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El desastre que cambió la percepción del adversario y el modo de hacer la guerra

Como es sabido, entre julio y agosto de 1921, se produjo uno de los episodios más aciagos de la Historia Contemporánea de España y la mayor derrota colonial de una potencia europea en territorio africano, en la que sobraría sacar a relucir la imprevisión militar, el exceso de confianza y una retirada caótica que acabaría convirtiéndose en una desbandada presa del pánico que facilitaría la masacre de las tropas españolas por las huestes rifeñas.

Obviamente, esta hecatombe significó un impacto devastador para la sociedad española y para el régimen de la Restauración una crisis política sin precedentes, que a criterio de estudiosos de las campañas hispano-marroquíes, de ningún modo se rehízo del monumental golpe digerido.

Pese a que pueda parecer incoherente, el Desastre de Annual (22-VII-1921/9-VIII-1921), fortaleció la mentalidad de aquellos hombres que defendían su presencia en África con intenciones contrahechas, por cuestiones de ascenso y una concepción peculiar dentro del Ejército. Aunque era incuestionable, que en los integrantes del Ejército de África o Fuerzas Militares de Marruecos, recaía buena parte de la responsabilidad del caos desatado. Si bien, su aportación en la dificultosa recuperación del terreno extraviado, permitió que aumentaran las simpatías de unas gentes que al otro lado del Estrecho no comprendían la valía de su sacrificio y menos aún, entre políticos sumidos en la inacción. En tanto, rondaba la impresión de que la milicia desplegada en el tinglado marroquí, podría ser la futura benefactora de una madre patria en pleno declive.

Como quiera que sea, este suceso doloroso y punzante con el eufemismo de pacificación, alteró el mecanismo subjetivo de ver al contrincante y la manera de hacer la guerra, aunque no se puede sacar a colación una nueva hechura del moro, ya que sobradamente se juzgaba sanguinario y traicionero y cuyas acciones violentas en campaña eran señaladas en repetidas ocasiones. Como tampoco de otro diseño de hacer la guerra, porque las evidencias constatadas captan una rudeza extrema aplicada por el Ejército español con anterioridad al Desastre.

Aun así, el hambre y apetencia descomedida de resarcimiento, hizo que se popularizasen un rosario de recursos irracionales contra el moro, como decapitaciones, mutilaciones o torturas, que con el transcurrir de los trechos y siendo tildados de degradantes por la clase política y el sector público, constituyó un aguijón en las mentes y corazones de los individuos más militaristas, cuyos ideales seguían siendo los mismos antes y después de Annual. Lo que ayudó a explayar la inercia deformada de la violencia.

A este tenor, resulta significativa una conversación telegráfica fechada en el año 1912, una modalidad de comunicación del que habría que puntualizar ser considerablemente abreviada, identificada por frases fugaces, exclusión de artículos, preposiciones y nexos y en definitiva, reducción extrema de palabras, pero que en este caso concreto no tiene desperdicio alguno por su contenido escrito, entre el Alto Comisario de España en Marruecos, Felipe Alfau Mendoza (1848-1937) y Agustín de Luque y Coca (1850-1937), Ministro de la Guerra, en la que el primero indica literalmente que “es de gran conveniencia el decapitar a los moros por el efecto moral que produce en las masas, pero no conviene que se diga que nosotros lo consentimos”. A lo que el General de División de Luque contestó al pie de la letra, “a mí me parece todo el rigor poco, así que podéis decapitar todos los moros que podáis, pero nuestra civilización no nos permite hacerlo público, así que puedes decírmelo a mí, que en este punto disfrazaré la verdad”. Lo cierto es que acto seguido del Desastre de Annual y del hallazgo de miles de cuerpos en la posición de Monte Arruit, las imágenes de la debacle sacudieron las conciencias.

En un abrir y cerrar de ojos, era incesante contemplar a políticos interpelando abiertamente que se empleasen sin complejos armas químicas contra las fuerzas tribales rifeñas. Tampoco deben segar el juicio las ideas preconcebidas y el prejuicio, porque los rotativos de la época demandaban administrar la “ley del talión”, un antiguo principio jurídico de justicia retributiva que establece un castigo proporcional al crimen cometido, popularmente conocido como “ojo por ojo, diente por diente”, limitando la venganza desmedida e imponiendo reciprocidad, para a la postre, engrandecer las heroicidades más tortuosas del ejército colonial.

