Concluyeron las elecciones presidenciales francesas, tal como pronosticaron algunos, con la victoria en la segunda vuelta del candidato socialista al Elíseo, François Hollande. A pesar de que en el cara a cara, el Presidente Nicolas Sarkozy pareció poner en apuros a su oponente y que en el tramo previo al último round electoral, las encuentas parecieron bascular en su favor, la victoria del pretendiente opositor estaba sencillamente por llegar al acabar el escrutinio de votos. Las claves del pinchazo de Sarkozy están fundamentalmente ancladas en la política interior, en todo aquello que el líder ha ido dejando abandonado a lo largo de su camino y que pertenecía a su programa de reformas. Por otra parte, un significativo segmento de la población francesa no quería ni oír hablar de las mismas. Pero ¿ha pasado desapercibido el respaldo recibido por el partido de Marine Le Pen? ¿Las aspiraciones de la líder radical de esa derecha que pone en cuestión valores del régimen republicano actual, mira de reojo a la UE y abomina de la economía de mercado?
Sarkozy no volverá a residir en el palacio del Elíseo, pero, por seguir el latiguillo, su nuevo inquilino no lo va a tener nada fácil. Primero, porque los extremistas a su izquierda no se lo van a facilitar, segundo porque el Frente Nacional va a seguir pisando fuerte en su intento de liderar una derecha que no va a dar gratis nada, tercero porque una significativa parte de la sociedad francesa con derecho a voto es de origen árabe y no simpatiza mucho con los valores republicanos, ni se identifica con sus símbolos. Francia es una pieza importante del tablero europeo, pero no la única, y, si bien, Alemania ha perdido un importante aliado para la implementación de políticas restrictivas y de ajuste, los problemas que acucian a la economía siguen estando ahí. La canciller alemana va perdiendo cuotas de poder poco a poco en los länder, pero aún faltan meses –no se si un año- para que se celebren elecciones generales. Holanda está en no pocos apuros para consolidar gobierno porque el extremismo derechista de parte de su bancada parlamentaria no está dispuesto a seguir el dictado de Bruselas. En Grecia se ha colado en el Parlamento con toda su detestable y oprobiosa parafernalia un partido descaradamente neonazi, además de desnortados de extrema izquierda, que pueden ser el contrapunto perfecto para ver convertida la asamblea helena en un circo remedo de los años veinte y treinta. La situación política pinta bastos y esto inquieta notablemente a Bruselas, tanto como a Alemania, que ya se tendrían que haber puesto las pilas para que en paralelo a la política de la tijera hubiesen cogido la aguja y el hilo a fin de cerrar con garantías los muchos desgarros y sietes hechos por la crisis financiera en el tejido social de los países de la UE, en algunos (por desgracia, el nuestro) más que en otros. Y nada es más contagioso que el mal ejemplo, nada más contagioso que en situaciones de crisis la extensión de los extremismos políticos, el nacionalismo (¡oh, el nacionalismo!), el populismo delirante y otras criaturas hijas del desvarío de la razón política, la corrupción y el desmadre financiero. O la economía de mercado se dota de reglas (económicas, obviamente, pero también sociales) que se respeten o el jardín asilvestrado en que se ha convertido prohijará monstruos que se parecerán, como una a otra gota de agua, a nuestros peores fantasmas familiares.





