Después de unos fríos días en Sapa tocaba cambiar de aires. Un cómodo autobús cama me llevó hasta Hanói en un trayecto lleno de curvas bajando por las montañas. El húmedo calor de la ciudad y el insólito tráfico que lo recorría me dio la bienvenida antes de caer la tarde. Me instalé en un vetusto hostal mochilero del Old Quarter Hanói, el barrio viejo de la ciudad lleno de calles estrechas con cafeterías y pequeños bares donde servían comida típica vietnamita a ras de la calle. Los vietnamitas viven la calle, son curiosos por naturaleza y todo les llama la atención, hasta el detalle más nimio, eso sí, no puede faltar una taza de café caliente en la mano, da igual que el bochorno te salga por los poros, tomar café es el deporte nacional vietnamita.
Al día siguiente me levanté temprano para recorrerme el Old Quarter con tranquilidad relativa, en Hanói no conocen el descafeinado, y en unas pocas horas recorro el viejo y hermoso barrio investigando cada pequeño recoveco y pequeños atajos que, a pesar de no tener más de metro y medio de ancho, encuentro con transito de motos, bicicletas y pequeños carros de mercancía. Por la tarde, cuando el sol va cayendo entre los arboles me gusta pasear a lo largo de Hoán Kiêm, un pequeño lago que viste de tradición el centro de Hanói y desde donde se puede disfrutar de la vista del templo Tháp Rùa, o la torre tortuga como se le suele llamar. En su extremo está Dên Ngoc Són, un bonito templo que se puede visitar atravesando el lago por un puente de madera roja, transmite mucha paz en su interior si logras visitarlo temprano, sin más compañía que el canto de los pájaros de los arboles cercanos.
Paseando cerca del templo me para una profesora que iba con sus alumnos y me pregunta en un perfecto inglés si podría ayudarle a dar una clase de idioma a sus alumnos (pobres alumnos), accedo y la clase consistía en un bombardeo de preguntas por parte de ellos que a duras penas fui contestando, luego intercambiamos información, al final a la clase se sumó geografía y algo de español andaluz que les enseñé (jamonsito, pinchito, viva er beti), hay que dejar huella.
De anochecida todo el alrededor del lago se convierte en un hervidero de vietnamitas que salen en familia, pasean, hacen deporte, se hacen caricaturas y bailan sin ningún tipo de vergüenza en plena calle. Es una sensación de fiesta continua, da igual que sea entre semana, ellos no faltan.
Al día siguiente me dirigí al mausoleo de Ho Chi Minh, me habían hablado muy bien de ello y me picó la curiosidad. Después de una larga caminata, me gusta andar siempre que las distancias no sean largas, llego a una muy controlada e inmensa plaza donde los vietnamitas paseaban y a la izquierda de donde yo llegaba se encontraba un gran mausoleo gris con una gran puerta guardada por una patrulla que en ese momento hacia el cambio de guardia con gran distinción. Para ser sincero no me impresionó mucho el mausoleo. Creo que es el patriotismo que sienten los vietnamitas lo que para ellos el mausoleo es un imperdible de Hanói.
Me quedé con ganas de más y me fui andando al sur, al templo Khuê Van Các, o el templo de la Literatura, un templo confucionista dedicado a las enseñanzas del filósofo chino. Allí coincidí con un colegio que había ido al templo para aprender las enseñanzas de Confucio. Me impresionó gratamente que a tan temprana edad se enseñara a los niños filosofía en los colegios y lo envidié. Niños que aprenden a pensar serán adultos con capacidad para discernir. Así evoluciona un pueblo.
No quería irme de Hanói sin conocer el extrarradio del Old Quarter e hice bien, pasé un día inolvidable pateando los alrededores del gran lago Hó Tây. Lo único significativo es la pagoda de Tran Quoc, se encuentra en el extremo del lago, de varias plantas y con budas en cada uno de sus pequeños ventanales, es digno de ver y acudiendo pronto siempre tengo la compañía de la soledad. Aun así, las calles aledañas son acogedoras, llenas de pequeños puentes y farolillos entre sus calles. Me demoré horas antes de irme.
Al día siguiente fui al teatro de marionetas del agua que había cerca de la torre tortuga y disfruté del espectáculo que contaba la historia de la creación del país. Mitología que, a pesar de que fue cantado en vietnamita, se entendía en su mayoría.
Dejo Hanói y Vietnam con la sensación de que es un país realmente hermoso con las personas más cálidas del continente asiático. Me apenó no tener carnet de motocicleta y pericia con la misma para recorrerme el país a dos ruedas, lo habría disfrutado más sin duda.
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