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La guerra que se libra en el mutismo más absoluto de un continente atenazado

Por Alfonso José Jiménez Maroto
13/01/2026 - 07:21
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Imágenes cedidas

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Cuando se inició la invasión rusa de Ucrania (22/II/2022), diversos corresponsales e investigadores no tardaron en conceptuar esta acometividad como “una guerra convencional sangrienta”. O quizás, “un enfrentamiento convencional con esteroides, entre ejércitos luchando como gladiadores”. No obstante, esta guerra, valga la redundancia, no se concibe sin la parte menos convencional de la guerra. O séase, sin cualquier atisbo híbrido.

De este modo, la significación de conflicto híbrido se aprovechó durante años para interpretar lo que verdaderamente acontecía en el Donbás (2014-2022): las colisiones militares convencionales entre las fuerzas ucranianas y los separatistas prorrusos apuntalados por la Federación de Rusia se disponen con procedimientos irregulares como los ciberataques, la desinformación o la insurgencia para establecer una zona gris que se prolongó durante unos cuantos años. Es más, los fines híbridos se han extendido por doquier desde el prólogo de la guerra y hace la beligerancia más impredecible, por momentos plomiza e incluso inhumana.

Como desentraña el filósofo teórico y político australiano Hedley Bull (1932-1985), “no solo los tiempos de paz, sino que incluso las guerras, estaban reguladas por normas”. De hecho, las cuatro Convenciones de Ginebra y sus Protocolos Adicionales ponen líneas rojas a la guerra, mientras que otros criterios no documentados conducen las conexiones internacionales. Pero en los tiempos que corren, lo híbrido desgasta la verdad y las reglas, porque durante trechos las campañas de desinformación han repercutido en la política e indefinido la tangente entre la guerra y la paz.

Sin ir más lejos, hay que remontarse al año 2014, cuando el Kremlin contrarió su participación en la operación en la que unos soldados sin determinar, consiguieron el control de Crimea y proporcionaron su anexión a Rusia. Igualmente, el Gobierno ruso y las estaciones de televisión contiguas han culpado reiteradamente al ejército ucraniano de “neonazis”, así como de atenazar la cultura rusa y a los ciudadanos prorrusos en el Donbás.

Estos planes de desinformación se han duplicado desde la invasión rusa e imposibilitan la puesta en escena de medidas colectivas. Recuérdese al respecto, la oratoria ofrecida por Vladímir Putin (1952-73 años), cuando cargó contra el Gobierno ucraniano de haber desplegado “rusofobia y un neonazismo agresivo” y perpetrado un “genocidio”, demostrando con estas palabras la operación específica contra Ucrania.

Con lo cual, no es una materia únicamente de razonamientos discordantes de la verdad, la desinformación reside en falsear, entremeterse y tergiversar expresamente. Así, perfiles en plataformas sociales prorrusas han intercambiado videos simulados de la BBC, poniendo al corriente las barbaridades realizadas por las tropas ucranianas, o divulgado que las fuerzas prooccidentales ejecutaron la masacre de Bucha (27-II-2022/31-III-2022), donde más de cuatrocientos civiles perecieron.

En idénticas circunstancias, portales legítimos ucranianos han sido confiscados para propagar a diestro y siniestro proselitismo prorruso, como las ilustraciones de soldados rusos preservando a la ciudadanía, repartiendo comida o posibilitando corredores humanitarios. Y en otras tantas ocasiones, los accesos no autorizados a sistemas informáticos o redes producen desconcierto, como cuando se anunció la firma de un acuerdo de paz. Así, las noticias inexistentes transitan en los medios occidentales en los que Rusia es censurada sin evidencias concretas. Este es el caso de hacer uso de crematorios móviles para no dejar rastro de los cuerpos de civiles y de soldados rusos, al objeto de eludir el pago de compensaciones a las familias.

