La Ceuta oficial y la Ceuta real cada vez están más distanciadas. Mientras que la Ceuta oficial sigue alentando la historia de la estadísticas para intentar alimentar una historia que cada vez se sostiene con mayor dificultad, como es que Ceuta no padece una fuerte crisis de inseguridad ciudadana, la Ceuta real, la que comenta todos los días el miedo que ya padecen muchos padres a que sus hijos vayan solos a primeras horas de la noche, la que se escandaliza por el atraco o el robo nuestro de cada día, la que se espanta cuando en la puerta de su casa ve como han quemado un vehículo o un contenedor, la Ceuta que no obedece ninguna consigna política, ni que alienta animadversión hacia nadie. Pero los instigadores de la Ceuta oficial, que defienden y vuelven a defender las estadísticas que muestran un descenso en el número de delitos y de faltas, están haciendo un flaco favor a esta tierra por mantener, no sabemos si por alguna extraña razón, el trasero bien pegado al sillón oficial. Lo idea sería reconocer el problema, porque es el primer paso hacia la solución del conflicto que padecemos. Todo lo demás, es decir, esconder la cabeza como el avestruz en un boquete es un signo de alargar este sinvivir diario que al final no padecen los políticos, porque ellos llevan escoltas, pero sí los ciudadanos de a pie. Al final, todos se quejarán por no haber sido capaces de entender las peticiones claras y rotundas de unos personas que tienen derechos.
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