Un faro que va más allá de velar por los viajes seguros de los navegantes. Un elemento a erigir para lanzar un mensaje de advertencia. Es la historia que se esconde tras el proyecto de edificación de una torre alta en el islote Perejil ante el temor de abrir a otras naciones una puerta de acceso a Ceuta.
Las intenciones que rodean a esta iniciativa fallida se remontan al año 1887. Las tensiones de años previos por los intentos ingleses, norteamericanos y franceses por hacerse con el terreno despertaron de nuevo la posibilidad de implantar la soberanía española en la isla.
Así lo señalan Javier Gil y Óscar Garrido, integrantes del Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado, en un artículo publicado en la revista Historia actual online en el año 2014. El escrito, denominado ‘La isla Perejil, la perla decimonónica del Mediterráneo’, desvela los motivos que giran en torno a esta ideación de alzar esta baliza y los documentos en los que quedan recogidos esta pretensión.
A estas informaciones se suma la publicación de los planos de la edificación. El Archivo histórico de Cádiz se ha hecho eco de los mismos recientemente a través de sus redes sociales. Los trazos, datados en noviembre, pertenecen esta atalaya que se quedó en el tintero y que nunca vio la luz. El ingeniero a cargo de la actuación era Enrique Alan, ingeniero jefe de la provincia de la ciudad andaluza.
El importe previsto de gasto en el material era de 37.870 pesetas y de 43.551 para la ejecución de la obra. El faro, en inicio, iba a ser de orden seis, es decir, el más pequeño y el de menor alcance dentro de la clasificación establecida en función del tamaño de las lentes y de la distancia a la que se proyecta la luz.
Los recelos que florecieron veinte años antes llevaron a la redacción de un informe. Fue en este texto en el que se mencionó por primera vez la sugerencia de construir la torre. Perteneciente a la Dirección General de Ingenieros del Ministerio de la Guerra, fue elaborado el 13 de febrero de 1887.
Bajo el título “Disposiciones para la ocupación de esta isla con motivo del conflicto europeo”, se efectúa un análisis de las características y utilidades del islote, así como una serie de propuestas “por conveniencia propia y para evitar que otra nación lo tome”.
El estudio señala por primera vez el planteamiento de edificar la baliza junto con la explotación de las canteras de mármol, una iniciativa que los autores interpretan como “un pretexto de la ocupación”.
El artífice de este proyecto fue un comandante exento de Ceuta del que no se cita el nombre. Las conclusiones las sacó a raíz de una observación de su utilidad geográfica. Fue el 31 de enero cuando este militar designado a esta encomienda trasladó la memoria con sus argumentos de por qué convendría elevar un faro en la punta norte.
La primera razón de su edificación era que, a su juicio, no era “fácil” convertirla en “una estación naval”. La segunda indica que, para asegurar una defensa efectiva del Estrecho, no podría hacerse “únicamente con baterías” y que la localización de este espacio “ofrece una buena posición como emboscada marítima para corsarios y torpederos”.
A estas se suma el pensamiento de “que en poder de otra nación tendría gran importancia” para la salvaguarda de la zona marina y de “la plaza de Ceuta por ser la llave de acceso al boquete de Anggera”, así como que la protección “material de la isla es fácil y poco costosa”.
Gil y Garrido apuntan que el documento en el que se desgrana esta información es una copia del original elaborada por la Sección Política del Ministerio de Estado. El texto también plasma una descripción física del terreno. “Es de roca caliza, tiene forma triangular y una extensión de Este a Oeste es de novecientos metros y de Norte a Sur de cuatrocientos noventa”, destacan en el artículo.
Indica otros aspectos como la altura o de su perímetro “escarpado e inaccesible excepto por cuatro calas” o la presencia de restos de fortificaciones que fueron iniciadas en el siglo XVIII, pero que nunca llegaron a ser terminadas. El comandante especificó que era necesario no solo un faro, también la apertura de trincheras “para desembarazar los caminos”, facilitar el acceso por las calas de Levante y Poniente y dificultar el acceso desde otros puntos.
