Brisa Fenoy,
Amor o poder
Barcelona, Editorial Planeta
Con su amable y generosa invitación para que nos escapemos de Ignoralia, la capital del conformismo, donde residen confortablemente “los siete pecados digitales”, Brisa Fenoy nos orienta y nos estimula para que nos decidamos a hacernos preguntas y a contestarlas aplicando la imaginación, actuando –pasito a pasito- y conversando con personas física y cordialmente próximas. La cuestión previa, como es natural, es ¿Qué elijo: amor o poder? Y, después, ¿quién soy y que hago? Es entonces cuando estamos en disposición de plantearnos una serie de cuestiones que, a pesar de ser vitales, no solemos atender ni a las que, mucho menos, sabemos responder. Son esos asuntos –digámoslo claramente- que determinan el contenido de una vida realmente humana y, por lo tanto, del bienestar difícil, necesario y posible.
Brisa nos hace una llamada descarada para que nos decidamos a pensar, a imaginar y a actuar despojándonos de esos paralizantes miedos a equivocarnos, y parte del supuesto de que el amor es la clave de la verdad. En resumen, su enfoque destaca que el lenguaje es un sistema dinámico donde los significantes y sus expresiones no sólo comunican información, sino que también modelan nuestra forma de pensar, de interpretar y de vivir la realidad y, por lo tanto, de alcanzar un razonable bienestar.
En mi opinión, esta obra tanto por sus contenidos -densos y profundos- como por sus expresiones -claras y bellas- es realmente “seductora” en el sentido en que emplea este término Jean Baudrillard, en su obra De la seducción (1979), como “un juego de signos y de apariencias que desafían la realidad y la verdad establecidas, como una estrategia que opera social, política y simbólicamente de manera opuesta a la "producción" o a la "realidad" y que juega con el misterio y con la ilusión.
Permítanme que, en esta ocasión, además de valorar los contenidos imprescindibles de estos análisis serios y de estas reflexiones vitales para orientarnos hacia el bienestar compartido, subraye la belleza de un lenguaje que, con su fuerza subversiva, nos propone una resistencia a esos poderes políticos, económicos, ideológicos y propagandísticos que nos dominan. Estoy de acuerdo con Brisa en que el poder simbólico del juego, del arte, de la música y de la literatura nos puede ayudar a escapar de la opresión de la realidad. Brisa, a mi juicio, tiene razón cuando nos recuerda que “el futuro sólo se puede decidir con consciencia y con amor”.
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