Cuando se publique este artículo, mis alumnos ya habrán conocido sus calificaciones en las PAU (Prueba de Acceso a la Universidad). El ánimo de buena parte de nuestros jóvenes manifestará distintas emociones. A algunos se les habrán abierto las puertas de sus sueños; otros, simplemente, tendrán que esperar o decantarse, mientras tanto, por otra opción.
Llevo más de cinco años teletrabajando como profesora de refuerzo de filosofía. Después de mi experiencia en un instituto privado, elegí la enseñanza individual y personalizada. Era muy frustrante no tener apenas tiempo para atender a mis alumnos adecuadamente; de las cuarenta horas de la jornada semanal, treinta y dos eran lectivas, aparte los exámenes a deportistas de élite, junto con otras tareas que tenemos los profesores. Esto me impedía investigar sobre dificultades de aprendizaje. También, era desalentador notar cómo el cansancio y la impotencia se iban apoderando de mí; mantener la motivación de los grupos, al mismo tiempo que trataba de que el alumnado con DEA (Dificultades Específicas de Aprendizaje) recuperara la ilusión y frenar las burlas de sus compañeros, me sumió en un estado de estrés.
Además, los conocimientos de la psicóloga del centro educativo con respecto a las adaptaciones en dislexia y su ausencia de empatía me escandalizaron. La gota que colmó el vaso sucedió después de un hecho. Había transcurrido poco tiempo desde el comienzo de curso, cuando una alumna de segundo de la ESO me pidió leer en clase, leía con dificultad, entendí que lo estaba pasando mal, y protegiéndola, le recordé que no estaba obligada, no obstante quiso seguir leyendo. En seguida, fue interrumpida por las risas de dos compañeros. Aunque lloró un momento, les gritó con seguridad que era disléxica. Reprendí a los chavales.
Nada más terminar la clase, me encaminé a hablar con la psicóloga. Le conté que, tras el incidente, había explicado a la clase qué era la dislexia. Le pedí que viniera a la próxima clase y ayudase a normalizar los problemas en lectoescritura de la valiente alumna, los cuales nada tenían que ver con la inteligencia. Le habían faltado el respeto, merecía más apoyo. Para mi sorpresa, la psicóloga me amonestó diciéndome que cómo se me ocurría decir, delante de esos dos chavales de trece años, que la alumna era disléxica, como si ellos fueran los capos de la mafia y yo la consigliere.
Hasta aquí podíamos llegar.
Tras mi paso por este instituto de secundaria, sentí que necesitaba más formación. El máster de profesora de secundaria no me había dotado de herramientas para atender la diversidad. Los conocimientos teóricos ayudan, sin embargo, nada ni nadie te prepara para la compleja realidad. Aprendes la profesión con la experiencia (aciertos-errores-aciertos...); investigando y preguntando a otros colegas, y en ocasiones, a otros profesionales como pedagogos, psicólogos especializados en educación u optometristas.
Hace unos días vino Marc con su familia desde Mallorca. Nos encontramos por primera vez en persona. Hemos estado juntos aprendiendo durante el Bachillerato. Cuando Marc me dijo que era disléxico y TDAH, le pregunté por las adaptaciones que le hacían los profesores. Casualmente, su profesora de Filosofía era la que menos adaptaciones le hacía. No le dejaba entregar los trabajos en soporte informático, le contaba las faltas ortográficas, tampoco podía examinarse oralmente y sus materiales eran más escolásticos que didácticos. En definitiva, su docente, no tenía en cuenta el DUA (Diseño Universal de Aprendizaje). Cuando tienes el aula llena de diversidad, lo mejor es tener una metodología útil para todo el mundo.
No obstante, todavía hay muchos prejuicios con las adaptaciones por falta de formación de los docentes. Las adaptaciones en lectoescritura están lejos de ser un privilegio, sino que son un derecho recogido en leyes educativas. Por lo tanto, de la misma manera que a un chico/a que tenga problemas de visión, en clase no se le prohíbe el uso de gafas, al alumnado disléxico, privarlo de adaptaciones, es lo mismo que dejarlo sin sus gafas.
En nuestras clases online, tanto Marc como Iker, también con el mismo diagnóstico, se expresaban y discurrían con una madurez superior a muchos alumnos. Ambos no lo habían tenido fácil para ir superando cursos; seguir el ritmo preestablecido les había supuesto un sobreesfuerzo. En el caso de Iker, su diagnóstico llegó en primero de la ESO, y por consulta privada. Bastante tarde. Una detección temprana es clave, minimiza el tiempo de los efectos colaterales que dañan la autoestima, como también que somaticen con alergias, asma, frecuentes dolores de cabeza y estómago según los pediatras y neuropediatras一.
