A unas pocas horas en tren desde Tokio está Aizu Wakamatsu, una pequeña ciudad de valor histórico que quería visitar, no solo por su historia, también porque tiene un recorrido en tren de dos horas hasta el pueblo de Aizu Kawaguchi con unas vistas espectaculares de las montañas bordeando el rio Tadami y la curiosidad me pudo. Aizu Wakamatsu tiene un castillo que fue de vital importancia para el shogunato Tokugawa que luchaban contra las fuerzas imperiales que querían restaurar el poder del emperador.
Según cuenta la leyenda, el clan Aizu tenía una unidad de luchadores de dieciséis años llamados Byakkotai. Durante la guerra Boshin el damyo del clan Aizu mandó a los Byakkotai a lo alto de una montaña cercana donde se dominaba el castillo con misión de observación, alejándolos así de la batalla, durante la refriega salieron varios focos de humo, al ver los jóvenes que salía humo y creer que la batalla estaba perdida se fueron a la colina Limori y se suicidaron con seppuku. El castillo finalmente resistió pero el sacrificio ya estaba hecho. Hoy en dia se les recuerda como un acto de lealtad extrema y honor.
Subí al tren que me llevaría, a través de las montañas, a Aizu Kawaguchi. El tren traqueteaba lentamente en suaves subidas y bajadas, era un tren antiguo y con encanto. Las vistas que me regalaba de las montañas de Fukushima eran sorprendentes, pensé que en invierno, cubierto todo de nieve, debían verse aun más hermosas.
El movimiento constante del tren ponía a prueba mis riñones pero merecía la pena, disfrutaba a cada recodo de la via, me dejaba sin palabras, hubo muchas fotos que se perdieron en mi retina porque no podía dejar de mirar, logré sacar algunas que comparto con vosotros pero no les hace justicia. Desee ser un gran fotógrafo para acercarme a lo que describo.
La estación de Aizu Kawaguchi es casi un apeadero. Anduve entre los arboles intentando imaginar que no pocas cosas fueron testigo aquellos gigantes de hojas perennes. Descansé junto a uno de ellos en lo alto de la colina. El aire era puro con un aroma a hojas secas, tierra y algo que no logre identificar pero que estaba en armonía con el aroma con que se mezclaba. La brisa movia las hojas en lo alto y formaba pequeños remolinos en el suelo, me sentía en simbiosis con todo lo que me rodeaba pero también sentía que sobraba allí, como si fuera algo fuera de lugar. Despacio, como si no quisiera hacerme notar, me levanté y me fui bajando la colina hacia el tren, que estuve a punto de perder.
En Aizu Wakamatsu no encontré alojamiento para esa noche, así que tomé un tren para Inawashiro, un pueblo a orillas del lago del mismo nombre. Encontré alojamiento en casa de una familia que alquilaba dos habitaciones en la segunda planta de una pequeña casa. Mi anfitrión se llamaba Koji, un nombre bonito que me recordó a mi niñez, por Mazinger Z.
La habitación tenía paredes de papel de arroz, un cómodo tatami en el suelo y un confortable futón como cama. Koji preparó una cena bastante copiosa que regamos con un buen sake. La cena se alargó hasta medianoche, hablamos de Japón en la posguerra, me informó sobre la cultura de los samuráis, viejas historias de luchas de clanes, de Miyamoto Musashi y del gran escritor Eiji Yoshikawa, aunque éste escritor ya me había enganchado hace tiempo con Taiko. Cuando finalizó la velada sentí el efecto del sake al levantarme pero no quise que lo notara Koji para no molestarle, así que todo lo recto que pude me dirigí a la empinada y estrecha escalera de madera que bajaba al baño, bajé todos los escalones de una vez, golpeándome en casi todos los huesos, me sentí ridículo pero me levanté de golpe para no preocupar a Koji que me preguntaba desde lo alto de la escalera si estaba bien. Una ducha y a dormir.
Al dia siguiente Koji me tenía la sorpresa de un recorrido en bici hasta un santuario que había a las afueras del Inawashiro donde había, en mayo, cerezos en flor. Casi no podía creérmelo, el sakura ya había acabado. Después de un largo pedaleo en pendiente dejamos las bicicletas y seguimos el resto del empedrado camino entre los arboles hasta lo alto de la colina donde nos saludaba un torii blanco enorme como entrada al santuario. No había nadie cuando llegamos, el aroma a cerezo lo inundaba todo y allí estaban, casi irreales, los cerezos en flor escoltando las antiguas edificaciones del santuario. Fue un momento mágico que ni siquiera el frio matutino pudo romper.
Esos días en Fukushima, rodeado de montañas, árboles centenarios e historias de otra época hizo un hueco en mi memoria que difícilmente podré olvidar.
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