Recordarán quienes me lean que el lunes pasado escribía aquí sobre el que, en la década de los años de 1950, fuera cura párroco de Mirandilla, mi querido pueblo, D. Crescencio Fernández Utrero, tras haber sido su monaguillo en mi niñez. Y quién me iba a decir entonces a mí que, al lunes siguiente, iba a estar aquí con mi humilde pluma escalando hasta la más alta jerarquía eclesiástica del mismísimo Papa Francisco, que todavía hoy es llorado y velado, “in córpore insepulto”, en Roma.
Y, creo, que ni siquiera haría falta que refiriera aquí todas las cosas tan bonitas que se están diciendo sobre la gran obra ecuménica de su papado y su destacada figura como persona sencilla, cercana y hombre bueno, que era querido por todos en todo el mundo; como tampoco haría falta que les hablara sobre sus innumerables obras y virtudes que son más que conocidas por todos y que, por eso, no en vano se ha venido ya en decir que: “Ha muerto el Papa de los pobres”, que en esa frase van también comprendidas estas otras como las del Papa de los desheredados, de los “sintecho”, de los inmigrantes, de los repudiados por la sociedad, o siendo llamado el “párroco del mundo”, etc.
Y es que, con independencia de que los españoles sabemos “enterrar muy bien”, tanto a las grandes figuras como a quienes no lo son, y que por eso fácilmente se ve, tanto cuando fallece una persona que ha destacado, ya sea por su obra como por sus virtudes o méritos, como cuando simplemente se trata de una persona totalmente normal, e incluso merecedora de menor consideración porque no haya pasado de la mediocridad, pues lo cierto es que, luego, cuando morimos, la gente no escatima loas, encomios y parabienes para los que les toca dejarnos en este endiosado mundo al que la inmensa mayoría en vida nos queremos comer, pero que luego es el propio mundo quien en realidad termina comiéndonos a todos.
Eso se ve bien cuando quien fallece no ha alcanzado a ser una persona relevante, o no ha hecho casi nada para merecer que los demás deban destacarlo, o incluso aunque tengamos motivos para reprobar su conducta, comportamientos o actitudes, que, aun así, no tardaremos en hacer ver a los demás que debemos perdonarlos, aun cuando fueran reprobables por su conducta o su quehacer, que pues no faltarán algunas otras personas que pretendan aseverar que, al fin y al cabo, al que acabamos de enterrar, pues no era mala persona, sino que se vio obligado a actuar de forma tan negativa por la serie de circunstancias indeseadas que concurrieron en el caso concreto de quién se trate, pero que sea como sea, los demás no dejamos de ensalzar a quien se va al otro mundo, por el sólo hecho de que acaba ya de pasar a la otra vida, momento en que todos debemos ser tolerantes y magnánimos con el fallecido, quizá para que cuando nos toque a nosotros irnos, los demás digan lo mismo.
Más, en el caso concreto del Papa Francisco, personalmente creo que todo lo bueno que se diga de él, es que de verdad que se lo tiene más que merecido y ganado a pulso. A mi juicio, ha sido una persona entregada por completo desde su juventud a hacer el bien y evitar el mal, que es la mejor lección de moralidad cristiana que en la vida se puede dar, partiendo de la base de que el cristianismo, o más bien la Iglesia como institución católica, lleva ya 2025 años de existencia como confesión religiosa.
"Tal como el mismo Jesucristo dijo: “la Iglesia siempre perseverará, y las puertas del infierno nunca prevalecerán contra ella”"
Y creo que no hay ninguna otra institución social en la tierra que lleve haciendo buenas obras durante tanto tiempo, o, al menos para mí, desde que tuve uso de razón, siempre he entendido que dentro de un templo nunca se aprenden cosas malas, y sí muchas otras cosas buenas en su más amplio sentido, como tampoco hay ninguna otra doctrina, ni institución, ni imperio, ni monarca, ni jefe de Estado, ni jefe de Gobierno, ni líder, espiritual o civil, ni ejército, ni general que lo mande, que lo hayan hecho durante tanto tiempo y sigan estando tan unidos en lo esencial, en la fe y la esperanzade en la religión. Tal como el mismo Jesucristo dijo: “la Iglesia siempre perseverará, y las puertas del infierno nunca prevalecerán contra ella”.
