Categorías: Opinión

La mala imagen

En una democracia el sistema judicial no debería generar más noticias que por su buen funcionamiento, pero vivimos en un país que tiene una justicia politizada desde 1985, y el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) viene siendo, últimamente, causa de titulares que indican una clara falta de estética.
A su anterior presidente, Carlos Dívar, le costó el cargo cierta perseverancia en su necesidad de viajes a Marbella, y para evitar estos empeños, el CGPJ arbitró un nuevo sistema para aprobar estos gastos, con la añadida obligación de viajar en turista.
Ahora su nuevo presidente, Gonzalo Moliner, lamenta tener que viajar en turista porque cree que esa no es la mejor imagen para quien preside el Consejo General del Poder Judicial y a su vez el Tribunal Supremo (TS). Y a fecha de hoy todavía no ha dimitido.
Lo que verdaderamente da mala imagen, no solo al Presidente del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo, sino a toda institución que preside, es que éste tiene sus reticencias a viajar en turista.
Le pregunto al señor Moliner si acaso sus posaderas son diferentes a las de cualquier ciudadano que paga sus impuestos religiosamente, y por ello necesita de un asiento más mullido o de mayor espacio para poder asentar sus rabeles. En caso contrario, acaba de personificar aquello que anunciaba el  laudo en el que se hablaba de la decrépita clase política.
El señor Moliner es un servidor público, y para esto hay que tener vocación, y esa vocación pasa por la sobriedad en el ejercicio de la función, por  ocasionar el menor coste posible a las arcas del Estado. El trabajador público debe estar bien remunerado, de acorde a sus capacidades, responsabilidades y productividad; no escatimarle las pagas extras, ni minúsculos tantos por cientos, ni jubilaciones, ni planes de pensiones. Pero no abonarle prebenda alguna.
Mientras los juzgados acumulan expedientes en cajas de cartón en el suelo, los jueces trabajan a un ritmo endiablado, los administrativos al borde del colapso mental por estrés, y los edificios en el derrumbe técnico, el Presidente del Consejo General del Poder Judicial se lamenta por no poder gozar de un sillón más cómodo, ni un menú más substancioso.
Con qué autoridad moral pueden exigirse unas tasas a la justicia, mientras se gasta en billetes de primera clase para los servidores públicos.
Lo que verdaderamente da buena imagen a ese cargo es la dignidad de quien lo ejerce, que se consigue con el trabajo bien hecho, la honestidad mostrada a lo largo de la vida privada y profesional y el grato recuerdo que deja a aquellos que trabajaron con él.
Y no por llevar un abrigo de boutique o por viajar en limusina, primera o business, y mucho menos por exigirle al erario público que, además, lo pague.
¡Feliz Nochebuena y feliz Navidad!... a usted también, por supuesto, Sr. Moliner.

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