En cierta ocasión, llevaron ante Jesús de Nazaret a una mujer que había sido sorprendida cometiendo adulterio. Los escribas y fariseos le recuerdan a Jesús lo que decía Moisés al respecto: había que lapidarla. Y le preguntan a Jesús qué tienen que hacer (Juan 8, 1-11). Los fariseos gozaban de gran estima entre el pueblo judío pues eran los piadosos de Israel que -en teoría- buscaban ayudar al resto del pueblo a practicar la Ley para así lograr la salvación. Su fallo estaba en que se esforzaban en cumplir estrictamente la letra de la ley, y menospreciaban a quienes no actuaban como ellos. En nuestra cultura “fariseo” es sinónimo de “hipócrita”. Y esto es precisamente lo que Jesús les critica: su hipocresía.
He recordado este pasaje evangélico al leer un artículo publicado en este medio de comunicación el pasado día 8 de agosto cuyo título se preguntaba sobre la “última cruzada” a propósito del Medinaceli, el Señor de Ceuta. Un artículo extenso (de doble página), con abundantes citas del Papa Francisco, repetitivo y, también, irrespetuoso y falto de la educación mínima que se le pide a un cristiano hacia aquel que, en la Diócesis tiene autoridad máxima en materia de magisterio, santificación y gobierno. Además de tener también la responsabilidad de la pastoral diocesana. Ello no significa que se tenga que estar necesariamente de acuerdo con él, pero esa discrepancia debe llevar consigo respeto, educación y buenas maneras, ya que al decir del Derecho Canónico, “los Obispos, que por institución divina son los sucesores de los Apóstoles en virtud del Espíritu Santo que se les ha dado, son constituidos como Pastores en la Iglesia para que también ellos sean maestros de la doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros para el gobierno” (canon 375, 1). Algo que se ha ignorado por completo en dicho artículo.
Cualquier persona que no sepa en qué trabaja el autor, tras leer dicho artículo, puede deducir con lógica que su oficio es el de ser fiscal general de la Diócesis, el encargado de llevar a juicio público a cualquier persona que se le “atraviese” en su camino. Ignoro los motivos reales que le han llevado a escribir lo que ha escrito, pero el tono usado indica resentimiento, animosidad, animadversión. Se permite mandarle al Obispo y decirle lo que tiene que hacer, saca conclusiones erróneas, manifiesta ignorancia en algunos puntos que toca, en ocasiones usa un tono burlón, o insinúa incompetencia en el Obispo, y todo ello expresado “dogmáticamente”. Da la impresión que es el poseedor único de la verdad, ante quien hay que doblegarse porque no sólo él tiene toda la razón.
Esta no es forma de solucionar nada. Más bien parece una pataleta de niño pequeño. ¿Saben cómo resolvió Jesús de Nazaret aquel conflicto del que hablé al comienzo? Haciendo que los acusadores dirigieran la mirada hacia su interior: “Quien de vosotros esté sin pecado, tire la primera piedra”. Aquellos que acusaban a una mujer de haber cometido un pecado, examinaron su interior y resultó que también ellos estaban llenos de pecados, más abundantes cuanto más viejos eran. Por eso, “se fueron retirando uno a uno, empezando por los más ancianos hasta el último”. Cuando en una ocasión a Martín Valverde, ese músico y cantautor católico costarricense afincado en Méjico, y dedicado a llevar el mensaje de la fe a través de conciertos y producciones musicales, le preguntaron si la Iglesia católica era perfecta o no, respondió: “La respuesta es lógica: pues no”. ¿Y por qué no? “PORQUE YO ESTOY ADENTRO. Cuando ingrese un marciano, ya lo podremos conversar. Pero mientras seamos puros seres humanos, no creo que podamos hacer muchos cambios”. Por cierto, él también estuvo presente en uno de los coros de la JMJ de Río de este año; y escuchó en directo lo que dijo el Papa Francisco.
Ciertamente, dentro de la Iglesia puede haber fallos, pecados, distintas visiones de cómo llevar la pastoral que a nosotros nos pueden parecer erróneas… A quien tiene la responsabilidad, siempre se le podrá criticar de no hacer las cosas como a nosotros nos gustaría (sé que a nuestro Obispo no le molestan las críticas a su persona), pero ellos son los responsables últimos. Y hay maneras y maneras de hacerlo. A través de la parroquia y el párroco pueden llegar al sr. Obispo de la Diócesis todo tipo de sugerencias. No creo revelar ningún secreto si digo que el pasado día 4 de agosto (cuatro días antes de la aparición de dicho artículo), a las 17:30 horas, todos los párrocos de Ceuta estuvimos reunidos con D. Rafael, nuestro Obispo, haciendo un repaso de la pastoral del curso que ha terminado. También nos pidió opiniones, ideas, sugerencia, iniciativas… sobre temas concretos y sobre la pastoral de Ceuta en general. Precisamente en esa reunión nos habló de las “Misioneras de la Caridad” de la Madre Teresa de Calcuta (que no pueden venir a Ceuta) y de otras congregaciones con las que ya ha hablado. Todos nosotros pudimos hablar, y hablamos, y él nos escuchó con atención y tomó notas. Esa es, por ejemplo, una “buena manera” de hacer crítica; crítica constructiva.
Por lo demás, ¿cómo voy a estar yo en desacuerdo con lo que dice el Papa Francisco? Con lo que dice, no, pero cómo interpretan algunos lo que dice, atribuyendo todo lo que dice a los otros y nunca a sí mismos… con eso, sí que estoy en desacuerdo. No es bueno “armarse” con el Evangelio para lanzárselo a los demás (especialmente a los que no piensan como yo). Lo que Jesús de Nazaret nos pide es que nos dejemos “desarmar” por el Evangelio. “Quien de vosotros esté sin pecado, tire la primera piedra”. Si el autor del artículo prueba su medicina (la del “robusto trípode” del que habla) y la aplica a su artículo, verá que está falta de todo ello: de amor, de humildad, de caridad. A los fariseos del evangelio sólo les quedó una sola salida honrosa: el reconocimiento de su intención: “lo decían tentándolo, para tener de qué acusarlo”. Por eso, “se fueron retirando uno a uno, empezando por los más ancianos hasta el último”. La crítica en sí es buena, pero no es bueno hacerla con un ánimo ofendido, a partir de nuestros sentimientos lacerados, sino buscando la voluntad de Dios y el bien del pueblo, no nuestro propio honor o prestigio.