En la misma línea, fijémonos en el periódico presumiblemente más liberal del momento, evolucionando hasta situarse como republicano de izquierdas, como lo atestigua la editorial Heraldo de Madrid (23/XIII/1921), en lo que concierne a no limitar el empleo de ningún tipo de armas en Marruecos. Decía fielmente y palabra por palabra: “Aeroplanos y gases asfixiantes y tubos lanzaminas y cuantos medios ofensivos ha inventado la ciencia para destruir al enemigo y atemorizarlo. Y no se hable de crueldades excesivas. En la guerra no hay nada excesivo. La crueldad, la brutalidad están en la guerra misma; pero aceptado el hecho violento de la guerra, hay que aceptarlo con todas sus consecuencias”.

“¡Qué más se puede reivindicar de esta caja negra de la memoria viva de España, por más que sus secuelas ya crónicas, lleguen hasta nuestros días!”

No cabe duda, que para las Fuerzas Coloniales esta justificación embardunada de legitimación de la violencia extrema, invertía drásticamente el enfoque del momento. Con lo cual, afloran alegatos en los que la salvaguardia del orgullo patrio iban asidos de la mano con la demonización del moro. Pero antes, es preciso realizar una vista panorámica de lo que fríamente se generaba tanto en la Península como en el septentrión marroquí. Inicialmente, la recalada en el Protectorado estuvo determinada por el agitado contexto político-social de la Restauración (29-XII-1874/14-IV-1931). La enorme cantidad de muertes en las campañas anteriores al Desastre, un sistema de enganche caprichoso que favorecía a las clases más acomodadas y la cuantía disparatada del despliegue militar, moldearon en el país una opinión pública opuesta a la intervención.

En estas circunstancias nada halagüeñas, las líneas maestras difundidas por el nivel político-estratégico exigían que se cristalizase la denominada estrategia de ‘penetración pacífica’, que sondeando impedir el mínimo de bajas, se enfocaba en lograr la sumisión de las cabilas por pactos. Lo que a pedir de boca por parte de los contemporáneos vino en llamarse ‘acción política’. Y en paralelo, la utilización de las fuerzas militares debía quedar en un segundo plano y valer únicamente como apoyo a las tentativas de encandilar políticamente a las cabilas hacia la razón de ser del Protectorado. Más adelante, esta fórmula demostró su peso.

En este aspecto, ha de subrayarse que desde el nombramiento de Manuel Fernández Silvestre (1871-1921) como Comandante General de Melilla (1920-1921) y, posteriormente, Comandante en Jefe del Ejército de Operaciones de la Comandancia de Melilla, se había ganado multiplicar el espacio geográfico bajo control del Protectorado y mediante compromisos tácitos con las diversas cabilas y lo más llamativo, sin apenas bajas.

Ante estas auras de bonanza y al igual que lo desarrollaba el ejército francés en sus colonias, con el propósito de acortar la cifra de defunciones entre los soldados, se introdujeron las Fuerzas Indígenas constituidas por tropas nativas y mandos españoles. De manera concisa, he de apuntar que estas unidades llevaron la batuta de las operaciones desde la puesta en escena del Protectorado hasta el Desastre de Annual. Por ir directamente al grano, los Grupos de Regulares y básicamente, las unidades de Policía Indígena. Y dado el fin para lo que estas fuerzas se instituyeron, las destrezas que proporcionaron fueron distintas.

Primero, los Grupos de Regulares se perfilaron como unidades de lucha directa a efectos de explotarlas como fuerzas de choque. Con ello, se pretendía aparejar suficiente capacidad ofensiva para hacer frente a las harcas insurrectas, contrarrestando o llegado el caso, aniquilando los núcleos de resistencia armada.

Y segundo, las fuerzas auxiliares de Policía Indígena se forjaron como unidades de retaguardia, asentándose en destacamentos junto a las cabilas más relevantes, con el fin de inspeccionar el área geográfica y el conjunto poblacional que se aglutinaba al Protectorado. Al mismo tiempo, por ser unidades de vínculo directo o cercanía con los indígenas, se les encomendó la tarea de cristalizar la política de pactos, siendo las encargadas de negociar con los cabecillas tribales.

