El cáncer no termina tras la operación o el tratamiento. Sigue y convive con la persona después de la quimio o la radioterapia. Su rastro es el impacto que genera en el día a día. El dolor y el cansancio son las huellas invisibles que porta. Detrás de las cifras hay nombres, algunos en Ceuta. Fanny Lara las lleva con ella.
Sin negar la dureza de su situación, le da protagonismo a las luces que la rodean en la oscuridad. Esas son su familia, su trabajo y la academia LSMS. La ceutí de adopción, ante sus espejos y las fotografías de las paredes, encuentra su refugio.
La danza llegó antes que el diagnóstico. Fue en 2013 cuando cruzó las puertas del estudio por primera vez. Desde ese momento se ha convertido en un ingrediente indispensable en su vida.
Fuerzas
“El baile me ha dado fuerzas para afrontar el cáncer”, expresa. Conmovida, pero llena de naturalidad y autocomprensión, poco a poco desnuda su alma y revela una realidad muy silenciada en la sociedad.
No finaliza. No se va. La afección se plasma de pies a cabeza. Se refleja en la pérdida de movilidad, en no tener energía o en aflicciones. Se observa, aunque se palpa menos, en las emociones internas que florecen al ver cambios hasta en la cotidianeidad.
Antes de tomar 72 pastillas al mes, hubo una historia previa. E incluso otra más anterior que fue el punto cero. Todo comenzó en el 2020. “Fue en diciembre de ese año. Me detectaron uno de mama en estadio tres c. Me quitaron el pecho izquierdo y 22 ganglios, de los cuales 16 tenían metástasis”, expone.
Retomar la vida
Tras eso vino la quimio y la radio. Después de seis meses de proceso, lo terminó. Volvió a su trabajo en septiembre, pero, ya nada era igual que antes. La intervención resultó en una discapacidad física. El entorno laboral también se transformó. Integrante de CSIF, el sindicato implementó un protocolo para que ejerciera su puesto en condiciones óptimas.
Lo que simplemente parece reanudar es, en realidad, empezar de nuevo. “A los cuatro años empecé a tener problemas al tomar Tamoxifeno. Experimenté efectos muy raros. Incluso llamé a la ambulancia un par de veces”, cuenta. “Recuerdo que fui a un congreso. Me daban bajadas y subidas de tensión”, detalla.
Ahí fue cuando un médico le dio de nuevo otra noticia. El cáncer se había reproducido, en esta ocasión a la zona suprarrenal y en los ganglios localizados en el cuello. “Me quitaron cinco. Me dijeron que era el mismo que el primero. Al menos no era de otro tipo. También me comunicaron que hay tratamiento para este”.
Priorizarse
Pasó por la terapia dirigida. Al tiempo, las pruebas de imagen aseguraron que ya había erradicado lo que apreciaron tres meses atrás. Sin embargo, el resultado no era un sinónimo de cura. “No significa que no tenga la enfermedad. Está ahí. Es uno avanzado metastásico”, traslada. “Vivo el día a día”, agrega.
Cerrado ese capítulo, prosigue, pero no sin consecuencias. “Yo antes no tenía barrera. Ponía mi cuerpo al límite porque estaba bien y ya cuando estaba muy cansada es cuando me iba a la cama. Ahora no es así”, menciona.
Los parones y la pérdida de fuerzas le han enseñado un mensaje importante que no es otro que el de cuidarse más. “Me priorizo. Cuando veo que no puedo, me siento en el sofá. Si no puedo hacer nada en un día, pues no lo hago. Si no puedo coger peso, no lo hago”, explica.
“Lo primero eres tú”