Estas campañas de desinformación adquieren un lugar destacado, al intentar privar de validez los actos del contrincante y acreditar las propias. La permisible dignidad de una guerra entre contendientes se desmorona indiscutiblemente con las turbulencias de referencias inciertas.

En paralelo, el ciberespacio también se ha convertido en uno de los principales espacios del conflicto. Un universo ignoto en las guerras convencionales del siglo XX, de espinosa reglamentación y que actualmente favorece la destrucción. Ejemplo de ello es Rusia, impulsando ciberataques y ataques de denegación de servicio contra diversos medios de comunicación, recintos web gubernamentales, entidades de telecomunicaciones y teléfonos celulares de parlamentarios.

Para ser más preciso en lo fundamentado, la compañía pionera de telecomunicaciones ucraniana, Ukrtelecom JSC, se encontró inoperativa durante horas y las comunicaciones militares ucranianas inactivas. Algunos estados miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), como Polonia o Estados Unidos, son víctimas de este molde de interrupciones bruscas. Y como no podía ser de otra manera, Rusia desmiente radicalmente su concurso en los ciberataques.

En verdad, las ofensivas en el ciberespacio han ido encaminadas en ambas trayectorias. Los sitios web oficiales rusos, englobados los del Kremlin, así como las redes de contenido de televisión, bancos e instalaciones de telecomunicaciones, igualmente se han visto dañadas. Los ciberataques son un añadido a las prácticas de la guerra convencional que dejan deshabilitar y echar por tierra los servicios básicos y las comunicaciones, así como obtener datos sobre sus destrezas con el propósito de obstaculizarlas.

El enfrentamiento económico, fundamentalmente en el contorno energético, es monopolizado para combatir en esta guerra. Lo que entraña fracturar la dependencia recíproca entre Rusia y Europa.

De la misma manera, como si se tomaran como blancos militares que atenúan al contrario, las estaciones de energía ucranianas son hostigadas insistentemente. Esto ha inducido que decenas de localidades y miles de consumidores estuviesen faltos de suministro de gas. Y por si fuera poco, los modus operandi híbridos demuestran hallarse interconectados entre sí, amplificando su radio demoledor en el conflicto.

Conjuntamente, las compañías energéticas están en el punto de mira de los ciberataques y la red eléctrica ucraniana ha padecido importantes quebrantos, ocasionando apagones a millones de individuos. Esta maniobra es seguida de una campaña de propaganda fundamentada en el ensalzamiento de Rusia como distribuidor energético indispensable para el Viejo Continente.

"La conjunción de guerra convencional con otros modos híbridos afila la severidad de la guerra con arremetidas variopintas"

Dicho esto, la conjunción de guerra convencional con otros modos híbridos, afila la severidad de la guerra. El caso es que cuando únicamente nos ajustamos a los tanques y el raciocinio militar, omitimos que en Ucrania y en otros lugares en conflicto, el desconcierto y la confusión se convierten en una constante insalvable. Obviamente, esto problematiza la observancia de normas y la arquitectura de lo colectivo que tan esencial resulta para fraguar la paz. Sin inmiscuir, que la guerra se prolonga en el tiempo con acometidas variopintas y mientras algunas desdichas se encumbren, otros infortunios se engrandecen y aumenta la desconfianza.

Aunque las condiciones económicas y políticas nacionales libran un papel elemental en esta topografía diversificada como es Europa, existe otro componente potencialmente crítico: el descriptivo.

Hoy por hoy, al advertir la capacidad de actores hostiles y contrapuestos para adulterar la información en las sociedades, es preciso perfeccionar esa valoración del poder de nuestro discurso. Luego, al admitir que Rusia se encuentra en guerra con Europa no tiene que ver para nada con el desasosiego o la intimidación, sino con la capacidad de adaptarse a situaciones adversas con resultados positivos: la resiliencia.

De ahí, que los líderes europeos manejen aplicadamente la expresión ‘guerra híbrida’, para aludir movimientos hostiles que van desde irrupciones de drones en el medio aéreo de la Unión Europea (UE), hasta el sabotaje de infraestructuras críticas y pericias selectivas de desinformación.

