En mi opinión hay una circunstancia por encima de las demás, y que no debe perderse de vista en ningún momento: La vida tiene que merecer la pena ser vivida.
Cuando se difuminan los límites que separan la preocupación, la frustración y la desesperación, el individuo se ve inmerso en una espiral de sentimientos y de autodestrucción que le lleva a pensar: ¿Vale la pena tanto sufrimiento? ¿Vale la pena luchar más allá del hastío?
Mi opinión es que sí; pero en España hay más de tres mil personas al año que piensan que no: se suicidan, se quitan la vida. (En un porcentaje muy alto personas con enfermedad mental, como yo).
El médico de mi mente, por más que pasen los años, Alberto Fuentes, ofrece una conferencia sesuda sobre el suicidio, en ese magnífico espacio que es la nueva Biblioteca Pública, y donde expone los mitos, las claves históricas, cualitativas y cuantitativas. Y si algo que percibí en el aire, detrás del mensaje del doctor, es que a los problemas se les vence haciendo frente con valentía, analizando las causas, y estableciendo pautas de intervención (es mi pensamiento). Lo digo porque parece que el suicidio no existe “mucho”, que no merece prioridad.
La vida se abre ante nosotros como flor en primavera, somos capaces de percibir la belleza. Pero si vienen mal dadas, el ánimo se resiente y las sensaciones parecen entrar en un túnel de vacío, del que es difícil salir: problemas en la familia, soledad, falta de proyecto vital y de perspectivas de conseguirlo. No es extraño que esta cadena de frustraciones acabe en crisis vital. El individuo se pregunta: “¿Qué pinto yo en todo esto?”
Pero yo cambio el sentido de la mirada: “¿Qué podemos hacer nosotros, como sociedad, para vencer este desarreglo?” Y la palabra mágica es “sensibilización”. Y traemos aquí el paradigmático caso de los accidentes de tráfico (muy por debajo del suicidio en número de muertes). Con un seguimiento exhaustivo y a través de campañas publicitarias bastante agresivas, se ha logrado reducir a la mitad la mortalidad en carretera.
Estoy convencido que con una buena observación de las causas y consecuencias de esta lacra social y humana, se conseguirían resultados a corto plazo. Sólo es necesaria voluntad política y un puñado de millones de esos que se gastan con gusto.
Ignoro por qué el suicidio se debate en el anonimato de los congresos de psiquiatría y poco más. Ha de ser bueno mirarle a los ojos a los problemas, como condición previa a cualquier tipo de evolución. Es el turno de la sociedad en que queremos vivir. El suicidio es el síntoma de que algo falla. Algo gordo. Mirémonos. En el estudio de lo que es el ser humano hallaremos la solución. Una vez más.





