Todo aquel que es capaz de hacer daño a un animal, abandonarlo, humillarlo o disfrutar con su sufrimiento no debería llamarse humano. Pueden parecerlo por fuera, pero por dentro carecen de la empatía que define verdaderamente a nuestra especie. La crueldad hacia los animales nos retrata como sociedad, y en pleno siglo XXI resulta inconcebible que aún haya quien defienda y aplauda espectáculos como las corridas de toros.
Los defensores de esta práctica, amparándose en una supuesta “tradición cultural”, ignoran deliberadamente el sufrimiento al que es sometido el toro desde que entra en la plaza hasta que muere. ¿Qué clase de persona se recrea viendo cómo se tortura, pincha, acosa y humilla a un ser vivo que no ha elegido estar allí? ¿Qué tipo de “afición” necesita ver sangre para aplaudir y emocionarse? No se puede ser amante de los animales y a la vez justificar esta barbarie.
No se puede hablar de cultura cuando lo que se celebra es el dolor. El torero, ese “valiente” que presume de enfrentarse a un animal debilitado y torturado previamente, es jaleado por una masa que, lejos de mostrar sensibilidad, demuestra una preocupante desconexión con el sufrimiento ajeno. Gandhi lo dijo con claridad: “La grandeza de una nación y su progreso moral puede ser juzgado por la forma en que trata a sus animales.” ¿Qué nos dice eso de una nación que todavía permite y subvenciona este tipo de espectáculos?
La verdadera humanidad se demuestra cuidando, protegiendo y respetando a los más vulnerables, incluidos los animales. Mientras haya quienes disfruten del dolor ajeno, no podremos considerarnos una sociedad plenamente civilizada.
Basta ya de excusas, basta ya de “tradiciones”. Lo que está mal, está mal, aunque se haya hecho durante siglos. Es hora de evolucionar, de mirar al futuro con empatía y dejar atrás la violencia disfrazada de cultura. Porque quien maltrata a un animal, no es humano. Y quien lo celebra, tampoco.






