He venido publicando, recurrentemente, una serie de artículos en las páginas económicas de este diario y algún trabajo más en otro foro, todos ellos referidos a la crisis económica desde diversas perspectivas.
Hoy, creo que está todo dicho y entre la generalidad de los economistas libres e independientes, entre los que modestamente me encuadro, existe unanimidad tanto en la definición como en el tratamiento de la gestión actual, obligada para salir de ella de manera equilibrada y estable.
Bajo esta circunstancia, pretendo ahora dedicar este trabajo a contemplar las consecuencias de la crisis desde el punto de vista de sus repercusiones sociales. Me estimula a ello el desasosiego creciente, bastante generalizados, en parte por lógicas razones existenciales, además de por el esfuerzo que se nos exige a todos y que muchos sufren en mayor o menor medida en función de su situación económica y social. Este desasosiego deriva en crispación social cuando se acentúa la carga del inadecuado tratamiento mediático que un buen número de medios ofrecen a la opinión pública. Esta presión está derivando también hacia un escepticismo de quienes no creen –o no quieren creer- en el buen fin del esfuerzo que todos estamos realizando.
Es insoportable el índice de paro que sufrimos, se trata de la mayor y más injusta lacra social en una sociedad moderna y desarrollada, por lo que se exige una solución definitiva, toda vez que, además, no es nada nuevo en nuestro país donde se incrementa en tasas insostenibles cada vez que aparece una nueva crisis y esto viene ocurriendo a lo largo de nuestra historia y en el mejor de los casos, en las épocas de mayor bonanza económica, los índices tampoco son aceptables. El paro en España es endémico.
Este fenómeno denuncia las deficiencias de una estructura tradicionalmente desequilibrada, incapaz de absorber, aun en el mejor de los casos, la mano de obra que ofrece nuestra población activa. Tal sistemática injusticia social, que data de siempre, obliga a plantear ya una solución definitiva mediante el más ambicioso plan de transformación, no sólo de los sectores que soportan nuestra estructura económica, si no también de nuestro del sistema institucional.
Queremos entender que se intenta, desde hace unos meses, acometer esta aventura, no sin antes adoptar una serie de medidas urgentes que nos permitan salir de este “impass” y a partir de ahí, escalonar otra serie de ellas, que ordenadas a medio y largo plazo, vayan transformando, definitivamente, toda esa serie de reformas absolutamente necesarias para actualizar y modernizar nuestro Estado.
España es un país importante en el ámbito de la Comunidad Europea y en el mundo, dispone de un elevado potencial de crecimiento y progreso. Progresar es avanzar hacia un fin determinado, fin que existe y es posible dada nuestra calidad como seres humanos. El progreso depende de nosotros, de todos nosotros, de nuestro esfuerzo, de la claridad con que representemos nuestros fines y del realismo de nuestras decisiones.
Bajo tales supuestos, la gestión de una política reformadora apuntará en una dirección correcta que, con orden y tiempo, logrará alcanzar la solución definitiva que requiere la transformación de nuestra estructura institucional.
Con visión de estado, no es lo más importante quien manda si no cómo se manda. Pero a quien corresponda, en cada momento, realizar tan transcendente maniobra será responsable del futuro histórico, pues el futuro no existe está abierto y se puede influir sobre él, de ahí la carga de la gran responsabilidad moral de mejorarlo No tendrá alternativa por que tampoco será receptor de ideas u otros proyectos alternativos. No los hay. (Lamentablemente sólo se reciben hoy insinuaciones de las que se deduce la imposibilidad de aceptar la intención que las envuelven, nunca claras o responsables, cuando no espúreas, pero que en todo caso supondrían una vuelta atrás en dirección a una situación indeseable, - a la “carretera de Grecia”-). Decía Heráclito que “la mayor recompensa es la que sólo puede brindar la posteridad” y Bertrand Russell que “el gran problema de nuestra época es que nos hemos desarrollado intelectualmente demasiado deprisa y moralmente demasiado despacio”. Importante es lo primero, pero siempre que seamos capaces de atemperar lo segundo
Contamos con las condiciones necesarias para alcanzar un país mejor: Primero, libertad política como condición previa de nuestra responsabilidad personal para avanzar, paso a paso, hacia un mundo mejor que tiene que estar moralmente dirigido por el valor fundamental de la libertad y la democracia, que con todos sus inconvenientes “… es el peor de los sistemas de gobierno siempre que excluyamos todos los demás sistemas de gobierno” (Churchill) o bien “… prefiero la vida pobre en una democracia a la riqueza bajo una tiranía” (Demócrito).
También contamos con un gran patrimonio histórico y cultural. Uno y otro acumulados desde nuestro territorio, por hombres de todas las regiones, provincias y pueblos, es decir desde todas nuestras tierras, Son por tanto valores comunes de nuestro Estado. No existe ni una historia ni una cultura gallega o extremeña, andaluza o catalana, canaria o vasca etc. Contamos con una nación plural y un patrimonio histórico y cultural constitucionalmente indivisible: España.
Contamos con un importante asiento en la Comunidad Europea, en el proyecto europeo, y contemplada nuestra situación desde el punto de vista histórico, nuestra sociedad abierta es la mejor y más justa sociedad que haya habido hasta hoy y que pese a sus muchas deficiencias es la mejor que haya existido a lo largo de la historia. No escogimos la libertad política por capricho, la escogimos por que hace posible la única forma de convivencia entre los individuos digna de un ser humano, la única en la que podemos ser responsables de nosotros mismos y la misma, en definitiva, que desde la Revolución Industrial hasta hoy nos ha traído un nivel de progreso, impensable dos siglos atrás, y ello gracias al más ingenioso de los sistemas que el hombre ha inventado para crear y reproducir la riqueza, me refiero al capitalismo en una sociedad liberal.
Me permito poner estas líneas a disposición de los que por unas u otras razones sufren el desánimo o la desconfianza e incluso la crispación; de los responsables que antes o después tendrán que dar cuenta de su mala fe; de quienes desde la organización mediática tanto han contribuido a ello y a quienes dedico el párrafo que sigue, de uno de los más relevantes pensadores de la modernidad, Karl Popper:
“…desgraciadamente son los periodistas… quienes buscan sensacionalismo, cuando ya tenemos sensaciones…” y “…Afortunadamente, la verdad puede comprobarse fácilmente: la verdad de que vivimos en Occidente, en el mejor de los mundos que nunca ha existido… Tenemos que llevar a los medios de comunicación a que vean y digan la verdad. Y también tenemos que llevarlos a que vean sus propios peligros y a que todas las instituciones saludables, desarrollen la autocrítica y se pongan en guardia a sí mismos. Se trata de una nueva tarea para ellos. Son grandes los daños que provocan en el presente. Sin su cooperación es prácticamente imposible permanecer optimistas”








