Categorías: Opinión

¿Qué se pierde?

Cuentan los policías viejos que antaño las relaciones entre agentes y vecinos eran buenas. Podía suceder el típico altercado pero los papeles estaban bien distribuidos: los delincuentes eran unos y los agentes eran los otros. No cabía hacer mezclas raras ni mucho menos provocar tanganas vecinales. De un tiempo a esta parte, no sé en qué momento del calendario nos hemos vuelto locos hasta el punto de romper todos los esquemas, mezclar todos los papeles y no saber qué le toca hacer a uno qué a otro. Ha habido un momento en el que la relación se ha roto y quienes debían haberse dado cuenta optaron por mirar hacia otro lado dejando que los policías fueran cada vez más odiados por los vecinos. Cada año la situación se agrava, los apedreamientos aumentan y las intervenciones que terminan con barriadas enteras en la calle y policías escapando del lugar son más comunes. ¿Qué se ha perdido?, ¿dónde hemos fallado sin pararnos a poner remedio para frenar una escalada de violencia que a nada conduce? Estaríamos pensando en otras cosas porque nadie tiene la respuesta, sencillamente hemos dejado pasar el tiempo y cada uno ha puesto su grano de arena para que la situación empeore. Seguro que detrás de cada intervención que termina de esta forma no hay ni policías tan malos y odiosos de la muerte ni vecinos tan criminales que se comen vivos a todo lo que represente el orden. Lo que no podemos permitir es que los papeles no se respeten y ya ni un policía se pueda atrever a entrar en una barriada y llamar la atención a quien está cometiendo una ilegalidad. Como tampoco que un funcionario de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad no sepa tener la mínima formación para saber tratar con el respeto adecuado al ciudadano que tiene delante, sea del barrio que sea.
Hemos llegado a un punto peligroso, a una situación de violencia que cada vez va a más. El que no quiera verlo es un inconsciente. Lo que no entiendo es cómo a nivel institucional no se convoca de manera urgente a las partes implicadas y se les fuerza a reconducir la situación sin necesidad de publicitar lo que políticamente es una obligación no una campaña electoral. Los partidos han jugado ya demasiado con los votos,  con las operaciones orquestadas para salvar su culo (como la mítica Guadiana o el paripé hecho antes de las elecciones generales para blindar el barrio), con decisiones inapropiadas en las que seguridad y oportunismo se mezclan demasiado.
En estas historias perdemos todos, no es algo propio de un barrio, de un Cuerpo, de unos sectores. Si aceptamos, sencillamente, que hay un problema, puede que tengamos algo de suerte y busquemos las soluciones. Así, de momento, nos estamos estrellando.

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