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Encuentro entre Jesús y el Bautista

Por Redacción
23/08/2015 - 05:46

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Siempre que voy a Israel no dejo de visitar el río Jordán, por los parajes preciosistas que se encuentran en sus riberas, y siempre aprovecho para recordar el ritual del bautismo que allí ocurrió en tiempos de Jesús, cuando el Precursor, Juan el Bautista, bautizaba a los que le seguían.

Sus alrededores forman parte de un terreno baldío, sin casas cercanas, ni campos de cultivo. Pero todo en su conjunto, resulta bellísimo, desde su nacimiento, con abundancia de caudal, con unas aguas cristalinas, de las que siempre bebemos al estar allí, y desde donde comienza a correr el río lentamente, sin apenas desniveles en su lecho, de poca profundidad y de una anchura de unos veinte metros. Su color es verdoso, aunque las arenas y el fango del fondo lo enturbian, y sus aguas parecen llegar sucias. Allí se respira un ambiente espiritualizado, en el que parece que nos transformamos en otras criaturas de mayor sensibilidad. Como si viniéramos de otro mundo tranquilo y  pacífico. Aquellas tierras desnudas nos disponen para oír cuantas voces celestiales nos quieran hablar en nuestro corazón, en nuestro espíritu.
…Hay un gran gentío en este día. Unos hombres van vestidos ricamente y con vivos colores. Otros van como los fariseos, con adornos y franjas de tiras en la vestimenta. Otros llevan las ropas propias de los campesinos de la zona. Allí está subido en un peñasco Juan el Bautista, hablando a la multitud, como si fuera un rayo o un terremoto. Él es una avalancha que se nos echa encima. Si Jesús llamó a Santiago y Juan “Hijos del Trueno”, ¿cómo llamaría al Bautista? Hablaba del Mesías y pedía impetuoso con gestos que hacían más duras sus palabras, que preparasen sus corazones para poder recibirlo sin obstáculos en el alma. “Enderezad los caminos…”y su voz se hace de hierro. Es un cirujano que rasga y corta sin miramientos. Sus palabras las encontramos con facilidad en los Evangelios.
Por un caminillo largo a ras de la hilera de arbustos que dan sombra a todo el Jordán, baja Jesús. Es un camino con muchos recovecos, que lo venían usando desde antiguo los caminantes que vadeaban el río por su parte menos profunda. El caminar de Jesús es tranquilo. Avanza solo. Juan está de espaldas y no lo ve. Parece que Jesús no tocase tierra, pues no hace ruido al andar. Viene como uno más, a recibir el bautismo, pues así esperarían con limpieza del alma la venida del Mesías.
En Él, en Jesús, no se percibe señal divina, ni de señorío, pero Su porte es majestuoso. Sin saber por qué, Juan ha parado en seco su arenga. Pensativo, observador, siente la emanación espiritual que viene de Jesús, y se vuelve. Enseguida se da cuenta de su emoción. Baja del peñasco que parecía un púlpito de sinagoga, y va veloz hacia Jesús, que se ha parado a esperarle muy cerca de él y se ha apoyado en el tronco de un árbol cercano con una leve sonrisa.  Ambos se miran con fijeza y seriedad. Una mirada azul y dulce, frente a otra mirada de ojos negros y severos, que miran con mirada penetrante y con el fulgor de un rayo. Aunque se parecen en la elevada estatura, son completamente distintos. El rostro de Jesús es de color marfil y pelo rubio, que compagina con Sus ojos azules y vestidos sencillos. El de Juan es distinto: cabellos negros, desiguales, hasta la espalda. Y sus mejillas presentan oquedades de los continuos ayunos. Sus ojos negros, muy vivos, que lo escudriñan todo, y su tez está quemada por el sol. La vestimenta que lleva es de piel de camello, que le hace estar casi desnudo; con un cinturón de cuero ancho cubriéndole casi la espalda. Y aunque tenga el aspecto de un salvaje, sus conocimientos en Las Escrituras le hacen ser un grande de Israel. No podemos confirmarlo, pero algunos estudios apuntan que podría haber sido educado entre los esenios del Mar Muerto, un grupo ultra religioso fundado en medio del desierto de Judea. Quizás su madre se lo llevó a esos parajes escondidos, recónditos, huyendo de la matanza de Herodes.
El bautismo que Juan imparte es para una preparación del hombre ante la inminente llegada del Mesías. En un instante siente Juan una emanación espiritual ante la presencia de Jesús, como la sentiría estando en el vientre de su madre, Isabel, de manera que “el niño saltó de júbilo” al presentarse María encinta de Su Jesús. Juan lo observa con mirada penetrante y grita: ”¡he aquí el Cordero de Dios! ¿Cómo es posible que venga a mí el que es mi Señor?”
”Para cumplir con el rito de la penitencia”, le contesta Jesús de forma pausada. “¡Jamás, Señor mío! Soy yo el que ha de ir hacia Ti, para mi santificación”. Juan se inclina ante Él y Jesús le pone la mano sobre la cabeza y dice:
“Deja que se haga como Yo quiero y tu rito se convierta en el principio de otro misterio de mayor altura, que avise a los hombres que la Víctima ya está en el mundo”. Jesús se quita el manto y la túnica y se queda sólo con su calzón interior. Entra en el agua y Juan entre lágrimas, con el tazón o concha que cuelga de su cintura, culmina el ritual. Cuando ya se marcha Jesús, Juan lo señala y dice a la multitud que el Espíritu de Dios  le había dado señal inequívoca que era el Redentor, el verdadero Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.
El alma de Juan estaba preparada desde el vientre de su madre. Poseía por ello, una inteligencia sobrenatural, por su estado de Gracia, pues la costra de culpa original se desprendió de él, ante María, Copón Viviente. Se dice en el Génesis que Dios hablaba con Adán familiarmente antes de perder la inocencia, “bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Juan era el Precursor en anunciar al Mesías, de purísimo corazón,  humilde, y su fin era el martirio, en defensa de la Ley de Dios. Juan no tenía necesidad de señal, pero los demás sí, porque sus inteligencias eran pobres. Jesús no tenía necesidad de bautismo, pero había llegado la hora de que ambos se juntasen en aquel lugar.
Jesús había salido de Su casa y Juan había salido de su cueva en el desierto. Era una forma de manifestar que El Mesías ya estaba en el mundo. Y El Padre quiso que la Paloma Divina lo anunciase:”He aquí a Mi Hijo muy amado….”
La primera manifestación había sido a los Magos en Su Nacimiento. La segunda fue en el Templo. Ahora sobre el río Jordán. Después vendrían muchas otras, aunque la ceguera del hombre no las acepte. Sin embargo, el Señor vuelve para salvarnos una y otra vez.
Bibliografía: “Poema del Hombre Dios”, María Valtorta; Mateo 3,13-17; Marco 1,7-11;21-22; Juan1,29-34;Marco 3,13-18, Luca 9,54;Génesis1,26-29; 2,16-19; Luca 1,15 y 41.

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