No ha de soslayarse, que efectuaron misiones de obtención de información, especialmente a través del rendimiento de fuentes humanas, tratando de anticiparse a los movimientos de los grupos armados y así presumir los conatos potenciales de las cabilas que prácticamente se hallaban en pie de guerra. Entre sus demandas, ha de subrayarse la necesidad de contar con dotación nativa con la que sostener convenientemente sus filas. Justamente, en este menester de incorporar activos autóctonos, surgían dos dilemas. Me refiero a los inconvenientes derivados del proceso de captación y las sospechas sobre su lealtad.

Ha de tenerse en cuenta, que la exigua población relativa en la zona española del Protectorado y los irrisorios haberes que recibían, entorpecieron sus funciones. Por lo que los elementos humanos de estas unidades se encontraban con asiduidad por debajo de su plantilla en cuanto a efectivos. A su vez y este es un matiz destacado por su alcance, aunque se nutrían con soldados rifeños, estas unidades fueron distinguidas por algunas parcelas autóctonas como fuerzas españolas y no marroquíes. Por lo que sus componentes recibieron a más no poder, todo tipo de coacciones que perseguían su abandono o la deslealtad a sus mandos.

Partiendo de la base que la división tradicional político-tribal que concedía a las cabilas cuotas de autonomía, la adhesión al territorio y la competitividad implacable por los recursos condicionados, reprodujeron en el Rif una colectividad siempre agresiva y obstinada donde cada cabila organizaba su milicia (harca).

Además, las colisiones entre las cabilas y el Gobierno del Sultán estaban al orden del día, como igualmente acontecía con las rivalidades habidas entre las tribus, orquestadas en un enrevesado juego de alianzas quebradizas fingiendo sumisión al poder militar. En este tablero de arrebato, viveza y fogosidad latente en la espina dorsal del Rif, y es aquí donde quería llegar, España habría de incrustar su régimen de Protectorado, en un conflicto que en los tiempos actuales encajaríamos dentro de la guerra de contrainsurgencia.

Por lo demás, el brío y la tenacidad de una cabila se aquilataba por la entidad de la harca que estaba en condiciones de armar a sus hombres. Hasta el punto, que cada sujeto era un guerrillero movilizado y desmovilizado, previo acuerdo de su órgano de gobierno (yemaa), integrado por los cabezas de familia en calidad de líder o jefe y administrado por el derecho consuetudinario musulmán, donde se ponía en común las determinaciones de calibre que atañían a la comunidad.

Las actuaciones de las harcas se ceñían exclusivamente a las divisorias de sus espacios de dominio. Lo que les confería un conocimiento absoluto de la superficie y de la urbe local, entre la que se encubrían y de la que obtenían apoyo incontestable. Un multiplicador galopante acrecentado por las pesquisas sobre los planes y capacidades de las fuerzas españolas, extraído de filtraciones de los soldados nativos alistados entre sus filas. Dejando claro, que eran extraordinarios combatientes, acérrimos e infatigables y que empuñaban magistralmente las astucias de la guerra irregular.

Un marco peliagudo y sobrepasando lo inextricable, donde las harcas declaradas en rebelión contra el Protectorado, como aquellas que persistían indiferentes en cabilas consideradas neutrales o aliadas, se totalizaron en los principales agentes desestabilizadores de la zona. Y dentro de su influencia geofísica contaban con íntegra capacidad para impedir la libertad de acción de sus tropas, como de obstaculizar las actividades de gobierno y frustrar cualquier ejecución de obras y trabajos en favor de la mejora y el progreso.

Desde sus preámbulos, la Restinga, zona clave al Este de Melilla, en la lengua de tierra de la albufera de Mar Chica, era un foco de comercialización de contrabando de armas; el Rif Central y subsiguientemente, la Bahía de Alhucemas, se constituyeron en el centro de gravedad del Protectorado, controlado por la ofensiva cabila de Beni Urriaguel que difundía su influjo sobre el resto y donde el líder carismático del movimiento anticolonial, Abd el-Krim (1882-1963), contaba con numerosos acólitos y más tarde, tendría la capacidad de organizar un proto ejército armado hasta los dientes.

