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Ko Larn, la isla perdida

“Es una isla pequeña pero de cuestas muy pronunciadas y, dadas las distancias entre las playas y mi alojamiento a la ladera de una montaña, se hacía necesario el alquiler de moto”

Cuando viajamos tendemos a ir a los lugares conocidos que hemos visto por televisión, por fotografías, planes de viaje de una agencia o por recomendaciones de alguien cercano. Es la forma de viajar a la que estamos acostumbrados, “viajes confort”, una apuesta segura que no nos decepcione. El hándicap es que hacemos el viaje que otros hicieron antes, nada nuevo, extraordinario o que se salga de lo común.

La mejor forma de salir de ese bucle es investigar fuera de las fuentes ordinarias y ganaros la confianza de un nativo del país que visitéis. Ko Larn llegó a mis oídos por digamos…no escuchar cantos de sirenas. Unas indicaciones en un papel y al día siguiente ya estaba en camino. Al sur de Bangkok se encuentra Pattaya, una ciudad hermanada a la capital tailandesa en cuanto a fiesta y turismo sexual se refiere, duerme de día y despierta de noche. No gasté un minuto en conocerla, directo al pequeño puerto desde donde embarqué en un pequeño y destartalado barco que me llevó en poco más de una hora a mi destino: un pequeño embarcadero de una playa de la pequeña isla Ko Larn.

Es una isla pequeña pero de cuestas muy pronunciadas y dadas las distancias entre las playas y mi alojamiento a la ladera de una montaña se hacía necesario el alquiler de una moto. Al recorrer la isla te das cuenta de la diferencia del bullicio de Bangkok respecto a las vacías pistas de arena y estrechas carreteras de Ko Larn. El calor y la humedad está presente en todo momento y ni siquiera la engañosa brisa que genera la velocidad logra mitigarla.

Recorro la isla de norte a sur y de oeste a este, sin prisas, saboreando cada rincón, bañándome en sus playas de aguas templadas y desviándome del camino con la sana intención de perderme un poco y descubrir nuevos olores entre la vegetación que no haya experimentado antes.

Al este de la isla se encuentra el único pueblo existente, pequeñas casas, algunos comercios y tiendas de suvenir, locales con pretensiones de restaurantes, puestos de ventas de frutas por doquier y todo bien recogido en algo más de un centenar de metros. El pueblo Ko Larn está atravesado por tres caminos asfaltados hace tiempo, no necesita más. A pesar de lo poco que ofrece le sobra encanto. La sencillez en el día a día de sus habitantes, la paz que se respira en sus pequeños rincones, la casi inexistencia de tráfico y sus vacías playas era justo lo que yo andaba buscando después de su tumultuosa y caótica capital.

Cuando la tarde va cayendo, antes de que anochezca, empieza la vida en la pequeña plaza del pueblo, cerca del embarcadero de Na Baan. Decenas de puestos de comida se amontonan ordenadamente, desde el centro hacia afuera de la arenosa plaza, dejando pasillos holgados por donde los clientes puedan pasar. Los olores de varios tipos de pescados, calamares y langostas se mezclan con las brochetas de pollo, el arroz con piña y los dispares tipos de sopa que se calientan en los hornillos. Los nativos van apareciendo en motos, bicicletas o andando, vienen en grupos, en parejas o solos. La plaza se va llenando de vida, como una fiesta de un grupo selecto de invitados. Paseo entre los puestos probando aquí y allá pescados que no conozco, una sopa especiada de sabor delicioso, brochetas de choco y, cómo no, mi adicción del sudeste asiático: la fruta dragón.

La gente charla y ríe animadamente, las parejas comen juntos en mesas pequeñas de plástico, los vendedores cocinan con pericia, la noche ya cayó y yo, comiendo apartado, observo encantado y extrañado por ser el único extranjero en la plaza.

Ya de recogida, poco antes de llegar a mi hostal, oigo música en vivo que llega desde un local construido en madera de forma rudimentaria. Aparco la moto, entro y el ambiente me hechiza: mesas rusticas de madera con gente bebiendo, collares colgados, mascaras de rituales en las paredes y dos chicos tocando un viejo tema de Jimmy Cliff en un hueco del local. Una cerveza, buena música y un mañana por inventar. No necesito más.

Ko Larn es un tesoro en el Golfo de Tailandia que se ha salvado del turismo gracias a la influencia que aún perdura en otras islas siamesas como Ko Samui o Ko Pha Ngan.

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