“Algunos hay, dice Sextio, a quienes aprovechó mirarse al espejo estando irritados: asustados por aquella transformación, creyeron tener delante una realidad, y no se reconocieron”.
Séneca, De la ira, Libro segundo, XXXVI
“Cuando busques venganza, cava dos tumbas”
Proverbio chino
Por su parte, de Spinoza conviene retener, dentro de una filosofía sistemática que pretende abarcarlo todo, su propuesta en torno a cómo la manera en que somos afectados nos hace formarnos en la mente unas ideas que son, algunas, adecuadas, y otras inadecuadas. Es preciso advertir que la ética de Spinoza no es una ética perfeccionadora, sino del autoconocimiento y de la aceptación, dado que para él la realidad es, en sí misma, perfecta, como expresión de Dios que es.
Todo lo que ocurre es una manifestación de lo divino, y ocurre porque no podía ser de otra manera, por tanto, ¿por qué tratar de modificar lo que no está en nuestra mano? Sin embargo, aunque todos los afectos
(emociones) son necesarios, no todos son convenientes.
En las experiencias que tenemos del mundo, el cuerpo queda afectado, en lo que hoy llamamos emociones y sentimientos.
Estos afectos corporales provocan que nos hagamos unas ideas en la mente de lo que es el mundo, pero estas ideas pueden ser apropiadas (comprensión cierta de qué es la realidad) o inapropiadas (falseando la realidad, interpretándola de manera errónea).
Ahora bien, ¿cuál es el criterio para distinguir unas de otras? No es otra cosa que lo Spinoza llama conatus. Las ideas apropiadas nos llevarán a emprender acciones que potencien nuestro ser, que nos hagan ser más, que nos lleven al desarrollo de lo que en realidad somos, y por tanto favorezcan nuestra libertad (que no es poder elegir, sino comprender que en realidad todo es como tiene que ser).
Un ejemplo es la alegría: motivante, estimulante, que lleva a emprender acciones con entusiasmo. Las ideas inapropiadas, por su parte, son pasiones (llaman a la pasividad), y sus consecuencias son que disminuyen nuestro ser, lo marchitan, haciéndonos confundir la realidad con nuestros estados de ánimo (caprichosos, irreflexivos), causando el descontrol propio de una vida desordenada, gobernada por un mundo apático y/o sentimentaloide. Un ejemplo podría ser la tristeza, o el miedo; no en vano, las típicas expresiones corporales de alguien temeroso es la de encogerse, ocultarse, agazaparse, bajar la voz, la mirada, retraerse.
La labor de la ética, según Spinoza, está en sustituir (no suprimir) las ideas inapropiadas por las apropiadas, a través de la comprensión racional del mundo. De nuevo vemos que, si queremos potenciarnos plenamente, necesitamos el gobierno de las emociones, que es precisamente el título de un magnífico libro introductorio de Victoria Camps.
Por otra parte, Hume hace una propuesta que se enmarca, de nuevo, en un sistema que pretende conectar las diferentes esferas de la realidad. Para empezar a entender su propuesta, hemos de tener en cuenta la clásica, aunque ya desfasada (y sin embargo muy útil para entender bien su punto de partida) distinción entre razón y emoción. Para él, la razón se ocupa de hechos objetivos, descripciones del mundo y constataciones de lo que percibimos de la realidad a través de nuestra experiencia y de nuestros sentidos; en otras palabras, la razón se ocupa de la verdad o falsedad de los hechos empíricos, por lo que responde a preguntas como del tipo: ¿es verdad o no que me han mentido?.
Pero Hume advierte de que no hay hechos morales, sino que la valoración moral (y también estética, por cierto) es una proyección del sujeto (el ser humano) sobre el objeto (el mundo) en base a su aprobación o desaprobación. De esta manera, responde a preguntas como: ¿apruebo la mentira?
Hume encuentra en el concepto de simpatía el germen de nuestros sentimientos
morales. De nuevo hemos de hacer una apreciación etimológica para entender mejor a nuestro filósofo. Simpatía proviene del griego y significa compasión, pero no en el sentido que le damos hoy en día, de gran influencia cristiana, sino en el sentido que le damos hoy al término empatía. Somos seres morales porque tenemos capacidad de empatizar con otros seres, de nuestra o de otra especie, y tenerlos en cuenta a la hora de tomar decisiones.
Hume entiende que esta capacidad es intersubjetiva, y que nos apela para decidir, en caso necesario, aquello no solo que es más conveniente (agradable, útil) para mí, sino también, y a veces incluso sobre todo, aquello que es conveniente (agradable, útil) para los demás. A pesar de ser una capacidad disponible, Hume tiene claro que es algo que se aprende y que puede ser modificado por el aprendizaje, atravesado por el hábito. Pues no es ningún héroe moral quien se da a los demás una vez, sino quien se da de continuo empatizando con las personas afectadas por mis acciones.
Así pues, estamos en mejores condiciones para responder a la pregunta inicial: aun sabiendo lo que debo hacer, ¿por qué debería hacerlo? La respuesta sugerida es: porque así, probablemente, nos sintamos mejor con nosotros mismos, con los demás, con el mundo que nos rodea. Porque el deber moral deja de ser, de repente, una carga, para convertirse en algo disfrutable, en algo que queremos seguir sintiendo, y por tanto, seguir haciendo.
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