E n Lituania, país aliado de España, el Gobierno edita manuales para que sus ciudadanos sepan actuar en caso de guerra.
En Estonia en mayo se desarrollará el mayor ejercicio militar de su historia con casi 14.000 efectivos. La OTAN ha reforzado en estos países su despliegue como consecuencia de la anexión rusa de Crimea y su injerencia en la soberanía de Ucrania. Moscú, en un paso nada inocente, se ha retirado del Tratado de Fuerzas Convencionales, clave del equilibrio de tropas en Europa. Al este del Mediterráneo soldados de la artillería española contribuyen a la defensa de un país aliado, Turquía. Más cerca de nosotros encontramos estados fallidos como Libia (¿sabían que la distancia entre Trípoli y Mallorca es casi la misma que entre Huelva y Barcelona?) en manos de milicias terroristas cuyo objetivo declarado es atentar en nuestro suelo en la forma más dañina en que les sea posible... Vivimos en un mundo en el que la amenaza es polimorfa pero sin embargo muy real. Cuando en 1992 después de la caída del muro de Berlín Fukuyama pronosticaba “el fin de la Historia” con la derrota del comunismo y la victoria de las democracias, muchos soñaron en comenzar a vivir en un mundo de paz eterna.
Y sin embargo...
Sin embargo desde el año 2008 los presupuestos destinados al Ministerio de Defensa han sufrido importantes recortes que se cifran en algo más del 32 por ciento. En otras palabras, en siete años el presupuesto se ha reducido en un tercio. Esta reducción no se ha repartido de manera uniforme entre las diversas partidas presupuestarias. La disminución global media por año se sitúa en el 5,4 por ciento pero la mayor caída la sufre el capítulo dedicado a las inversiones reales. Las reducciones en este epígrafe alcanzan el 20 por ciento anual. Desgraciadamente para nuestras capacidades de defensa desde los años setenta la reducción nominal de los presupuestos ha sido una constante. Esta situación es el resultado de varias fuerzas que actúan sobre las dotaciones económicas. Por una parte la lamentable ausencia de interés real y efectivo por parte de la sociedad española, hemos de reconocerlo así, alineada con la del resto de Europa en una senda suicida de reducciones presupuestarias sobre las partidas de la defensa. Por otra parte, y como consecuencia directa de la grave crisis económica que hemos sufrido en los últimos siete años, se ha relegado a la parte más baja de las prioridades la necesidad de una inversión real en las capacidades de la defensa.
Adicionalmente, la falta de sensación social de riesgo y de amenazas cercanas implica la inexistencia de debate sobre el tema de la defensa y la seguridad, y trasmite la sensación de no justificar el gasto. Por otra parte tampoco ayuda el hecho de que las Fuerzas Armadas sean una institución con una muy escasa visibilidad, excepto en los casos de las operaciones internacionales en las que participan y en las que la sociedad en muchas ocasiones no está adecuadamente informada sobre su verdadera relevancia para España.
Es decir, los presupuestos del Ministerio de Defensa se encuentran año tras año lastrados por la falta de percepción social sobre los riesgos y amenazas que afectan a España. Por ello, no es sencillo un incremento de los mismos aún siendo preciso que respondan a la situación estratégica y a la necesidad de mantener unas Fuerzas Armadas bien dotadas.
Creo que ha llegado a ser ya una obviedad la necesidad de que todos los países europeos, entre los que por supuesto debe estar España, aumenten su presupuesto y gasto militar con el objetivo de poder garantizar su propia seguridad y ofrecer una, cuando menos mínima, capacidad de disuasión. Estamos viviendo un escenario internacional muy complicado, en el que algunos países, entre los que no se encuentran nuestros aliados, están aumentando su gasto militar en cifras de dos dígitos. Esto nos debería hacer reflexionar a todos como sociedad sobre si es sensato mantener nuestros presupuestos de defensa como si debiéramos esperar inexorables escenarios de paz perpetua.
En la última cumbre de la Alianza Atlántica en Cardiff (Gales) se trazó una hoja de ruta económica en la que se decidió frenar la caída de los presupuestos militares de los aliados para, posteriormente, aumentar el presupuesto en la misma proporción que creciera la economía de los países y llegar hasta una inversión del 2 por ciento del PIB en una década. En ese sentido España comienza a cumplir esa hoja de ruta con las cuentas públicas de 2015 aunque sea de forma modesta y, desde mi punto de vista , aún alejada de las necesidades reales. Los presupuestos de 2015 en materia de Defensa son unos presupuestos de continuidad respecto de los de los últimos años. Se ha frenado la caída de los últimos tiempos pero la reducida cuantía del incremento nominal no va a permitir abordar ningún cambio sustancial más allá de los que se refieran a la muy necesaria reordenación , reestructuración y las mejoras de eficiencia.
En un mundo tan rápidamente cambiante como el actual es preciso que las Fuerzas Armadas de todos los países aliados se adapten con la rapidez adecuada a las nuevas amenazas. Es el nuestro un mundo pequeño en el que han aparecido nuevos actores ante cuya ejecutoria e intenciones no deberíamos mostrarnos ingenuos.
Los presupuestos de la defensa de los próximos años deberán sin lugar a dudas hacer frente a este reto inaplazable. Nos jugamos el futuro de España: nuestro futuro y el de las generaciones venideras.





