López indicó que “lo he vivido con mucha alegría y enorme satisfacción pues desde hace más de cincuenta años que no había tenido contacto con ellos, al encontrarlos por tanto he sentido una emoción muy intensa”, señalaba mientras los primeros acordes del ensayo general comenzaban a invadir el ambiente.
“En la noche de la tragedia”, contaba el superviviente, “cada uno hacía el papel que podía, todos intentábamos salvarnos ayudándonos juntos, yo era telemétrico pero todos colaboramos en la tragedia, sin que los cargos valieran más que los subalternos en una situación así”.
“Muchos compañeros cercanos se marcharon, pero especialmente recuerdo a uno, astillero también, que quise quedármelo pero no pude. Es un homenaje para él, para ellos. Luchábamos para poder vivir. Todos pensamos que con el temporal no se podía salir pero había uno solo que era el que tenía que decidir y decidió salir y, como mandaba, todos salimos”, señalaba al tiempo que su mirada se perdía por el horizonte azulado, como si en el vaivén de olas tratara de buscar una explicación, acaso un consuelo sesenta años después de lo sucedido en aguas del Estrecho.
“Al poco de salir”, contaba Eumenio Prieto Fernández, de Ceuta, “el levante nos empezó a golpear. Estuve toda la noche de servicio, soportando los azotes del mar. Por la mañana, intentó el comandante meter las mesas de comer porque el carbón ya no era eficaz pero nada, ni con esas, porque la madera se quemó como papel”, recordaba ayer con la voz de quien se sabe testigo de un hito histórico.
Como Juan Echevarría Cabiedes, natural de Colindres, Cantabria, todo un héroe gracias al cual se consiguieron aferrar a la vida decenas de compañeros: “La balsa que quedaba, que es con la que nos salvamos casi todos los que pudimos sobrevivir, la tiré yo, yo sólo porque no quedaba nadie más en el barco. Esa balsa fue recogiendo gente”, personas que, de algún modo, siempre estarán vivas: a través de la memoria que dicta la historia.