Si bien, es verdad que esa última frase histórica, nació esta otra escrita en latín de “Intrunque ladium”, que representaba la doctrina de las dos espadas cruzadas, que suelen figurar inscritas sobre las fachadas de muchas iglesias, desde la época de los 33 que vivió Jesucristo, pero que alcanzó su mayor apogeo entre los siglos V y XVIII, en virtud de la cual, el poder espiritual (la iglesia católica) prevalecía sobre el poder temporal o civil (de los emperadores bizantino o germánico), y que incluso figura recogida en la Segunda de las “Siete Partidas” de Alfonso X el Sabio (1252-1284), que apostaba más por la paz que por la guerra.
Hoy, en cambio, suele ser todo lo contrario, lo que más impera y predomina es el poder terrenal sobre el espiritual. Y es que la paz era entonces lo que más ennoblecía y dignificaba a las personas; mientras que la guerra equivalía a tiranizar al pueblo, que normalmente debía de vivir siempre en paz y en libertad, ya que la beligerancia de las armas nos puede acarrear la muerte, la barbarie, los abusos, las injusticias, el hambre, los sufrimientos y la destrucción; mientras que la paz conllevaba más la producción de bienes, la abundancia y la libertad.
Por eso, Francisco se opuso firmemente y con la mayor enérgica determinación a la guerra de Rusia que tan injustamente invadió a Ucrania, también a las guerras de Oriente Medio y a todas las guerras del mundo. Hasta tal punto de que muchas veces me he llegado a preguntar: ¿Pero es que de verdad hay alguna guerra que sea justa?.
Pues resulta que para el Derecho Internacional sí la hay, aunque tal pregunta difícilmente pueda conllevar una respuesta satisfactoria con tantas connotaciones negativas. Por otro lado, comprendo que haya guerras a las que pueda llamárseles “justas”, con toda la carga peyorativa que toda confrontación armada lleva aparejada, habida cuenta de que también siempre ha existido la otra célebre frase militaristas que se le contrapone, de, “Si vis pacem parebellum” (Si quieres la paz, prepárate para la guerra), que vendría a justificarla la idea preventiva para disuadir a la sociedad y al pueblo del belicismo guerrero. Cada una de estas dos teorías siempre ha tenido sus defensores y sus detractores, al igual que todavía hoy los siguen teniendo.

Pero, circunscribiéndonos ahora a la persona y la obra del Papa Francisco, creo que en pocos Sumos Pontífices se ha podido ver antes otro hombre de Iglesia igual. Era una persona abierta al mundo, acogedora, que se adelantaba a los demás, con el que se podía hablar mirándote él directamente a tus ojos y también mirándole tú a los suyos, frente a frente, con plena confianza, con benevolencia suya acogedora, con misericordia y magnanimidad, sin que él mirara alguna vez de reojo, que en mi caso concreto son de los comportamientos humanos que más repudio, a esos que miran por encima de los hombros, con prepotencia, arrogancia o desdén, cuando Dios nos hizo a todos iguales en dones y bondades y, por eso, lo que todos deberíamos hacer es mirarnos unos a otros con alegría, con fraternidad y siendo por ambas partes misericordiosos, al estilo de cómo Francisco hacia con todos; que, en lugar de ir los feligreses a él, era él el que iba hacia todos, con su palabra evangelizadora y misionera, con su sencillez, con su amabilidad y con su bondad, hablándoles y convenciéndoles de tú a tú. No cerraba las puertas a nadie, sino que a todos se las abría de par en par, con humildad y entrega; ese es el camino.
