He dejado un margen de tiempo para opinar sobre esa cascada de insultos que tuvo que leer Fatima Hamed. Insultos recogidos de comentarios en redes sociales contra su persona. Y he dejado pasar el tiempo porque quería calibrar qué pensaba el personal sobre esas auténticas barbaridades, si condenaba que a una ciudadana se le diga que la van a catapultar a Marruecos o si cuestionaba como uno es capaz de preguntarle cuándo le toca la ablación.
Pero lejos de encontrar una opinión unánime ante tanta salvajada, una opinión condenatoria, parece que se ha echado aún más leña al fuego, aumentando la carga de los insultos y menosprecios.
Ojo, que la protagonista es Fati porque ella mismo ha trasladado esta situación al pleno, pero esa tónica se ha extendido a cualquiera.
Prácticamente nadie se salva de un machaque continuado en redes sociales, de un ascenso en el grado de los insultos, de una querencia por desear el mal al personal. Y toda esa oleada de insultos y desprecios, lejos de frenarse aumenta.
No se trata de Fati se trata de todos, no se trata de que a ella le insulten sino que lo hacen con todos. No hay límite. Facebook es capaz de capar un imagen de una madre dando el pecho a su hijo o de un dibujo animado en cueros, pero da rienda suelta, cobijo y calor a quienes emplean perfiles falsos no para criticar con fundamento, sino para insultar sin límites.
Ese es el nivel, ese es el espejo que se muestra a generaciones que han nacido con esto y que no deben considerarlo normal porque no lo es.