Volviendo nuevamente a la invasión de Rusia contra Ucrania, Europa ha sufrido más de doscientos embates, con al menos ciento veinte sabotajes y ataques malogrados comprobados y emparentados con Moscú. Al igual que informaciones concernientes con la OTAN, reseñan en torno a ciento sesenta episodios de este molde en suelo de la Alianza.

Llegados a este punto y en atención a su definición de manual, la ‘guerra híbrida’ se identifica por una extensa complejidad de esferas y protagonistas de intrusión, la disposición de recursos militares y no militares y de manera trascendente, la repulsa plausible, ya que tanto los actores como los efectos desencadenantes de los métodos híbridos de guerra son laboriosos de distinguir.

Sin embargo, en la agudeza estratégico-militar, la ‘guerra híbrida’ es guerra. Si bien, no sucede lo mismo en el modo en que esta palabra se ha colado de lleno en la argumentación política de Europa. Y esto es un gran inconveniente, porque designar como algo menos que guerra, o posibles fórmulas de avance agresiva en la superficie de la UE, o en sus dominios aéreos, marítimos y digitales, esconde la fuerza de gravedad real de una operación hostil dentro de las sociedades.

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Evidentemente, el carácter de la guerra ha variado porque el paso entre guerra y paz es muchísimo más complicado. En nuestros días, se intuye como un continuado de competencia y conflicto, más que como un itinerario perfecto que contrasta el indicio de violencia y que aparta un período de guerra de un período de paz. Ahora, hacer la guerra estriba de un sinfín de instrumentos y actores que traman en una sucesión de ámbitos físicos y digitales para conquistar efectos acumulativos.

Denominar a las acciones de guerra de Rusia contra Europa, escuetamente, ‘guerra híbrida’, no retrata tanto sus riesgos como eventualidades existentes y comporta derivaciones geopolíticas y políticas como seguidamente puntualizaré. Primero, en el plano interno ayuda para serenar a los ciudadanos y agentes económicos, haciéndoles confiar que efectivamente sus Estados no se encuentran en guerra.

Segundo, en el mapa europeo este juego de palabras da luz verde a los líderes nacionales para esquivar la servidumbre de una guerra que sobreviene en otra parte del planeta. Y lo anterior les libera de utilizar elementos que sí determinarían la aprobación coligada a un grado directo de guerra. La decisión de acogerse al Artículo 122 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea (TFUE) para congelar activos rusos, abrió la caja de Pandora de lo que era operable, pero el repliegue resuelto sobre cómo esgrimir esos activos hizo ostensible los límites de la voluntad política.

Y tercero, la cota geopolítica condiciona el balance de funcionamiento de la UE.

Por lo tanto, la acepción de ‘guerra híbrida’ proyecta un marco teórico analítico y político, más que la deducción estratégica de los demandantes enfrentados. Rusia no se desenvuelve sobre la esencia de la idea de ‘guerra híbrida’. Para Moscú, al igual que Pekín, los procedimientos antes mencionados son guerra coronados en una dirección integral de conflicto y competitividad.

Las resultantes de las arremetidas rusas en curso pueden ser supuestamente imperceptibles para la urbe europea, al estar fraccionadas en el tiempo y espacio. Pese a ello, en su totalidad nutren un estado de fluctuación ascendente. Las campañas de desinformación vician a la opinión pública con arremetidas físicas. Llámense ataques de drones o perturbaciones de GPS. El artificio de los mercados financieros y los suministros de energía ensanchan la agitación pública, minando la confianza en la capacidad de las administraciones para salvaguardar a la ciudadanía. ¡No queda otra!, comencemos a nombrar a estos actos por lo que objetivamente son: hechos de guerra.

En pleno siglo XXI es ilusorio entrever que la guerra únicamente impera cuando los tanques marchan por las vías o calles, o las bombas castigan sobre puntos seleccionados. La guerra igualmente se libra cuando las sociedades son desestabilizadas de manera metódica y hallan su desafío en fuentes económicas y políticas. A ciencia cierta, este es el panorama de Europa.