Tanto Marc como Iker desarrollaron otro tipo de estrategias para compensar no saber qué les pasaba; ante la falta de adaptaciones fueron más ocurrentes e ingeniosos. Y, cuando lo supieron, año tras años sus madres debían acudir a los centros para que se les aplicaran las adaptaciones, encontrándose enormes barreras. A pesar de las adversidades, ambos tienen un pensamiento holístico y lateral maravilloso, que también se consigue cuando quieres aprender a pesar de los obstáculos. Siempre han tenido el apoyo de sus familias en la travesía hasta finalizar segundo de bachillerato. Ayer supe que a Iker le llega de sobra la nota para entrar en psicología. En Historia de la Filosofía obtuvo un notable. Exploté de alegría.
Cuando le conocí, Iker omitió sus dificultades; yo olvidé preguntarle 一me disculpé一. Me enteré por su madre hablando de otro tema. Iker me confesó que le daba vergüenza decirme que era disléxico. Me produjo mucha pena. Confío en que en adelante olvide a aquellos profesores que le dijeron que no servía para estudiar lo que le apasiona. Sé que se recuperará de la ignorancia de los que un día menospreciaron sus capacidades. Igual que Marc.
Ante la inminente PAU, pregunté por las adaptaciones en el País Vasco. El año pasado TRENCA-DIS (Asociación de Dislexia y otras DEA de la Comunitat Valenciana) consiguió unas adaptaciones históricas. Cuando su madre me mostró que solo le habían concedido quince minutos más en cada examen, me indigné. Seguidamente, me puse a investigar y legalmente tenía derecho a otras más. Le dije que fuera a su centro de secundaria a preguntar qué había pasado. Reclamaron, aunque estaban fuera de plazo, pero consiguieron que las faltas ortográficas no descontaran de acuerdo con la ley. Podían descontarle hasta un punto en cada examen. Recordemos que los alumnos con dislexia son ciegos a las faltas de ortografía. De ahí, que no tenga sentido penalizarles por cometerlas.
Los aspectos positivos de la asignatura de Filosofía para cualquier ser humano son muchos. Pero, especialmente, para aquellos jóvenes que se han sentido excluidos, diferentes y maltratados, impidiendo desarrollar sus talentos y que florezcan sus aprendizajes. Las preguntas filosóficas: ¿qué es la justicia?, ¿qué es la verdad? o ¿qué es la felicidad? con las que se inician en la asignatura, y algunas de sus respuestas, ya las han pensado ellos antes. Los profesores, poco a poco, les vamos acercando a los tecnicismos —palabrejas según Iker—; tratamos de hacerles conscientes de que, a pesar de su juventud, ya poseen autoconocimientos. Ellos son los protagonistas, nosotros sus acompañantes; guiándoles con preguntas y escuchando las suyas. El profesorado no tiene el monopolio del conocimiento. La filosofía es imprescindible para que suenen sus voces.
La filosofía potencia la sensibilidad, el entendimiento, la convivencia, la ciudadanía, la lógica, la imaginación... Valoro mucho el esfuerzo de mis compañeras/os que están al pie del cañón, en los institutos de secundaria, públicos y privados, y tienen que atender al mismo tiempo a un número mayor de alumnos que el mío. Al principio, después de la experiencia brevemente relatada, sentí que había fracasado como profesora por haber abandonado mi puesto de trabajo con grandes grupos. Aunque, con la experiencia, me he dado cuenta de que ambas posibilidades de recibir clase son beneficiosas y complementarias. Recientemente, he barajado la idea de regresar al instituto. Todavía no le he puesto fecha. Tampoco necesito correr. En esta ocasión, sería a un instituto público.
Tal vez, porque yo también tuve y tengo DEA, y soy de una generación distinta (EGB, BUP y COU), siempre eché en falta un tipo de ayuda que no se me brindó. Por suerte, a pesar de las trabas del viejo sistema educativo, logré acceder a la universidad. De niña sentía que, bajo el amable cartel del colegio municipal, coronando la puerta del recinto, se escondía una silenciosa violencia; invisible a los ojos de los adultos que no eran maestros. Estos últimos no dudaban en segregar a los que no cumplían con los estándares establecidos para su edad de maduración cognitiva. En otras ocasiones, las malas maneras se evidenciaban en el lenguaje, burlas e incomodidades hacia los neurodivergentes por los neurotípicos; agresividad psicológica, obviada por alguno de los maestros. A menudo en el patio me preguntaba: «¿Es necesario todo este suplicio para tener educación?». Menos mal que en tercero de EGB apareció el mejor maestro: Marcel.li, mi tutor durante tres años. Nos protegió. Me motivó muchísimo y soñé con ir a la universidad.
Los profesores de la asignatura de Filosofía aspiramos a sembrar el sentido crítico en nuestros jóvenes, que les vacune contra los totalitarismos, y que los anime a buscar respuestas de manera autónoma, así como que reconozcan el valor de la diferencia y a respetarlo.
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