La sangre de los niños de Gaza ya no salpica nuestras pantallas. Sus gritos ya no se escuchan, porque han perdido las fuerzas, han desesperado por nuestra indiferencia. Hemos dejado de ser sus altavoces, aceptamos su derrota cuando ellos siguen luchando, tiramos la toalla en mitad del exterminio. Gaza se ha convertido en parte del ruido de fondo, una estadística más en la interminable lista de horrores del mundo. Y mientras, siguen cayendo las bombas, masacre sobre masacre, Israel ya no encuentra edificios a los cuales derribar, sólo hay polvo, polvos de una escuela, de un hospital, de una casa. Y nosotros miramos hacia otro lado con una deshumanización jamas vista.
¿Cómo es posible que el dolor ajeno ya no nos sacude el corazón? ¿Cómo es que el grito desesperado de un niño, pidiendo comida y agua, no nos estremece el alma?
El sionismo Antisemita, reúne a los gazatíes en puntos de reparto de "comida" y los masacran, los tirotean y los bombardean, no discriminan entre niños y ancianos, no lo hicieron antes ¿como lo hará ahora?.
Hemos normalizado lo inhumano, se ha anestesiado nuestra humanidad, nos hemos convertido en espectadores fríos de una masacre que se repite día si y día también.

Esta no es una guerra. Esta es una ejecución colectiva, lenta y metódica, ante los ojos del mundo. Y lo más vergonzoso no es que suceda, sino que permitimos que siga sucediendo. Los dirigentes mundiales no pronuncian ni esas palabras vacías que antes decían, "preocupación", "llamamiento a la contención", "acuerdos de paz" mientras la tierra de Gaza se convierte en un cementerio abierto. Se han construido discursos, se han firmado resoluciones, pero ninguna ha detenido el sufrimiento de un solo niño, ninguna está evitando que ya no mueran por bombas, sino por hambre.
¿En qué momento se rompió nuestra capacidad de indignarnos? ¿En qué lugar enterramos nuestra empatía? Tal vez cuando empezamos a medir el valor de una vida según su nacionalidad. Tal vez cuando dejamos de mirar las víctimas como seres humanos y las transformamos en "daños colaterales". Ese lenguaje frío, técnico, que hace más fácil justificar lo injustificable, ha hecho de cada asesinato un hecho "comprensible".
Es hora de dejar de culpar exclusivamente a los gobiernos y asumir nuestra parte de responsabilidad. Porque cada vez que permanecemos en silencio, validamos el crimen. Cada vez que giramos la cabeza, perdemos un pedazo de nuestra humanidad. Y cada vez que elegimos la comodidad de la indiferencia, damos permiso a los opresores para continuar.

Acaso nadie se da cuenta ? No es Gaza la que está muriendo. Somos nosotros los que estamos muriendo moralmente, lentamente, frente a una pantalla. Nos hemos acostumbrado a ver cadáveres como si fueran parte del mobiliario digital, incapaces de sentir vergüenza de nuestra pasividad.
Este artículo no busca convencer a nadie, busca sacudir conciencias (Como decía Anguita). Que nos miremos al espejo y nos preguntemos: ¿qué haríamos si esos fueran nuestros hijos? ¿nos gustaría que el mundo nos ignorara? ¿o estaríamos gritando para que el mundo salga en nuestra defensa?
Ya no podemos permitirnos palabras vacías ni equidistancias cobardes. Hay víctimas y hay verdugos. Hay ocupados y hay ocupantes. Hay seres humanos que mueren sin agua, sin comida y sin refugio, y hay quienes justifican su muerte con discursos políticos que han perdido toda legitimidad.
Gritemos que pare esta barbaridad, hablemos del genocidio, hablemos del exterminio, tenemos que abandonar el silencio porque nos hace cómplices, despertemos conciencias, tenemos que volver a ser humanos. Porque pasaremos a la historia y el silencio será recordado como el acto más cruel hacia ese valiente pueblo.







Llevas toda la razón, el mundo entero está permitido el genocidio que están haciendo en Gaza. Es de pena.