Durante su papado, ha sido la Iglesia la que se ha abierto a buscar a sus fieles y ha sabido descender y condescender con todos sin reproches, sin inculpaciones, sin exigencias, sin imposiciones, sin cesuras, sin tener previamente que perdonar los pecados a nadie, sin tener tampoco que juzgar a nadie, ni ahora, ni siquiera en el que siempre hemos llamado “juicio final”, sino simplemente por ser persona a la que tenemos frente a frente, y siempre con riguroso respeto a su dignidad, a su condición de persona libre y humana. Y es que, como él mismo nos dijo en vida. “¿Quién soy yo para juzgar a los de más?”.
Y es que, Francisco era un Papa que sabía hablarle con el corazón a todo el mundo, y por eso creo que el pueblo ha sabido premiarlo en su camino hacia el Padre, asistiendo más de 200.000 almas a sus exequias mortuorias. A él le gustaba salir a buscar a sus fieles por las periferias, por las barriadas pobres, hablar sencillamente con todos, atender directamente a sus necesidades, orientándoles y siendo la luz que les iluminara haciéndoles llegar la esperanza y la misericordia de Dios.
“Francisco” - así es como él mismo quiso llamarse y que los fieles le llamásemos a él, y como también se hace llamar en la sencilla tumba – no se cansaba de decir a los jóvenes que no se olvidaran nunca de los abuelos, porque ellos fueron sus raíces más profundas, los familiares más entrañables y cercanos, junto con sus padres, los que les han tratado con la mayor ternura y cariño; porque, ¿quién no se acuerda del inmenso cariño y de la entrañable bondad de sus abuelos, tanto en el trato familiar, como de sus sabios consejos y sus puros deseos para con sus nietos, siempre recibiendo sus enseñanzas, sus consejos y sus delicados cuidados y atenciones?.
"Simplemente abría las puertas de la Iglesia a todos y a todos les acogía y también con todos era capaz de fundirse en un fuerte abrazo, en la paz y el bien de Dios"
Lógicamente, el Papa Francisco, no podía decirlo de sus nietos, porque él no podía tenerlos, pero por eso mismo le gustaba siempre decirlo de los jóvenes, que tantos y tantos han destacado con su presencia en su entierro, en prueba de gratitud y de su adhesión hacia ellos, porque los jóvenes de hoy siempre serán las fuerzas vivas del mañana, la cadena de nuestro reemplazo del mañana, el necesario enlace entre generaciones, la sucesión en la empresa del futuro, en el que tengamos puestas nuestras ilusiones y nuestras esperanzas, para que ninguno de sus eslabones se rompa ni el enlace nos falte.
Y, además, Francisco lo hacía sin jamás olvidarse y tampoco de otras cadenas y otros eslabones, porque todo lo entrelazaba entre sí; lo mismo se ocupaba y le preocupaba los niños que los mayores, los potentados que los necesitados, los enfermos que quienes gozasen de buena salud; él. Simplemente abría las puertas de la Iglesia a todos y a todos les acogía y también con todos era capaz de fundirse en un fuerte abrazo, en la paz y el bien de Dios.
Y esa, en general, yo diría que ha sido la reforma que el Papa Francisco ha sabido introducir en la Iglesia. El poner a todos los seres humanos en valor, fueran como fueran y vinieran de donde viniesen; para él no existían ni nadie a quien oponerse, nadie a quien les recriminara; a todos les acogió con sus brazos abiertos, por igual y con su buena voluntad; y, yo creo, que esa pequeña “revolución espiritual” – dicho sea en el mejor de los sentidos - le estaba haciendo ya mucha falta a la Casa de Dios, para que a la misma llegara aire nuevo que renovara el ambiente de la forma que mejor se pudiera dentro respirar.
Muchas gracias, Papa Francisco, siempre con mi mayor respeto y mi más alta veneración. Que Dios te acoja con la mayor benevolencia en su seno, que te bendiga con su santa gracias y que, eternamente, a su lado, descanses en paz.