La Dirección General de Ingenieros de la cartera ministerial de la Guerra reflejó en el escrito su opinión tras conocer la perspectiva del militar. Los integrantes de del ente indicaron que “en previsión de complicaciones exteriores, no conviene que la Isla Perejil siga abandonada como hasta el presente lo ha estado”.
Destacaron que “el derecho de España a su posesión no sería suficiente para que deje de ocuparla cualquier otra nación cuyos intereses en el Mediterráneo la indujeran a utilizarla”.
Sin embargo, hicieron hincapié en que “solo al gobierno de S. M. compete determinar lo que estime más conveniente respecto a la toma y recomienda actuar con gran reserva al comenzar los trabajos que por el Ministerio de Fomento hayan de hacerse para construir el faro propuesto”.
Más tarde, ante la sospecha de contrabando procedente de Gibraltar en este sitio, la reina regente María Cristina de Habsburgo ordenó en julio a la división de Guardacostas de Algeciras hacer visitas periódicas en el lugar y que analizara “el interés de establecer alguna luz para que, sobre todo en invierno, puedan tomar el islote las fuerzas de estas embarcaciones de vigilancia y pescadores españoles en la zona”.
La idea fraguada al calor del estudio se quedó en una mera intención con la entrada en escena del ministro plenipotenciario de España en Marruecos, José Diosdado y Castillo. Ante la preocupación por informaciones sobre una posible ocupación del islote, contactó con el ministro de Estado, Segismundo Moret y Predersgat.
El primero le explicó al segundo que el ministro de Negocios Extranjeros del sultán de Marruecos trasladó dicha reclamación tras escuchar en boca del bajá de Anggera que en el terreno había sido colocado un poste de madera “con un rótulo que indicaba que pertenecía a España”.
Diosdado respondió al ministro marroquí que le comentó la situación que “que los de Anggera lo echaran abajo y que si éstos encontraban resistencia por parte de algún español, que le pidieran el título de propiedad y no siendo legítimo no hiciesen caso de sus protestas”.
A este motivo se une el hecho de que su homólogo inglés, sir W. Kirby Green, había aludido al mismo suceso. “El británico expuso que en dos ocasiones un vapor español de la compañía Haynes había visitado el islote y que tenía reportes que apuntaban a que el gobierno español había dado órdenes de ocupar la isla y construir un faro en su delimitación”, relatan en la publicación.
Diosdado, al oír sus palabras, negó la edificación de la torre de señal. Ese día el ministro de Estado respondió a su petición y le alertó sobre un artículo del diario El imparcial. El periódico defendía la soberanía española sobre este espacio y aseguraba que se iba a efectuar este proyecto para implementar la baliza.
“Moret sostiene que lo expuesto es inexacto y reconoce que lo único que ha hecho el gobierno español ha sido enviar empleados del Ministerio de Fomento a Perejil para estudiar la posibilidad de desarrollar este plan, pero sin resolver la instalación hasta después de conocer la opinión facultativa”, señalan Gil y Garrido.
El medio de comunicación también argumentaba que “es propiedad del país dese la guerra de África y como consecuencia de la cesión del fondeadero de Benzú”. El ministro de Estado, al conocer esta afirmación, solicitó al representante español en Marruecos que comprobara la documentación que conste al respecto en la legación española en Tánger acerca de este asunto.
“El día 19 de noviembre Diosdado contesta a Moret que el plano de los límites de Ceuta acordados en el tratado de Wad-Ras, que fue levantado por la brigada topográfica, debe hallarse en el Ministerio de Estado o en el de Guerra”.
Sin embargo, Diosdado trasladó que “no hubo tal cesión” y que “España siempre ha reconocido que el islote pertenece a Marruecos como lo demuestra el hecho de que en distintas ocasiones el gobierno español se ha dirigido al marroquí con el fin de que no permitiese la ocupación de la isla por tropas extranjeras”.
El Imparcial, más tarde, se hizo eco de otro texto en el que se retractaba del primero. Finalmente, tras el intercambio de conversaciones, el faro del islote Perejil quedó en papel mojado. Nunca llegó a alumbrar con su luz a navegantes.
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