Mientras el común de los mortales de aquí, de allá, de todo los rincones del mundo, sienten una punzada en el alma ante la primera arruga que descubren en el espejo, los muchachos del Tercio demostraron que el peso de los años, nada menos que noventa y un tacos colgados del uniforme oliva, puede ser un aliciente para mostrar vitalidad, memoria e ilusión.
Saltos, gritos, carreras como felinos, durante un acto, el de ayer, que, además fue solemne y ameno, sencillo y esmerado, profundo y cercano, humilde y además con ese toque soberbio característico de la mano dura y tan necesario para triunfar y, sobre todo, para mantenerse en la élite noventa y un años, y contar con un horizonte con proyección que evidencian los buenos tiempos actuales.
Fue el momento de que el cornel jefe del Tercio ‘Duque de Alba’, Alfonso García–Vaquero Pradal recibiera las novedades, hecho que desató una retahila de acontecimientos que constituyeron el grueso del acto: homenaje a los guiones; entronización del Cristo de la Buena Muerte por los componentes de las escuadras de Gastadores; entrada de la bandera al Patio de Armas al son de los acordes del himno nacional; llegada del general de brigada Julio Herreo Isla, segundo jefe de la comandancia general de Ceuta y autoridad que presidió la parada militar y lectura del decreto fundacional de la Legión.
Llegados a este punto y superado el ecuador de la ceremonia, el acto se adentró en una dinámica más íntima y musical, como si, de alguna u otra manera, se hubiera despojado el corsé de obligaciones ineludibles. Ahora tocaba que el personal civil y militar acreedor de los reconocimientos, recibieran condecoraciones, recompensas y aplausos de esos que se incrustan para siempre en la memoria. ¿O tal vez olvidará el comisario del Cuerpo Nacional de Policía, Jaime de Castelvi Jarillo, el honor de recibir la cruz del mérito militar con distintivo blanco?; ¿y lo hará el sargento primero, José Piris Maroco, quien recibió una cruz de real y militar orden de San Hermenegildo?; ¿podrá ignorar alguna vez la cruz de la constancia en el servicio en su categoría de bronce el cabo Enrique Antonio Barranquero Barragán?¿Acaso el brigada Manuel Calleja Pinilla, quién recibió la medalla de bronce de la orden del mérito deportivo del consejo internacional de deportes militares, no recordará dentro de lustros el honor que recibió ayer tras una trayectoria militar intachable y no sólo en las pistas de atletismo?
De repente, la feliz comitiva de premiados, desapareció como por arte de magia y con ella se fue también la bandera nacional, desplazada y ubicada ahora frente a la tribuna. Eran los instantes finales de los actos celebrados al aire libre –aguardaba un brindis y un ágape en el interior del salón contiguo–, una oportunidad para volver a comprobar que el Tercio está en buenas manos a tenor del discurso firme y brillante que pronunció el coronel jefe García–Vaquero Pradal, palabras profundas más allá de los actos que las precedieron: el honor de los que dieron la vida por España;la ofrenda de la corona, a un toque de oración; la palabra dicha por el capellán, que elevó al cielo una oración; el regreso de guiones y banderines; o la divulgación de espíritus legionarios, todo antes de que el patio quedara despejado a un ritmo nonagenario que ya quisieran muchos jóvenes del siglo XXI.

