Solo admitiendo, primero con palabras y sin demora, con coyunturas constatadas que estamos en guerra, los Estados de la UE pueden madurar praxis eficaces de defensa, disuasión y resiliencia. Es imprescindible un punto de vista común de la sociedad, porque precisamos legitimar no ya solo la seguridad de los vaivenes económicos nacionales y de los recursos críticos, sino igualmente el patrocinio económico y social.

Retrocediendo al año recientemente finalizado, los daños de Estados Unidos y agravios híbridos de Moscú contra la UE, fuerzan con acorralar al bloque en una situación de debilitación e irrelevancia. O séase, véase un escenario general inusitado ante el que Europa tiene asumido que tendrá que elevar su rearme y buscar mayor independencia estratégica.

Lo cierto es que tras la recalada por segunda vez a la Casa Blanca de un Donald Trump (1946-79 años) desenfrenado, la primera amonestación o piedra de toque para Bruselas quedó con el desdén en el Despacho Oval de Volodímir Zelenski (1978-47 años). Aunque en el intervalo conclusivo de este año aparecieron algunos resquicios de las negociaciones de paz con Kiev, con un calendario visiblemente acentuado por Moscú y una estrategia de Seguridad Nacional norteamericana incompatible con el programa europeo. Y entre medias, las naciones europeas se han cargado sobre sus espaldas el firme compromiso de rearmarse al compás dictaminado por Washington dentro de la OTAN, pisando a fondo para mejorar las capacidades militares, conforme se incrementaban las incidencias con drones, cazas y ciberataques en el Este, Centro y Norte de Europa, adjudicados a Moscú.

Con conocimiento de causa se observa una incoherencia entre las afirmaciones geopolíticas de representantes de la UE sobre fortalecer el conjunto de recursos, habilidades y estrategias para proteger su soberanía, intereses nacionales y población y las ramificaciones prácticas y operativas conquistadas.

No cabe duda, que se confirma la implementación de diversos componentes y pasos dados adelante, como el aumento de la inversión en defensa. Pero si se examina el pronunciamiento estratégico o el contexto de Ucrania, la composición es mucho menos válida.

Echemos un breve vistazo al año pasado, diferenciándose la necesidad en el gasto del 5% del PIB de los Estados de la Alianza Atlántica; o la aceptación del instrumento Security Action for Europe (SAFE) a modo de préstamo para invertir en defensa; o el consenso del Programa de promoción para la Industria Europea de Defensa (EDIP). En tanto, el movimiento más vistoso ha correspondido a Alemania, con el giro imprevisto en su cambio de paradigma que intuye la subida del límite de deuda para aumentar el coste en defensa y la circulación del reclutamiento militar voluntario.

A criterio de diversos analistas, esto representa un salto sustancial en el proceder, pero ejecutarlo en la práctica es otra cuestión: se han colocado las primeras piedras, pero todavía no puede considerarse que la UE se haya acomodado como un actor geopolítico admisible. Y el eje franco-alemán se sitúa como la savia y el factor principal en política exterior y de defensa, con proposiciones como la coalición de voluntarios o el propósito de ensanchar el paraguas nuclear franco a otras naciones europeas, aunque se trata de un sendero de acción externo y equidistante al ideal europeo. No ha de soslayarse, que la Unión se ha hecho escuchar en las determinaciones para una posible paz en Ucrania, al encuadrarse en la agenda asuntos superpuestos a los trazados señalados por Moscú y defendidos simbólicamente por Estados Unidos, priorizándose las garantías de seguridad para Ucrania.

Por ende, el encaje de las piezas de este puzle estribará en las posibilidades reales de ayuda financiera y militar que proporcione la UE a Ucrania, ante la privación de un mayor compromiso estadounidense. He aquí, donde Europa puede contraer un desempeño de más calado y hacerse con un puesto en el tablero de negociaciones.