A resultas de todo ello, tras Annual, se desencadenó una sacudida militar, social y política que en la escala sismológica de Richter apuntaría en la magnitud de 8,0-8,9 (catastrófico), con una dureza inhumana en el campo de batalla y el umbral encaramado en el desquite. Mientras, se diseminaba el reporte que las cabilas acometían las posiciones aisladas (blocaos) y que dentro de las filas españolas se generaban deserciones para sumarse al adversario. La sensación de que Melilla sucumbiera en cualquier santiamén, hizo que los fantasmas del miedo se generalizaran.

De manera instantánea y digamos que impulsiva, el 23/VII/1921, el Telegrama del Rif publicaba en su editorial el titular emblemático: “Dolor, pero a su lado la esperanza”, con el que el pasaje aseguraba que España estaba predisponiendo el envío imperioso de tropas y contingentes para arrimar el hombro y socorrer a los soldados que combatían en el frente.

La nota escrita enfatizaba que aunque el dolor unido al sentimiento, por las noticias que llegaban eran inmenso, la esperanza debía servir de lenitivo (alivio) ante la tragedia: “España no olvida a sus hijos. Tenemos noticias según las cuales se prepara el embarque de contingentes que vendrán a reforzar a los que en estas tierras africanas dan su sangre a la patria”. Además, indicaba con pelos y señales el rival a extirpar: “La traición de indígenas que dijeron ser grata nuestra presencia en sus territorios […] ha llevado el quebranto a una acción […]”.

Ni que decir tiene que la quiebra de Nador y Zeluán y días después, Monte Arruit, describieron tanto el ostracismo como el destierro de Melilla, último bastión fundamental de la demarcación que quedaba en manos españolas.

Las tropas referidas por el Telegrama del Rif comenzaron a hacer acto de presencia y en pocas jornadas, el grueso militar retornaba a los guarismos de tiempos pasados. Abierto un compás de espera y antes de lo sospechado, se pusieron en marcha diversas acciones para recuperar el territorio perdido, pero no las vidas humanas que tanto dolor y consternación perduraría en el tiempo.

A diestro y siniestro, fue muchísimo más largo de lo que nadie podía imaginar. Era un hecho confirmado: ningún ejército europeo en la época del imperialismo en que el liberalismo evolucionaba hacia su insólito exterminio conforme atrapaba su punto de brillo, había sufrido una calamidad militar de este calado como el revés de Annual.

Es necesario volver la vista atrás en la que el Gobierno conservador con el contrafuerte de Alfonso XIII (1886-1941), suscitó una empresa que apremiaba la ocupación del Protectorado: el hombre designado recaería en la persona de Silvestre, embalado a una campaña resuelta desde Melilla hacia Alhucemas.

En resumidas cuentas, se quedó a medio camino antes de completarse: apartado en el campamento de Annual y sitiado por miles de aguerridos rifeños levantados en armas contra el dominio colonial.

Sin duda, Silvestre era el promotor de un aparatoso y desacertado avance desde Melilla hasta Annual, a lo largo de la carretera que surcaba por Nador-Monte Arruit, Titsuin-Batel, Dar Drius-Ben Tieb y Annual. Recorrido dramático que habría de circular de regreso de manera comprometida castigados por la fragosidad del terreno. Así, tras reconquistarse Nador y Zeluán, el 10/X/1921, una operación en la que participaron decenas de miles de individuos dispuestos en varias brigadas y dos columnas independientes, se tomó la cresta del monte Gurugú.

Ahora, el bloqueo se quebraba y con ello se espantaban un sinfín de recelos, sobresaltos y amenazas y sobresalía otro de los renglones torcidos: la campaña de la reparación. El objetivo era clarividente: limpiar la imagen del ejército tras una de sus peores derrotas.

Si hasta aquel momento las narraciones de la guerra de Marruecos pasaban inadvertidas, frente a eventualidades más ineludibles, a partir de aquella coyuntura se convirtieron en el tema estrella.

Pero el retrato indiscutible del Desastre de Annual del que ya era subrayado ‘annus horribilis’, se hizo perceptible el 24/X/1921, cuando dos meses más tarde las Fuerzas Militares de Marruecos restablecieron la posición de Monte Arruit y localizaron un escenario dantesco: miles de restos insepultos en estado de descomposición y con cuantiosas muestras de ser despiadadamente torturados.

