Categorías: Opinión

La cocina de Juan Palomo...yo me lo guiso, yo me lo como

Las asociaciones conservacionistas de nuestra ciudad andamos algo inquietas por los distintos planes urbanísticos que se están tramitando en la actualidad, entre los que destacan el Plan de Ordenación de Recursos Naturales (P.O.R.N) de Calamocarro-Benzú y la revisión del Plan General de Ordenación Urbana (P.G.O.U). Los actores sociales interesados en ambos planes son los de siempre: por un lado, los promotores urbanísticos, ávidos de nuevos terrenos en los que construir; y por otro, las asociaciones con interés en la protección y conservación de los espacios naturales. El papel de la administración en esta lucha de intereses tendría que ser la defensa del bien general, concepto algo difuso, pero que sin duda debería coincidir con los postulados que defendemos las entidades ecologistas. Lamentablemente, esto no suele suceder, y en el mejor de los casos, lo que tenemos, como irónicamente declaró Lewis Mumford, es un plan que resulta “un revoltijo mal concebido en el que un gran número de ingredientes, algunos buenos y otros no tanto, han quedado mezclados: los cocineros (en nuestro caso, la empresa redactora de los mencionados planes) han intentado satisfacer todo tipo de gustos y apetitos; la idea que ha guiado a los que seleccionaban la comida ha sido “venderla” a los comensales, pero sobre todo a los que han pagado a los cocineros (léase, la Consejería de Fomento). La mezcla resulta indigerible y poco apetecible”.
El símil utilizado por Mumford refleja con claridad el modus operandi de la tramitación de los planes urbanísticos. Ahora, debido a la obligación impuesta de fomentar la participación ciudadana en este tipo de procesos burocráticos, los planes se “cocinan” con apariencia de transparencia, aunque en la práctica sólo los “cocineros” y los que pagan la cuenta, conocen todos los ingredientes y la receta del plato. Los verdaderos clientes, los ciudadanos, no pueden acudir a la “cocina”, si bien se les permite dejar en el buzón de sugerencias propuestas de nuevos ingredientes, incluso un cambio radical en la receta, pero de nada vale, pues el menú ha sido fijado de antemano entre los que dicen representar y defender el interés de los clientes, y los insaciables glotones que se comerán los mejores platos. Al final los clientes o ciudadanos, tendrá que aguantarse con el menú que se les ofrece, a pesar de su pésima calidad y las continuas indigestiones que le van a provocar.
Nuestro “restaurante” ideal sería aquel que, conociendo los gustos locales y utilizando los ingredientes de la región, cocinara a la vista de todos; sin menús pactados entre unos pocos, llamando a cada ingrediente por su nombre; sin eufemismos ni vocablos incomprensibles; dejando claro de antemano que es impensable comerse todos los alimentos de la despensa, o permitir que unos pocos se hinchen mientras que el resto apenas consumen las migajas que estos dejan. Lo más importante es confeccionar un menú equilibrado que permita a sus clientes gozar de salud y calidad de vida.
El éxito de nuestro imaginario “restaurante” urbanístico va a depender, como sucede en el mundo de la gastronomía, de la calidad de los ingredientes, del buen hacer de los cocineros, de la confianza en el establecimiento y del servicio que ofrezca a sus clientes, tratados siempre por igual, y sin reservados para clientes “preferentes”. El menú  tiene que figurar a la entrada del comedor, y el chef tiene que advertir a todos los comensales cuales son los ingredientes que ha utilizado, su procedencia y los métodos de preparación, así como las normas de la casa. En un cartel, con letras grandes, se debe indicar que el derecho de admisión está condicionado al respeto de unas mínimas normas de educación ética y moral. No se admitirán especuladores, corruptos, ni personajes de esta calaña, acostumbrados a entrar a saco en las despensas,-aportando una suculenta dádiva a los jefes de la cocina-, y dejar la factura sin pagar, sobre todo la medioambiental.

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