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Yaya lleva ocho meses en el CETI, pero para él ya ha pasado una especie de eternidad. En su gesto se refleja el cansancio. Entre la burocracia kafkiana y la espera beckettiana está el limbo, un lugar donde no existe ni el tiempo ni la culpa. Un sitio proscrito ya hasta para el dogma católico, su creador y mantenedor. Yaya está cansado de esperar. Resopla y mira al frente como quien observa esa zanahoria que se resiste.
“Salí de Costa de Marfil en 2002. Luego fui a Mali. De ahí a Mauritania, donde estuvo trabajando cinco años como pescador. Un día el Gobierno mauritano decidió que no debíamos estar allí y me tuve que marchar. Pasé a Marruecos, donde solo estuve 21 días. ¿Que por qué salí de mi país? Mataron a toda mi familia”.
Yaya no sabe cómo se dice. Repite ‘escuadrón de la muerte’ en francés, inglés y árabe, que son, junto al español, los idiomas que maneja. “No sé cómo está ahora mi país. Salí hace nueve años. Entonces había unas peleas étnicas feroces. Por eso salí. Si el presidente pertenecía a un grupo étnico había represalias hacia los otros grupos. Si el presidente pertenece a otra etnia y salía vencedor, ocurría lo contrario. Un escuadrón de la muerte mató a mi familia”.
En estos ocho meses de estancia en Ceuta, Yaya ha tenido tiempo de completar hasta cuatro talleres. Por esfuerzo que no quede. El saber no ocupa lugar. Ayer mismo recibió dos diplomas, uno de orientación laboral y otro de pintura y perlita. Yaya hace tiempo mientras espera la llegada del permiso de admisión en España. Ya no sabe cómo ocupar su tiempo. Seguir estudiando. ¿La política? “No me interesa. Intenté convencer a mi padre que no se metiera en política. Vivíamos muy bien con nuestras tierra de café y cacao. La tragedia llegó cuando mi padre decidió meterse en política”.
Yaya es responsable del acondicionamiento de varias estancias del CETI. Escayola, perlita y pintura. De algún modo, su presencia y su recuerdo permanecerán en Ceuta. Eso le gustaría a Yaya, que únicamente quedara su recuerdo. “En el CETI me tratan muy bien, pero yo quiero tener una vida, una familia y un trabajo. Lo normal. Espero lograrlo, si Dios quiere”.
Decía al Iglesia que los niños que morían sin bautizar no iban al cielo ni al infierno, sino al limbo, un lugar sin espacio, tiempo ni culpa. Es como ese limbo legal al que acceden, según el CEAR, las personas que llegan a Ceuta y Melilla y que se ven obligados permanecer. Y esperar.





