La libertad de uno termina donde empieza la del otro. Aseveración ésta que hace tiempo debería haber sido asimilada por la población. La realidad nos dice lo contrario. Cada día aparecen nuevos ejemplos de invasión de intimidad, auténticos acosos como los que se están produciendo con los famosos escraches. La ya conocida presión, que se ejerce sobre las viviendas de los políticos a los que se culpa de los desahucios, ha terminado por dar forma a auténticas situaciones delictivas que pueden terminar yéndose de las manos de quienes están detrás de las mismas. En este ‘todo vale’ surgen algunas consideraciones políticas que no ayudan a que las aguas vuelvan a su cauce (las manifestaciones ayer de Cospedal no hacen sino caldear el ambiente), pero también es cierto que no se aprecia interés alguno por quienes fuerzan esta situación de locos por retomar el respeto perdido y recuperar esa consideración democrática que debe definir toda forma de gobierno. En la ronda de comparecencias públicas llevadas a cabo por miembros de distintos partidos, ayer le tocó al diputado por Ceuta Francisco Márquez hablar de lo que está pasando en el país, buscando, de esta forma, dejar claro que el camino adoptado por algunas plataformas ni ayuda a arreglar el desaguisado existente ni, mucho menos, es la forma democrática y respetada de poder dar una solución al problema ya enquistado de la crisis y sus consecuencias.