“Puedo pedir la compra a domicilio o que mi marido vaya al super”, indica. Cualquier gesto rutinario puede ser una fuente de debilitamiento. “Creo que estos días he tenido una contractura por haber limpiado en casa. Me ocurrió después de ese esfuerzo”, relata.
“Es por eso por lo que lo primero eres tú misma. Lo demás da igual”, manifiesta. “Antes yo no me escuchaba. Salía, bebía una copa y demás. Ya no bebo alcohol. No fumo ni como azúcar”, destaca.
No es la única metamorfosis por la que ha pasado. El tratamiento desembocó osteoporosis y artrosis. De hecho, se sometió a quirófano para retirar parte de los órganos reproductores. “Si no lo hacía tenía que hacerme una castración química. Ahí aún tenía la regla. Este cáncer es hormonal y puede verse alterado por eso”.
La frustración ha llamado a su puerta en más de una ocasión, pero la sobrelleva. “Tengo 49 años. Parece que son 60. No quiero pensar en el futuro, no está escrito. Voy a hacer todo lo que esté en mi mano para estar bien”, narra. “Si alguien se pusiera en mis zapatos un día, no lo aguantaría”, señala.
Las repercusiones son múltiples. “Nadie te dice nada. Se dan efectos secundarios, incluso a nivel sexual. Es tabú, pero existe”, añade. Esa es la razón por la que cree que informar sobre la batería se impactos que vienen después.
Estilo de vida

Desde la dieta hasta el ejercicio todo está diseñado para Fanny. Se esfuerza por tener una calidad de vida, aunque admite que lo idóneo es que la ciudadanía tenga un buen estilo de vida independientemente de su estado de salud.
“Voy a una nutricionista. Ella me dice qué es lo que tengo que comer. Tomo mis suplementos y llevo un control analítico de todas las vitaminas”, indica. “Es lo responsable y lo que todos deberíamos hacer en la vida”, reflexiona. A ello se agregan las sesiones semanales de fisioterapia, para las que cuenta con el fuerzo de la AECC.
“Es un concepto que inculco a mis hijas. Les hago hincapié en que su cuerpo es un templo y que es necesario cuidarlo. No hacerlo pasa factura más tarde”, traslada. “Si se entra en el debate, según los estudios hay muchos factores que influyen en el desarrollo del cáncer. Uno de los principales es la nutrición”, recalca.
Reflexiones
Fanny se vale por si misma y se costea todos los recursos de los que requiere. Sin embargo, considera que se debería ayudar más a quienes están en una situación similar. Demanda la cobertura de suplementos y de otros auxilios, así como la implementación de una reserva para usuarios con discapacidad en las clases del ICD. El ejercicio es fundamental para ella y, a veces, se topa con la imposibilidad de entrenar porque ya están todos los cupos adjudicados.
Tampoco se siente cómoda con cómo el mercado saca nuevos fármacos u opciones curativas a un precio muy alto. Estima que, con el cáncer, no se puede hacer negocio. De hecho, expone como ejemplo los 180 euros que cuesta cada sesión en una cámara hiperbárica para reducir su dolencia.
Todo lo que afronta en sus propias carnes también le ha impartido lecciones. Es por ello por lo que, al preguntarle qué consejo le daría a una persona que acaba de salir del proceso del tratamiento, sabe qué contestar. “Lo primero es que se escuchen y, en el momento que noten que algo les duele, deben parar o ir al médico. Es necesario estar muy cuidado”.
El baile
Alrededor de ella están su familia, sus amigos y su empleo. Son el colchón sobre el que puede descansar de vez en cuando. “No me dejan caer”, destaca. A esa lista se suma otro componente más de gran relevancia.
Ese es el baile. “Ir a danza es sinónimo de vida. Se me olvida todo en esa hora y media”, concreta. De hecho, sus compañeras fueron de las primeras en saber acerca de su diagnóstico. “Al poco fui a LSMS a contarlo. Todas me dijeron, ‘venga, a bailar’. Dejé de llorar. Me abrazaron”, rememora.
Fanny navega sobre la tormenta. Busca su propio rayo de luz a través de quienes la acompañan, de sus viajes y del flamenco. Afronta con la mirada en alto cada paso que avanza hacia adelante.







Eres una campeona! Muchas gracias por contar tu experiencia. No ayuda a muchas.
Un super abrazo
En Ceuta se hace muy necesario potenciar el servicio público de salud. Más inversión pública en la sanidad ceutí.