Pasa el tiempo. Continúan sucediéndose los días, las semanas, los meses, los años y seguimos arrastrando las mismas losas.
Dos asuntos ‘estrangulan’ el desarrollo económico de nuestra ciudad y lo más preocupante es que estamos empezando a asumir que son dos pesadas cargas que nunca podremos quitárnoslas de encima: El barco y la frontera son un lastre para nuestros empresarios, para nuestros trabajadores y para nuestro progreso. El primero impide la llegada de visitantes de la península. El segundo impide que lleguen desde el país vecino, donde hay una clase media-alta cada vez más pudiente y más numerosa que tiene unas necesidades que consumo que desea cubrir. Esta última circunstancia y la particular problemática de nuestra ciudad, a la no pueden acceder libre y fácilmente los consumidores ni por tierra ni por mar, se han convertido en una oportunidad para nuestros compatriotas de la península. En Málaga, por ejemplo, ya se han percatado del filón que puede representar las posibilidades económicas de las clases marroquíes más pudientes. Y éstas empiezan a percatarse también de que trasladarse a la península puede ser una opción para evitar la incertidumbre que supone intentar pasar la frontera, lo que no siempre se consigue o que para lograrlo es necesario aguantar pesadas e incomodas esperas.
El consumidor marroquí es una oportunidad que si Ceuta la deja pasar, al otro lado del Estrecho no la van a desaprovechar; al igual que tampoco la Autoridad Portuaria de Málaga va a dejar de intentar hacer negocio con el transporte marítimo. Las posibilidades económicas que ofrece a la Costa del Sol la llegada de estos visitantes son lo suficientemente importantes como para que las instituciones y empresarios de esa ciudad andaluza no las dejen pasar por alto.
Ceuta no puede permanecer impasible ante todos estos movimientos que se están produciendo a su alrededor. Debemos sacudirnos de una vez por todas los lastres que impiden nuestro progreso. De otra manera, estamos condenados a ver cómo los marroquíes que ahora consumen en nuestra ciudad, terminan convirtiéndose en clientes de los negocios de la península. Incluso podemos acabar viendo cómo a un ciudadano marroquí le resulta más asequible cruzar el Estrecho para visitar Málaga que a un ciudadano español (no residente) hacer el camino en sentido contrario para viajar a Ceuta.
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