Ni que decir tiene que la iniciativa de la UE de activar activos rusos y su probable automatismo para préstamos a Ucrania, tendrá alcances geopolíticos para que en el devenir de los tiempos se le tenga presente y valga de pértiga para obtener más peso en el proceso de discusión de las partes. La nueva Estrategia de Seguridad de Estados Unidos que exige desenvolver la resistencia al rumbo reinante de Europa dentro de los países europeos, o demanda que este continente ocupe un rol más proactivo en su defensa, demuestra un vuelco súbito en los nexos euroatlánticos con el que ya venía avisando la Administración Trump.

Esta capacidad insignificante de respuesta se debe en gran medida a que el punto de vista trumpista del futuro se encuentra presente dentro de la UE, como es el caso exclusivo de Italia, Hungría o la República Checa, ya que los Veintisiete en materia de capacidades estratégicas continúan y suman en la dependencia de Estados Unidos. Por supuesto, como europeos, no osamos entrar en el discurso de pugna por el poder y alcanzar más autonomía es igual a más tiempo.

"Admitir que Rusia se encuentra en guerra con Europa no tiene que ver para nada con la intimidación, sino con la capacidad de adaptarse a situaciones adversas con resultados positivos: la resiliencia"

En consecuencia, ante el cúmulo de desafíos con los que se ha inaugurado 2026, al menos la UE dispone de las cartas sobre la mesa, al estar al tanto de los aspectos y entornos que acompañan este nuevo orden internacional amenizado por Trump. Y en esta realidad irresoluta el bloque comunitario ha de optar entre una contestación integracionista que le otorgue armarse de más capacidades defensivas, como de abrirse camino en su aspiración geopolítica y resistir ante potencias de envergadura como China o Rusia, o ser la Europa de los salvadores imaginarios y los países que desean prosperar en el encasillado de la división.

Claro, que la UE permanecerá figurando entre las dianas de agresiones híbridas en los sistemas, instalaciones y redes críticas, mientras persista el conflicto en Ucrania o si Moscú consigue establecer condiciones que le sean más propicias. De cualquier manera, el pulso explícitamente desfavorable asumido por Washington hacia la UE como designio político, implica un proceso sistemático de revisión estratégica y ajuste de los planes y objetivos de la causa transatlántica. Mientras Washington maneja discursos rígidos contra la Unión y algunos se afanan en desalojarlos, los europeos han de andar de puntillas ante un universo en el que Estados Unidos ya es un socio peliagudo difícil de tratar.

A día de hoy, esta mutación estratégica acapara el mayor de los retos para la defensa y estrategia europea, pudiendo suscitar importantes cambios disruptivos. Si acaso, el quid de la cuestión radica hasta qué punto los ciudadanos europeos estarán por la labor de tomar decisiones, siempre mirando en favor de sus intereses, o si éstos van contracorriente del destino ambicionado por Washington.

Sin ambages ni rodeos, tendrán que fallar si admiten el coste político, financiero y diplomático de una reorganización estratégica fehaciente. Asimismo, los europeos han de desarrollar estrategias para replicar a la imposición de Estados Unidos. Los diseños de adquisición prestos a impulsarse este año, desenmascaran cómo la defensa europea puede salir a flote por sí misma o perpetuarse en la dependencia interminable estadounidense. Amén, que la autonomía europea está llamada a ser casual en este aspecto, ya que la Administración Trump ha revelado que las garantías de seguridad norteamericanas configuran un vigoroso ingenio de influencia sobre sus aliados. Principalmente, en el terreno nuclear. Finalmente, 2026, puede discriminar la primicia en la que los estados europeos tendrán que decidirse entre el conformismo estratégico y el levantamiento dinámico de una soberanía de defensa. Y mientras se pule un mundo con el frenesí de más responsabilidades sobre la seguridad, otra vez emerge el recurso a la fuerza militar solapada en el vasallaje.

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