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Los secretos íntimos de las raíces vitales

Estoy de acuerdo con que la definición que más se aproxima al misterio de la vida humana es la del encuentro casual, ese secreto revelador de las raíces íntimas que, igual que en las plantas, están enterradas en el fondo de nuestras inconsciencias. Por eso es comprensible que las ciencias no sean capaces de explicar plenamente la intimidad profunda del hombre o de la mujer ni, por lo tanto, de interpretar las razones de la sintonía de unos comportamientos valorados por los otros como extraños.

Todos tenemos experiencias de la ineficacia de los razonamientos lógicos para descubrir el fondo de nuestras decisiones y todos hemos comprobado lo difícil que es lograr que los demás se pongan en nuestra piel. Por eso opino que pretender que nos entiendan racionalmente es un objetivo inalcanzable e inútil, sobre todo, si prescindimos de los sentimientos que experimentamos en la amistad que Isabel Canales canta en el primer poema de su poemario titulado Fluye la vida, y que es luz, “cuando el ánimo se desmaya/ y el dolor cruje… cuando soplan vientos fuertes y la guía hacia el amanecer”.

Como todos sabemos, las reflexiones son, frecuentemente, "racionalizaciones", meras justificaciones de conductas o -quizás- injustificables explicaciones de las aparentes contradicciones. La mente es nuestra arma de protección y, por eso, aunque razonamos para defendernos, no nos resulta fácil explicar las raíces profundas de nuestros comportamientos cuya coherencia no suele ser clara. Por eso es tan fácil criticar y tan difícil comprender.

Aunque, por ejemplo, en el poema “Despedida” Isabel confiesa que parte de su ciudad con la añoranza natural del que se deja algo, no tiene más remedio que reconocer que, inevitablemente, “regresa pletórica en agradecimiento por lo visto y recibido”. Después, en “El curso de la vida” asume que “Esta etapa aderezada, añora ser mecida / sin pérdida de impulso para sostener / y no perder el germen bendecido, / que agradecido sea por lo que aportó. Ser poeta, efectivamente, es mantener el rastro de lo vivo, de lo que ofrece un horizonte, de lo que sigue despertando el deseo. Es, como ocurre en este pequeño poemario, desbrozar caminos, abrir puertas, cantar, contagiar y, sobre todo, “regresar pletórica en agradecimiento por lo visto y por lo recibido”.

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