Es así como lo glosa de puño y letra el escritor Enrique Meneses Puertas (1929-2013), en su obra titulada “La cruz de Monte Arruit” publicada en 1922 por la editorial Ediciones del Viento, describiendo cuando desde Francia rodeado de un círculo social ostentoso, toma la determinación de enrolarse y con ello desquitarse la escabechina padecida por las tropas españolas, donde fueron masacrados por la horda de turbantes y el autor de la citada obra resultaría gravemente herido.

“Annual es una lección sobre los impactos causales y detonantes de la improvisación militar, junto a la soberbia estratégica y la desconexión entre la política de estado y la realidad sobre el terreno”

Meneses, expone textualmente en su libro: “Los soldados caminaban entre los cadáveres con un pañuelo en la nariz para no respirar aquel ambiente macabro. Cuerpos putrefactos, cuerpos mutilados, cuerpos carbonizados. Algunos muertos mostraban actitudes trágicas (las mandíbulas contraídas, las manos apoyadas en las calaveras, el espanto de las últimas miradas en los agujeros oscuros de los ojos). Al llegar la noche, obligado a dormir a suelo raso, en medio de un olor insoportable, a Meneses le parecía que los cadáveres querían levantarse y elevar sus voces, sus puños amenazadores, iracundos, para acusar a los que no acudieron en su socorro, a los generales incompetentes, a los políticos incapaces, para maldecir a la patria ingrata”.

Hasta entonces, habían sido ocho inacabables días hallando a su paso posiciones desamparadas a su suerte y en un camino serpentino de salida encajonado, hasta transitar los sesenta kilómetros que divorciaban Annual del fuerte de Monte Arruit, donde se produjo el asedio (24-VII-1921/9-VIII-1921) y la columna de supervivientes conducida por el Regimiento de Caballería Cazadores de Alcántara N.º 14 se cobijó.

Pero con anterioridad a la épica carga del cauce seco del río Igan, estos hombres preservarían indemne el honor de las armas españolas de la desdicha más infernal, al convertirse en la única unidad que tuvo capacidad de respuesta a partir de la caída de Igueriben (17-21/VII/1921), posición contigua a la de Annual y prólogo de la intensiva arremetida bereber.

Si la situación era trágica de por sí, se agravó todavía más.

Instantáneamente, Silvestre intuyó que estaba acordonado en proporción de uno a cuatro hombres. Cuando ya era demasiado tarde, trató de salvar que le amputasen el repliegue circunstancial por la carrera de Annual a Melilla. Y por si fueran pocos los infortunios, las unidades de Regulares de Policía Indígena, supuestamente leales que preservaban posiciones cruciales para apuntalar el campamento de Annual, se sublevaron y pasaron del lado de sus compatriotas.

En pocas horas, el retroceso táctico se erigió en franca retirada y en seguida en desconcierto colectivo, amilanados por la hondonada que residía de una sucesión de desfiladeros y depresiones que resultaban desde lo alto, intentando repeler las persistentes embestidas rifeñas.

El efecto dominó de Annual no podía ser otro: tras cundir la alarma y perderse todo rastro de jerarquía militar, en milésimas de segundos se provocó una carrera despavorida en confuso tropel y desorganización.

En consecuencia, si Annual reveló lo absurdo y corrupto que encerraba una guerra improductiva, supuso un encontronazo brutal hasta sacar a la palestra las graves deficiencias estructurales de España que llegó tan arriba y estuvo a punto de salpicar al trono, que acabaría transformándose en un catalizador explosivo ante la inestabilidad política y el deseo de acabar con sus traumas, para finalmente allanar el camino al golpe de Estado que estaría por llegar.

Y no era para menos, porque evidenció a la vista del mundo la ineficacia de la Restauración borbónica y llevó al límite la legitimidad de Alfonso XIII, agudizando la crisis política.

Por último, Annual es una lección sobre los impactos causales y detonantes de la improvisación militar, junto a la soberbia estratégica y la desconexión entre la política de estado y la realidad sobre el terreno. ¡Qué más se puede reivindicar de esta caja negra de la memoria viva de España, entrelazada con muchas otras tantas en lo retrospectivo del tiempo y que solo ha sido abierta tímidamente, por más que sus secuelas ya crónicas, lleguen hasta nuestros días!

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