Opinión

Improbable… pero no imposible

La política africana de Marruecos ha adquirido en los últimos años una dimensión estructural que combina diplomacia, inversión y cooperación social. Esta estrategia ha reforzado su imagen como socio confiable, especialmente en África Occidental, donde se valora su cercanía cultural y la experiencia compartida frente a los efectos duraderos del colonialismo.

Lejos de reproducir los esquemas verticales de influencia que durante décadas estructuraron las relaciones entre África y Francia, Rabat ha promovido una cooperación basada en intereses recíprocos, tanto mediante acuerdos gubernamentales como a través de la expansión de empresas marroquíes en sectores clave del continente. Este cambio de enfoque coincide, sin embargo, con un progresivo debilitamiento de la presencia francesa en varios países africanos, lo que está reconfigurando los equilibrios tradicionales de poder y las antiguas redes de influencia.

La Copa Africana de Naciones estaba llamada a proyectar este nuevo clima de integración regional, mostrando a Marruecos como plataforma de encuentro continental. Los primeros indicios apuntaban en esa dirección, con una imagen de apertura y pluralidad africana, alejada de los reflejos de autoridad heredados de décadas de influencia francesa. No obstante, recientes episodios de tensión y controversia han puesto de relieve la persistencia de resistencias a este proceso de transformación y a la emergencia de nuevos actores regionales.

Más allá de la política, Marruecos se perfila como destino de inversión extranjera y como exportador de capital empresarial hacia el resto del continente, en una lógica de interdependencia económica. Este modelo se aproxima a las experiencias de desarrollo que en su día permitieron a varios países europeos combinar crecimiento interno y proyección exterior, y que hoy comienza a reproducirse en el eje Marruecos–África, sobre la base de asociaciones económicas y transferencia de capacidades.

En este contexto, resulta legítimo preguntarse si Francia mantiene algún grado de implicación, directa o indirecta, en las tensiones que acompañan este cambio de ciclo. La historia de las relaciones internacionales en la región muestra que las estrategias de fragmentación rara vez se reconocen en tiempo real y que sus efectos suelen comprenderse solo con el paso de los años, cuando el daño político ya está hecho.

Tal vez esta hipótesis parezca hoy improbable. Pero no necesariamente imposible.

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