Como bien dijo José Antonio López en unas palabras que dedicó a su jefe —porque siempre será su jefe, así lo siente él—, no hay que fijarse en la cantidad, sino en la calidad, en clara referencia a los asistentes al acto. En eso coincido plenamente con José Antonio, el cual estuvo a la altura y lo hizo francamente bien, algo que no todos han sabido hacer.
Aun así, la cantidad de personas que acudieron, para lo grande que es la plantilla de la Policía Local, me parece escasa.
Hay que decir que muchas personas le deben mucho a Gómez: desde haberlos ayudado a convertirse en policías locales hasta haberlos sacado de situaciones complicadas. Las puertas de su despacho siempre estaban abiertas, mañana y tarde, para atender a cualquiera que tuviera un problema. Con sus errores y sus aciertos, siempre estuvo ahí para todo el mundo.
Al ver el vídeo publicado por El Faro de Ceuta sobre el homenaje, se aprecia a Ángel Gómez contento de reencontrarse con los suyos. Emocionado y, como él mismo dijo, echando mucho de menos a la Policía Local.
Gómez fue inspector de la Policía Nacional, pero, en mi opinión, tenía más vocación de jefe de Policía Local; ese cargo encajaba mejor con su forma de ser. Lo de la Policía Nacional era otra cosa distinta.
Siempre se sintió muy orgulloso de haber sido inspector de la Policía Nacional. En ocasiones, cuando venía al caso, recordaba que tenía su plaza allí y que podía marcharse cuando quisiera. Sin embargo, nunca lo hizo. Su lugar estaba en la Policía Local, una realidad muy diferente a la que había conocido anteriormente: otro reto, otra historia.
Gómez supo aprovechar la oportunidad que le brindó el alcalde Ricardo Muñoz a principios de los años 80. Como él mismo ha reconocido en más de una ocasión, fue nombrado a dedo. Y, después, supo estar a la altura de esa responsabilidad.
Por mi parte, tengo que darle las gracias, sinceramente y sin ironía alguna, a don Ángel —como a él le gustaba que lo llamásemos— por no haberme metido en la Policía Local.
En aquellos años, era difícil no entrar, porque quienes componían el tribunal sabían muy bien cómo manejar las pruebas y los resultados. Aun así, no fue mi caso.
Quizá también tenga que agradecérselo a un familiar mío, amigo de Gómez, que tal vez no veía claro que yo formara parte de la plantilla. Tras realizar las pruebas físicas y leer el tema en público, era más fácil entrar que quedarse fuera, pero el tribunal manejaba los números a su manera, sin apenas escuchar siquiera a quienes exponíamos los temas. Sabían hacer su “trabajo”.
Alguien puede sorprenderse de que dé las gracias por no haber entrado. Pero lo hago con total convicción.
A pesar de que con solo 18 años ya había manejado armas cortas y largas, había sido tirador selecto e incluso escolta de un alto cargo militar portando arma corta, nunca tuve vocación de policía local. No me atraía ese trabajo; jamás me había planteado ser ese agente con casco blanco o gorra regulando el tráfico —una labor tan digna como cualquier otra—. Me presenté por circunstancias de la vida, y, visto con perspectiva, me hicieron un favor al no meterme.
De haber entrado, probablemente habría sido mi perdición. No habría aguantado mucho tiempo, como les ocurrió a otros que terminaron marchándose: algunos regresaron a sus trabajos anteriores, otros pasaron a puestos administrativos, y otros buscaron salida en distintas administraciones o cuerpos como Bomberos o Policía Nacional. No era el único sin verdadera vocación de Policía Local; hay quienes acaban en oposiciones que no son las suyas.
Lo que quiero decir con todo esto es que hay muchas personas dentro de la Policía Local que tienen mucho que agradecer a Ángel Gómez, y creo que muchos —demasiados— lo han olvidado.
Gómez adoraba la Policía Local y no quería jubilarse a los 65 años. Estoy convencido de que le habría gustado continuar hasta los 70 o más.
Siempre fue fiel a los gobiernos de turno, y diría que su ideología era afín al Partido Popular.
Juan Vivas tuvo una gran oportunidad de reconocer su labor nombrándolo director general de Gobernación o de la Policía Local, pero no lo hizo. Era algo que pocos esperaban… y, probablemente, menos aún el propio Gómez, que se estaba preparado para ese puesto.
Solo me queda desearle a don Ángel y a su familia lo mejor. Ya forma parte de la historia de Ceuta, aunque a algunos no les interese. A esos, que ahora callan, conviene recordarles que bien que acudían a él cuando necesitaban que les resolviera problemas.
Para terminar, decir que no pude asistir a ese merecido homenaje, pero sirvan estas palabras como reconocimiento a Ángel Gómez y a su familia, y también como un tirón de orejas para quienes han olvidado a un hombre que tanto hizo por ellos y que siempre supo estar al lado de los suyos, incluso cuando eso le suponía un coste personal.
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